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Memorias de Josele Santiago, el único enemigo que nos gusta tener en casa

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VALÈNCIA. Nada más empezar sus memorias, Josele Santiago ya nos advierte de que el tiempo no pone las cosas en su sitio: “Las pones tú o vas listo”. Es uno de los motivos por los que ha escrito Desde el jergón, para encargarse él mismo de que sea su propia voz quien lo cuente. Leyendo su libro, uno descubre hasta qué punto son nuestros recuerdos los que nos escriben a nosotros. Los de Josele van casi todos unidos al título de canciones que ha compuesto y grabado, con Los Enemigos o en solitario, a lo largo de los últimos cuarenta años. Lo suyo con el rock & roll arrancó a mediados de los ochenta, en Madrid, en plena resaca de la movida, cuando Malasaña se convirtió en epicentro de un relevo musical. Kike Turmix, uno de los camaradas ausentes a los que se invoca en el texto, solía referirse entonces  a los involucrados en la movida como “la ful modernilla”. En aquel regreso a las raíces del rock & roll hubo músicos que pasaron de obsesionarse con Londres o Nueva York y optaron por inspirarse en la realidad que les rodeaba. Josele, que había escuchado las letras en castellano de Moris, Leño y Burning, fue uno de ellos. Y escribió historias urbanas con retranca castiza y personajes que vivían en calles parecidas a las de su barrio. Varias de esas canciones han acabado siendo los pilares de su libro, cada capítulo construido en torno a una de ellas.

A pesar de todo, a Los Enemigos no les resultó fácil ser aceptados. Como escribe su líder, eran demasiado rockeros para el pop, demasiado indiferentes a la ortodoxia rockera. Costó lo suyo que la banda se afianzara pero lo lograron, no sin sortear baches de todo tipo, empezando por la falta de entusiasmos de su primera discográfica. No hay más que ver la respuesta que ha tenido la publicación de este libro (la tirada inicial de 3.000 ejemplares agotada antes de salir) para darse cuenta de que Santiago ya es una figura fundamental de nuestra música, un clásico del rock que lee tanto como discos escucha. Un ávido lector de libros de Historia, que escribe con un estilo galdosiano y unos gustos por la ficción que van de Poe a Hunter S. Thompson. No hace falta saberse de memoria su cancionero para disfrutar de su libro. Es más, se puede ser hijo de la movida y disfrutar de cada uno de sus párrafos. Desde el jergón tiene la música como punto de partida, pero habla, al igual que las canciones de Josele y Enemigos, de la vida. El libro es el recuento de unas composiciones creadas a partir de la experiencia, un grandes éxitos de la supervivencia si entendemos supervivencia como el resultado de la lucha contra la cara fea de nuestra existencia, eso que llamamos adversidad. 

En este libro, la música ya no está fuera, está dentro. También está presente en la manera de contar que tiene Josele, que  expone esta historia, la suya, como te la contaría un amigo que ha cruzado unos cuantos fuegos y ha vivido para contarlo a pesar de algunas quemaduras que han dejado cicatriz. Un amigo que está contagiado por un virus, el rock & roll, indetectable en el organismo, pero altamente detectable en las personalidades de quienes lo padecen. Un amigo que, desde muy pronto, encontró en la literatura un refugio, y por eso observa y te cuenta las cosas así. Y que dice cosas como que “cualquier vida cobija una epopeya”; o que “llega un momento en que una banda de rock empieza a parecerse por dentro a una guardería”. Y hace sitio a anécdotas muy divertidas, como esa en la cual le presentan a Kiko Veneno y acaba armándose un lío graciosísimo entre el poeta Alberti y el Real Betis Balompié. Como la que sucede cuando actúan con Barricada y temen que los seguidores de los navarros los apedreen por no ser lo suficientemente antisistema, y alguien aconseja a Josele que suelte proclamas agitadoras, pero cuando llega el momento acaba soltando palabras inconexas como “Antonio Ozores poseído por el espíritu de Adolf Hitler”.

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También desgrana algunos triunfos y relata unas cuantas pérdidas. Y su escritura se eleva cuando pierde el miedo a volar con su prosa y deja caer sobre el papel imágenes como estas: “Percutir de tarjetas de crédito melladas sobre plástico, sobre piel, sobre loza. Aquí nadie repara una mierda en gastos. Mil soles anaranjados seguidos, uno tras otro. Vasos de tubo y desconocidos bailando alrededor del coche, junto al mar. Desodorante y sal. Sábanas de hotel. Y el sudor, que no cesa. El gran hostión se está chamuscando en el horno, pero a esta velocidad nadie puede parar de habar. Acelera, que no llegamos. Ciudades y pueblos de cristal. Autopistas recién pintadas. Todo el mundo es alguien. Que aceleres te estoy diciendo, joder”.

En una entrevista que le hice en 2019, no pude resistirme a preguntarle a Josele si se veía escribiendo sus memorias, quizá porque preparando mis preguntas habría leído alguna mención previa a ese tema. Esto fue lo que me contestó: “A lo mejor. Tengo muy mala memoria, pero podría hacer un pastiche de historias que no sea cronológico, de lo contrario podría meter la pata más de una vez. Sería así, jugando con el tiempo porque yo qué sé qué fue antes y qué fue después. Mira, me acabas de dar una idea. Ahora se vende eso. Es muy curioso. Ahora se venden memorias de músicos pero no se venden discos”. Seis años después se venden muchos menos discos y salen cada vez más libros contando vidas de músicos. Un peligro, porque las memorias y las autobiografías suelen ser un terreno resbaladizo, sobre todo si quienes las ejecutan son músicos de rock. Desde el jergón no padece ninguna de las taras habituales en este tipo de obras. En lugar de exhibicionismo hay honestidad. En lugar de autocompasión hay inseguridad. Tampoco nos ofrece detalles nimios ampliados durante páginas y páginas como si se trataran de acontecimientos fascinantes. Es terreno seguro, a pesar de los baches que jalonan la vida del narrador.

Los amores, los errores de cálculo, las noches en los bares, los malos rollos, las decepciones, las despedidas, están contados de la misma manera en que un escritor las contaría al construir una novela. Hay, además, enormes conclusiones como esta: “He estado a punto de morir por varias sobredosis de consejos, generalmente cortados con soluciones mágicas, infalibles, milagrosas. Ríete tú de la heroína”. O como esta: “No nos podemos permitir tener miedo ni perder la esperanza”. O como esta otra: “Las buenas personas existen y ser una de ellas es lo único a lo que tengo que aspirar”. En un momento dado, el autor dice que escribe siempre en primera persona porque al prestarle su voz al protagonista de las canciones puede darle más entidad, más argumentos al personaje en cuestión. Quizá ahí resida el detalle que hace tan valioso este libro: Josele Santiago se ha contado a sí mismo como si fuera otro de los protagonistas de sus canciones. 

 

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