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RECETARIO CULTURAL 

Natxo Díaz: "Sin un convenio estatal, en el doblaje estamos condenados a la precariedad"

23/07/2020 - 

VALÈNCIA. Desde que todos llevamos la mascarilla, los ojos condensan la fuerza del diálogo: llevan el sentimiento, la respiración, las pausas. Los actores de doblaje lo saben muy bien y es a los ojos donde miran cuando trabajan. 

Lo explica Natxo Díaz (Benifairó de la Valldigna, 1970), veterano del doblaje que fue Son Gohan en La Bola del Drac, la serie de animación manga que triunfaba en los noventa. Sus personajes se han multiplicado desde entonces: Juego de tronos, Expediente X, Phineas y Ferb, Twin Peaks, Modern Family, Joker o El Irlandés cuentan entre los títulos que ha doblado. Premio al mejor actor de animación y mejor actor protagonista en 2004 y 2005 por el Col.lectiu de Professionals del Doblatge, Culturplaza se acerca a charlar con él una tarde de julio y repasa las luces y sombras de un gremio en el que apenas repara el público, a pesar de facilitar momentos mágicos para los consumidores de la pequeña y gran pantalla. Con su timbre versátil y rasgado, repasa la parte creativa y la comercial del doblaje, las perspectivas que se abren en un sector siempre tambaleante, obligado a reinventarse al borde del precipicio. “Esta ha sido una segunda crisis ─explica─, una crisis sobre la crisis, y ahora el teletrabajo acabará de transformar una profesión que nació como una cosa artesanal”.

El cielo es metálico y el calor pegajoso, el sol un disco difuminado que hierve la ciudad e invita a buscar la sombra de las terrazas. Natxo sorbe su granizado bajo las jacarandas de Viveros y se explaya sobre un trabajo al que quiere y maldice en cuotas cambiantes. Lo tiene tan adentro  que tuvo que dejarlo por un par de años para reinventarse y volver limpio, poroso, con una nueva serenidad. Fue en los años en que la crisis dinamitaba el oficio, crispaba el ánimo y demoraba los pagos. “Vivíamos de la teta de Canal Nou pero la cosa dejó de ir rodada, había poco presupuesto, éste me paga, éste no me paga, y eso de hacer las cosas como churros yo no puedo…” La rutina le espanta, necesita encontrarle el punto lúdico y el reto. “Lo chulo de esto es jugar a las películas, te pegas al personaje como el mimo que te sigue y hace lo mismo que tú”. Ha llegado con su paso distendido y sus ojos irreverentes que están siempre al borde de una chanza o un requiebro. Tiene la expresión asombrada de un niño grande que nunca llega a adulto. Por eso no puede trabajar duro si no está apasionado. Juguetea con la pajita en su granizado y deja que el chaval de Benifairó, el que se nutría de series en los ochenta e imitaba actores (se quedaba con los tonos de las frases), asome la cabeza y tome el mando de la charla. “Me tengo miedo, porque si me embalo me puedo pasar de crítico y luego arrepentirme”. 

Su voz recuerda al gran Juan Fernández (el actor que doblaba a Eddie Murphy): rota, con aire, que calza a la perfección con personajes “tipo”. Su currículum está poblado de gente rara, llena de matices, que le estimulan y le mantienen dentro de una profesión tan llena de sinsabores, con poco reconocimiento entre espectadores y actores. “Una voz de galán ─explica─ te da mucho de comer pero no da tanto juego”. Con cinco minutos de Joker (en los que dio vida “vocal” al enano al que el terrible payaso asusta pero no mata), “te dan doscientos euros que no resuelven tu vida pero suponen un subidón, algo increíble”.

“Dicen que el doblaje lo creó la dictadura”, explica. Todos conocemos el vislumbre propagandístico y censor que encontró Franco en el cine y su intuición del doblaje como herramienta de imposición lingüística. “Pero yo no lo creo: surgió con el Sonoro. Nos culpan de que en España no se sepan más idiomas pero eso es porque la gente no aprende. En los años 30 ya había un estudio de doblaje en nuestro país, en Hollywood ya no bastaba con un cartelito. Mientras rodaban hacían una segunda toma con actores diferentes y voces nuevas. Se grababa en enormes bobinas que se tiraban si no servían. Con la llegada del soporte magnético ya se pudo grabar varias pistas por separado. Pero fue en el 82, con el soporte analógico, y más tarde, con el soporte digital, cuando las pistas se hicieron ilimitadas. Antes se trataba de meter veinte personajes en sólo seis pistas, los iban convocando al estudio por grupos: hoy en día grabas tú solo y se monta tu pista de audio con las otras. Echamos de menos estar con el otro, pasar una tarde juntos, con todo coreografiado”.

El teletrabajo, asegura, ha entrado para quedarse, como en tantos otros sectores. “Los medios existían, estaban ahí, yo tengo desde hace años un estudio en mi casa que tan sólo precisa una cámara insonorizada, un equipo con micrófono y un ordenador; hace treinta años un estudio era como una nave espacial, un cohete lleno de luces y botoncitos”.

Aplaude las facilidades que esto brinda pero también se despide con amargura de una forma de trabajar que exigía mimo y que, hoy día, sólo cuida el buen cine. A Scorsese, por ejemplo, lo describe como un fanático de los detalles: hizo un casting de voz para el doblaje de El Irlandés en cada país donde distribuía. “En cine todo se cuida mucho más, se respeta el original, el actor de doblaje debe alcanzar el mismo tono, la misma respiración, todo clavado, porque hay más presupuesto. En las series todo es “visto y dentro”. Con la llegada del streaming, Netflix estrena a la vez en todos los puntos del planeta. Las series se van rodando y las doblamos con una o dos semanas de decalage. No hace falta que todo entre milimétricamente, si has entrado tarde pero la frase gusta, se alarga o acorta para que encaje”.

Parece el photoshop del doblaje. Nada escapa al falseo, ni al vértigo. Como a todos desde la pandemia, le embarga el miedo a que la tecnología lo fagocite todo. Le asustan los asistentes de voz: máquinas que responden, reproducen, imitan. “La voz generada de forma digital puede facilitar timos increíbles, alguien a quien conoces, en tiempo real, te manda un audio del tipo “oye, mira, hay que hacer un ingreso en tal cuenta bancaria…” Y te lo tragas, ya ha pasado. El Deep Fake ya es capaz de cambiar caras en un vídeo. Lo siguiente será el audio y los actores de doblaje nos quedaremos sin trabajo. Los subtítulos en Youtube los genera una máquina, son penosos. Todo esto da miedo, la verdad”. Hace una pausa dramática, un silencio que un actor de doblaje analizaría para indagar en sus emociones, ¿cómo reproducirlas a través de la pausa, el timbre, la inflexión? “La tecnología va bien para un spot: me ahorro ir a Madrid, pongo mis medios de producción. Pero todo lo que tiene de cómodo se vuelve en contra cuando se trata del cine, que es algo coral. Además, el empresario lo usa en su beneficio: ¿me darán en alta para unos 15 takes? (un take son cinco líneas). Mejor contrata una plantilla para hacer “rellenos”, aunque el director de doblaje haya pensado que yo soy idóneo para el personaje. Hay que mantener los estudios abiertos y el criterio económico se apodera de todo”. 

No manda el cine o las series: manda la precariedad habitual en el oficio. Hay que tener una cintura muy flexible, una hechura especial adaptada a seísmos. En España, a diferencia de otros países, el doblaje se realiza de forma sistemática, la industria del doblaje es rica y especializada. Sin embargo, es común entre los actores no llegar a fin de mes, la mitad de ellos cobran menos de tres mil al año y aún no existe, como en Francia, la figura del Profesional Discontinuo. “Ni siquiera tenemos aún un convenio estatal para establecer unas tarifas mínimas”.

Ha trabajado en Madrid y Barcelona y elabora el mapa de la industria desde las capitales hacia la periferia. “Nosotros, en València, vivíamos de la teta de Canal Nou”. Distingue un mercado A y un mercado B, slow y fast food según el número de habitantes. “En Madrid hay unos 500 actores mientras que aquí hay sólo 80; por pura lógica tiene que haber más nivel allí. Doblan a los protagonistas y el pelotón aquí, a mitad de precio. Realities tipo Master Chef, Got Talent. Series turcas que se doblan con una traducción mala y un ajuste malo: en una frase alargas y en otra corres como un poseso. Yo lo entiendo, se revientan los precios para no cerrar, es lo mismo en Galicia, Andalucía, Euskadi. Aquí hay profesionales tan válidos como en el resto del estado, pero, si no conseguimos un Convenio Estatal estamos condenados a la precariedad”.

Parece un sector que explota la vocación natural de sus actores, que los expone continuamente, no les permite acomodarse. Y que exige vivir el presente, justo lo que la pandemia nos ha puesto ahora delante de los ojos. “El respeto te lo ganas en el atril. Momentos en los que te llama un director de doblaje, o los compañeros te elogian o premian, son los que te hacen olvidar los malos ratos. Aunque sólo seas el que le da réplica a Joker en un rincón del mundo, merece la pena”. 

Liquida su granizado, se encoge de hombros y ofrece de nuevo su sonrisa cristalina. Con esos mimbres se hace fácil entender cómo en el 2008, después de 16 años en la brecha, se salió del juego. “Un día mi mujer me vio al mediodía en casa y se quedó flipada: se había acabado. Dejé el lápiz en el atril y les dije mira a ver cómo acabamos lo de hoy que me marcho…”. Nacho había comprado un piano para su hija que no sonaba bien y se recicló en lutier y afinador de piano. “Di con un curso y me hice amiguete del profe, Fulgencio Gómez, que me dejaba estar en su taller y se me iba la mañana: hoy reparamos unas bridas, mañana unas horquillas, unos macillos para entonar, cuerdas que cambiar…”. Una suerte de meditación, de tiro con arco zen, le devolvió el control y el gusto por el trabajo bien hecho. “Empecé a elegir lo que hacía, era una terapia, sí”. Y se ahorró los estragos de unas cuantas visitas al loquero.

El nuevo oficio le ocupó dos años y lo dejó en cuanto se hizo rutinario. “Yo quería haber sido músico, soy de los pueblos donde era o la banda, o el equipo de fútbol. Pero también tienes que ser un poco músico para el doblaje, imagina que te ponen una frase una y otra vez: escuchas el ritmo, cómo respira, cómo para”. La vuelta al mundillo era inevitable y le ha llevado por Madrid (7 años) y por Barcelona (los 3 últimos). 

Su historia personal corre en paralelo a los devaneos del tinglado en el que se mueve. Iba para periodista de radio, “que tiene el punto de la satisfacción inmediata, 5 ó 6 líneas, lo ensayas, lo grabas, lo oyes y lo montas como un puzzle”. Pero no terminó la carrera porque el trabajo en la Bola del Drac lo absorbía (“un personaje que no me gusta, pero quien se entera se quiere hacer selfies conmigo”). Picoteó entre las Humanidades: filología, psicología en la UNED. Pero el tren del doblaje lo arrollaba cuando llegaban los exámenes. El oficio caló profundo en él y ya son 28 años de experiencia. No parece difícil para él reinventarse, tiene todos los registros de un camaleón, pero a su hija adolescente le ha recomendado que no elija una carrera artística. “Mi padre nunca lo tuvo claro conmigo ─bromea─. Cuando le preguntaban decía: el pequeño…que ahora dice que es actor”. Elige un tono impostado para su parodia, cómico pero tocado de hiel. Replica la anécdota mil veces contada pero parece que la veta amarga gana terreno con los años. Uno diría que ha logrado un doblaje perfecto con él, se ha mimetizado con ese mismo padre escéptico que quiere ahorrarle disgustos a su pequeño. 

“Un truco del buen doblaje es ser uno mismo con la persona”. Un rato antes ha buscado una secuencia intensa de la serie Scandal para explicar cómo se apoya en la mirada, “en los momentos en que la persona inspira para decir la frase, que están en los ojos”. La escena es intensa, magnética, sube como un suflé hasta su clímax dramático: un policía blanco al que acusan de haber matado a un negro se defiende. Atrapa todos los ojos a su alrededor. Le llevó una mañana entera en Madrid grabar la toma buena y gustó tanto que los compañeros cuchicheaban impactados. Hay un crescendo en la ira que despide la voz que está magistralmente modulado, actúa como un imán y hace enorme al protagonista. En contraste con la triste parodia que ha ejecutado antes, hay más vida en este minuto treinta y siete que en los tres segundos que lleva oírle convertido en su propio padre. Preferimos este minuto treinta y siete.

Puede que este actor de raza vuelva a la dirección de doblaje o a la afinación de pianos, puede que su estudio reviva con el auge de los audiolibros o que incluso abra una escuela como tantas que se prodigan últimamente. Lo que no debería permitirse es que gente como él deje de regalarnos minutos de oro, de catapulta; transportes a otros mundos y otros tiempos. A emociones robadas, prestadas, llenas de verdad, que enriquecen nuestro pobre escenario de cada día. 

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