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LA LIBRERÍA

'Neverhome': Mapa para volver a un hogar que ya no existe

Laird Hunt recrea en esta historia las dificultades que vivieron todas aquellas mujeres que decidieron hacerse pasar por hombres para luchar en la Guerra Civil Estadounidense

28/09/2015 - 

VALENCIA. Centenares de mujeres decidieron marchar al frente haciéndose pasar por hombres en la Guerra de Secesión a mediados del siglo XIX. Eran fuertes y valientes, pero no se lo pusieron fácil

Pocos saben que el Johnny de When Johnny Comes On Marching Home -Hurrah! Hurrah!- no tuvo un regreso como el que le aseguraba la popular canción de la Guerra Civil Estadounidense. A su llegada, la campana de la iglesia no inundó el pueblo de alegría con su tañer. Los niños no corrieron por el camino para recibirlo, las damas no cayeron rendidas ante su porte regio y heroico, ante su vigor post-bélico, ante sus pasos firmes que parecían más rítmicos que los propios tambores.

En realidad, Johnny apareció renqueante en lo alto de la colina, una figura miserable apoyada en un bastón no tan útil para bailar como la pierna que ya no tenía. Ha perdido un ojo, lo cual no le impide ver una y otra vez el horror del campo sembrado de cadáveres que dejó atrás. Estamos felices de tenerte con nosotros, pero Oh Johnny, I hardly knew ye. Casi no te reconozco.

El Johnny original era un joven irlandés que volvía de la guerra en Ceilán tras haber servido para la Compañía Británica de las Indias Orientales. La canción que narra su retorno es un himno antireclutamiento y antibelicista, una composición trágica, realista y honesta que posteriormente alguien versionaría convirtiéndola justo en lo contrario. Porque When Johnny Comes On Marching Home habla de que existe un hogar al que volver para todos. Pero eso no siempre es cierto. Hay refugiados.


Ash Thompson fue a la guerra porque era el más fuerte de los dos, y alguien tenía que acudir en representación de la granja a luchar contra los rebeldes sureños. Su nombre se convirtió en leyenda desde el mismo instante en que trepó a un árbol en mitad de una marcha para tapar con su guerrera a la joven a quien una rama había rasgado la camisola cuando buscaba un buen sitio desde el que vitorear a los soldados. Tras aquel gesto pasó a ser conocido como Galante Ash. De él se diría mucho durante los años del conflicto y después. Incluso se compondrían canciones en su honor. Pero aquella chica ruborizada a la que ayudó, supo allí mismo, sobre esa rama que compartieron, que lo que se contaría a partir de entonces sería una verdad a medias.

Galante Ash sí besaría a mujeres ardientes de deseo, también dispararía con una precisión asombrosa y escaparía de situaciones ante las que los demás sucumbirían -como cuando un tronco caído lo inmovilizó en mitad de la contienda, o como cuando aquellos forajidos lo secuestraron para entregarlo a los confederados y obtener una recompensa-. Galante Ash sobreviviría a carnicerías y caminaría sobre los restos de sus compañeros y enemigos, tras haber matado antes a un buen puñado de estos últimos. Todo lo que se contaría a esos efectos sería cierto, salvo un detalle. Galante Ash era una mujer.

Constance -este era su verdadero nombre-, no sería la única que ocultaría su pecho con vendas y sustituiría el vestido por los pantalones. Fueron muchas las mujeres que en la década de 1860 decidieron hacerse pasar por hombres para fusil mediante, defender sus ideas y modo de vida, ya fuese en un bando o en el otro. Es fácil imaginar los peligros a los que se exponían. Lo que cuesta más es hacerse una idea de la cantidad de valor que portaban bajo el uniforme.

Neverhome (Ella era más fuerte), de Laird Hunt, publicado en nuestro país por Blackie Books, puede ayudarnos a entender un poco esta cuestión. Su protagonista, Constance -Galante Ash-, abandona Indiana atendiendo a una llamada que la arrastra hasta el frente; hasta las explosiones, los cráteres, los gritos, las cornetas y el olor a pólvora. Pero también deja el hogar, en el que queda su marido Bartholomew, para responder a una pregunta: ¿quién eres, Constance?

Ella pertenece a una dinastía de mujeres fuertes, unas mujeres cuyo lema es nosotras “no ponemos nunca la otra mejilla”, que no se resignan a aceptar el papel pasivo que la sociedad les impone. “La muerte era la ropa interior que todos llevábamos puesta”. Hombres y mujeres sin distinción. ¿Por qué tendría que haberla? En la batalla, todo es un disfraz, no solo el que la convierte a ella en Galante Ash; cuando caen, la sangre de unos y otros riega la tierra por igual.

La virtud principal de esta historia de Hunt es la manera en que muestra a una pareja no convencional en tanto escapa a las convenciones históricas y literarias que suelen condicionar otros relatos. Bartholomew es delicado, familiar, sumiso, buen cantante y buen bailarín. Constance es fuerte, resistente, puede trepar a un árbol en un santiamén o dispararle a una ardilla entre las cejas a la primera. La tradición nos dice que con estas características, él debe ser afeminado y ella muy varonil. Pero la tradición es ignorante y está llena de prejuicios y simplificaciones, y Neverhome se encarga de denunciarlo: Bartholomew suda y se rompe la espalda en el campo, y Constance recoge lilas silvestres con un vestido y prepara fresas con nata. Es compatible.

Johnny, Ash y el hogar

“Permanecí allí largo rato, con los ojos abiertos, mirando el cielo más allá de las tapias, las estrellas más allá del cielo, mi muerte más allá de las estrellas, la oscuridad final más allá de mi muerte”. Galante Ash presencia el gran espectáculo de la nada y el todo. Las preguntas vuelven. ¿Quién eres, Constance? ¿Cuál es tu lugar? ¿Dónde está tu hogar? ¿Seguirá estando allí cuando regreses de la guerra? De alguna manera es capaz de percibir que hay un gran velo que oculta la esencia real de la existencia. Las cosas no son lo que parecen, pero tampoco lo que no parecen. Si insiste en seguir, es muy posible que muera. Si vuelve a casa, puede darse cuenta de que ya ha muerto.

Sin embargo ya son muchas las jornadas de guerra y muerte, y el hogar se presenta como un destino apetecible y merecido, aunque algo parece claro: el hogar del que salió y al que volverá, por fuerza tiene que haber cambiado de alguna manera en su ausencia. Del mismo modo, ella ha cambiado en ausencia de su hogar. Se ha transformado en una refugiada de sí misma. “Quería beber aguas distintas, notar calores distintos. Acampar con mis camaradas sobre las ruinas de las ideas antiguas”. ¿Era tanto pedir? Se fue Constance, siguió Galante Ash, y ahora ambos se han bifurcado en algún punto del sendero. Uno, marcha hacia el mito. La otra, se precipita hacia la realidad.

Pese a todo, ella era más fuerte.

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