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"Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos"

28/01/2022 - 

Que las fake news, que los engaños, que las mentiras, que los bulos, que las noticias falsas. De cuantas maneras distintas hemos escuchado llamar a la desinformación. Y cuánto más hemos escuchado hablar sobre estos temas en los últimos tiempos. Mucho más que antes, porque el fenómeno se acrecentó exponencialmente en los últimos años, en especial desde que la pandemia por la COVID-19 se expandió por el mundo. Y si antes solo hablaban especialistas y miembros de la academia que querían entender de qué iban las fake news, dirigentes con preocupación por las repercusiones que tal o cual engaño podía tener en su reputación pública o privada, periodistas cuidadosos en la búsqueda de fuentes para reconfirmar rumores; hoy hay una pluralidad de voces en estas conversaciones, producto de una preocupación creciente por las consecuencias de las campañas de desinformación. Las estrategias que están usando, entre otros, los grupos negacionistas de la pandemia, junto con sus campañas antivacunas están teniendo consecuencias visibles para un mundo preocupado por el futuro inmediato y a mediano plazo.

La desinformación no es nueva. Ha sido una estrategia usada tanto en el pasado remoto de las  batallas medievales como en la Nueva York de finales de los años 30 con la adaptación de La guerra de los mundos por Orson Wells en la radio, que originó una estampida de oyentes aterrados con el relato de una invasión extraterrestre. Duró poco, fue en una ciudad puntual, y el suceso empezó y terminó ahí y de él solo quedan algunas ilustraciones que sirven para ejemplificar que mentiras en los medios hubo siempre y que ciudadanos engañados, muchos más. ¿Qué cambió entonces? Todo, pero fundamentalmente cambiamos nosotras. Cambió el lugar en donde solíamos depositar nuestra confianza. Dejamos de creer en los medios, porque, enmarcados en las condiciones que dicta el mercado, empezaron a hablar de cosas que no nos interesaban y de tanto en tanto, y cada vez más seguido, nos engañaban; dejamos de fiarnos de la política, porque dejaron de escucharnos y empezaron a diseñar estrategias de comunicación altamente emotivas para hacernos creer que sí, que nos escuchaban. Tampoco confiamos en otras instituciones, como los sindicatos, que nos congregaban y conectaban con lo colectivo. Desilusionadas, nos sumergimos en el ambiente digital donde nos empezamos a encontrar con más voces, algunas ya conocidas, otras nuevas, otras anónimas. Y hasta allí nos siguieron la prensa y la política, porque no nos querían dejar en soledad. Y en esta abundancia de contenidos, empezamos a socializar con los y las mismos de siempre, pero aparecieron las plataformas y los algoritmos y nos hicieron juntar, sin que nos demos cuenta, con otras personas que, en forma de perfiles y cuentas, pensaban y opinaban igual que nosotras. Como dice Silvio Waisbord, nuestro cerebro es perezoso, y por ello allí nos quedamos, en la comodidad de flujos digitales que acercan lo semejante.

Es así que, nosotras, cambiadas, cansadas y escépticas, con escasas ganas de contribuir a la conversación pública sobre temas de interés general y colaborar así en la construcción de una ciudadanía democrática, oyente de otras voces, nos empezamos a recluir en comunidades digitales afectivas y polarizantes, sin lugar para el disenso y el debate. Nos volvimos cada vez más permeables en aquellos contenidos que nos permiten afianzar nuestras creencias y cosmovisiones previas antes que poner en tela de juicio nuestras opiniones e ideas sobre temas de interés público. Y con la guardia baja, desprevenidas, nos encuentra la desinformación, que de manera sencilla nos viene a decir lo que tenemos ganas de escuchar. Nos encuentra porque nos congregamos y nos congregan –los ingeniosos caminos algorítmicos ideados por una economía de plataformas–, en barrios cerrados digitales. Y sin estar preparadas, porque no estamos alfabetizados en el mundo digital, nos ubica para, apelando a emociones primarias, contarnos que aquel ministro que nosotras pensábamos que robaba, tiene un móvil carísimo. Ahí los marcos conceptuales previos sobre los que tanto habló George Lakoff se activan. Es el enojo el que enciende esos juicios anteriores. El mismo que usa el engaño cuando nos dice que la mascarilla no sirve para nada, que el estudio de la universidad X halló que es inútil, que no hay que usarla. Y abajo, en el meme, se sobreimprime un texto que nos llega al corazón: “Nos están coartando nuestra libertad”. Y claro que sí. También con el confinamiento y el cierre de los bares. Es el enojo el que nos reúne en las redes sociales. Y el miedo. Al otro, a la desconocida y a lo desconocido. Por eso las campañas de desinformación crecieron tanto durante la pandemia: por la incertidumbre, lo nuevo, lo nunca vivido. Y eso nos aterró. Ahí están entonces las campañas del chip en las vacunas para controlarnos, los inventos sobre la creación del virus en un laboratorio para extinguir a la humanidad. Miedo y enojo. Descreimiento en las instituciones. Redes sociales. Abundancia y mixtura de contenidos: el selfie, el gatito, las vacaciones de mi vecina, la campaña del político que me habla, las noticias de un medio tradicional que tuvo que migrar a las redes para no perder audiencia, todo esto más las noticias falsas, los engaños, los bulos. La desinformación.

Varios estudios han dado evidencia de que la desinformación es una estrategia de los activistas de derecha. Para crear confusión, encender la ira, convocar al miedo. Para empobrecer la conversación digital sobre temas de agenda y así desprestigiar a la política y a la democracia. Por eso, nosotras, que ya no somos las mismas, precisamos estar alerta, porque aquello que vemos, creemos y compartimos, si bien es gratis, tiene un costo, que pagamos todos y todas, nosotras mismas.

[El titular] Extraído del poema XX, escrito por Pablo Neruda

Raquel Tarullo. Profesora de Comunicación de la Universidad del Noroeste de Buenos Aires. CONICET y José Gamir Ríos. Profesor de Comunicación Audiovisual de la Universitat de València.

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