ALMUERZO EN CASA HERMINIA

Nostalgia y bicicletas en Casa Herminia

Hay una nostalgia positiva, una negativa y una inventada. Las dos últimas están incluidas en el almuerzo ciclista del Bar Casa Herminia, en la Pobla Tornesa. También hay alioli

| 11/09/2020 | 8 min, 24 seg

No iba a hacerlo pero bah, tengo una debilidad —ay qué calamidad, como cantaría Antonio Machín— por los chistes malos: con los almuerzos ciclistas de Casa Herminia el maillot te va a quedar como si fueras un camaiot. Ya está dicho, ya he desinfectado el teclado, puedo describir cómo es el bar Casa Herminia, un comedor regentado por Herminia, sus hijas y Judith, la nieta. Tres generaciones de mujeres que son cultura gastronómica y energía, muchos kilojulios de energía.

Bienvenidos a Casa Herminia

«Para mí es uno de los sitios con más identidad a los que he ido. Herminia es un gran personaje, que está allí, siempre presente. Son varias generaciones de la familia, todas mujeres, llevando el negocio. El producto lo sacan directamente de lo que se cultiva y se produce en la zona. Es como la pura esencia de un bar, sin ningún tipo de adorno. Las cosas se hacen como son, sin compromisos. Hay mucha libertad pero se percibe que hay un mando, el de Herminia y sus hijas. Es el efecto de una casa, un bar hecho casa». Fui a parar a Casa Herminia por prescripción de Joan Ruiz, más conocido como Esmorzaret. «A mí la sensación que me evoca Casa Herminia es la misma que cuando iba a casa de mi abuela: una cocina y un comedor en el que se había estado cocinando toda la mañana con esa energía femenina, cariñosa pero firme, con practicidad y en la que todo pasa por el filtro de la dueña de la casa».

A mí Herminia también me recordó a mi abuela: mismo color naranja de cadmio sobre la permanente, el delantal cogido con imperdibles a la blusa floreada, brazos poderosos como ya no tenemos las millennials. Brazos de batir huevos para un panteón de tortillas. En la sonrisa de Herminia, el orgullo por dar de comer, que vaya que es una cosa noble. Hermina se maquilló porque sabía que íbamos a ir con cámara. Qué guapa te ha sacado Kike en las fotos, Hermina. Espero que en el mercado fardes de reportaje.



«El bar es mi vida, que ya son sesenta años trabajando. Mi madre abrió en 1958 y desde que me dejó, aquí he estado. A mí esto me hace muy feliz. Mira, no he estado enferma nunca, mai res. Al pie del cañón, siempre trabajando aunque ahora mucho menos que antes. Cuando estaba con mi madre servíamos desayunos, almuerzos, comidas, cenas… mucha faena, sobre todo en las fiestas de verano. ¡Vaya si hemos trabajado! Nos levantábamos bien pronto y a la marcha, una becadeta en la silla si se podía y a la marcha». La nieta de Herminia me dice por telepatía que si no le obligan a descansar, la iaia abriría todos los días. «¿Yo jubilarme? Noooooo, antes me moriré. Tengo setenta y cuatro y aquí estoy muy bien con ellas. Alguna vez tenemos alguna enganxaeta, pero eso pasa en todas las familias».

No hay ciclista que no conozca a Herminia. Ni ciclista ni ninguno de los clientes. Almuerzan en la terraza, suspiran de satisfacción y pasan al comedor a presentar sus respetos. Si se pudiera, le darían un abrazo. La verdad es que yo también se lo daría. «La gente que viene aquí es muy sencilla. Trabajadores de la fábrica, ciclistas, motoristas. Gente normal. Para mí, mi clientela es mi familia».

Plato ciclista. Que le den al plato Harvard.

Una de las especialidades de Casa Hermina es el plato ciclista, un combinado de patatas a lo pobre, panceta, longaniza, jamón de bodega, chorizo, morcilla, huevo frito, lomo a la plancha, pimiento verde, pimiento rojo y rodaja de tomate con un par de anchoas cuando es temporada. Fuera de ella queso fresco. Amén de una generosa cesta de pan —de ganarme el pan no entiendo, pero de su calidad sí. Confiad en mi criterio, es un pan de almuerzos proverbial—, alioli y el gasto. ¿El plato nutricional de Harvard en comparación a este? Nada que ver.

«Uy, el plato empezó hace muchos años, se lo dábamos a los ciclistas y les gustó. Lo pedían, lo pedían, lo pedían y mira. Plato ciclista. También tenemos otro que es de tortilla francesa, un poco de queso, pechuga, jamoncito y tomate». Este entrepán se llevó el primer premio al mejor bocadillo en el concurso organizado por el grupo de gastrociclismo Almuerzos Bike Castellón. La placa conmemorativa, en la que se lee “Gracias por hacernos olvidar las cuestas”, está al lado de varias postales de toros, una pintura que representa la clientela más senior sentada en una mesa corrida —costumbre que por el COVID han desterrado— y un maillot enmarcado del equipo Rabosa Bikes. También hay un porrón del tamaño de una rueda de bici.  


El feng shui de un bar de almuerzos

El espacio de un bar se debe habitar con la suma irreflexiva de servilletas ásperas como un caqui sin tratar con alcohol, botellas de licores de marcas que se fueron con las pesetas y la iluminación despiadada de los tubos fluorescentes del techo. En Casa Hermina los plafones son como los de la mayoría de comedores escolares de centros públicos: rectángulos enrejados de aluminio y luz blanca, cegadora, en la que moscas y palometas encuentran el final de sus días. La sala de un bar no debe ser ocupada conscientemente, como dicen los principios antiguos del sistema filosófico chino de origen taoísta, sino que hay que permitir que el habitáculo se configure con los usos y costumbres de la parroquia, amén de los designios de las y los empleados. Al final son ellxs quienes sortean obstáculos, estómagos famélicos y ciclistas que rezuman serotonina y geles energéticos.

Los muebles de este almuerzódromo son de museo etnográfico. Mesas y sillas de contrachapado, con las patas tubulares metálicas. El suelo verde es de gres, con manchas negras y blancas. Ese suelo siempre frío y las cortinas de plástico en la puerta —clientes dentro, moscas fuera— son la España interior. En las paredes se alternan tres tipos de azulejos y algunas franjas de gotelé. Un arcón frigorífico con litronas de cerveza Xibeca, la carta de helados, ventanales con marcos de madera muy barnizados y las persianas —persianas domésticas y decanas— alzadas a mitad. Las persianas son relojes de sol de interior.

Sehnsucht!

No sé usar términos en alemán sin gritar. El idioma me pide un golpe en la mesa con una jarra de cerveza en la que el asa tiene forma de sirena de afilados pechos y estómago plano —la jarra existe, es mi jarra favorita y la de Paca, del Gestalguinos— y que Caspar David Friedrich me pinte toda vaporosa con levita y bastón caminando sobre las nubes. En Casa Herminia hay encurtidos en la mesa y si tienes menos de cincuenta años, abundante Sehnsucht. Muchísimo Sehnsucht. Está sobre las botellas de gaseosa, en la terraza interior que da a un muro de cal blanca y azul. Tan pegado a los azulejos de las paredes que no se va ni con el último modelo de Karcher, la hidrolimpiadora favorita del sector HORECA. El Sehnsucht no tiene una palabra equivalente en las lenguas cooficiales del Estado español, pero podríamos traducirlo como «el deseo de desear». Me acabo este trozo de panceta y os lo explico.

El idioma alemán es muy de palabras compuestas. Sehnsucht es un término formado por das Sehnen, que significa “el anhelo”, un deseo fervoroso, y die Sucht, “la adicción”. O sea, que en este bar, en este plato ciclista con todos los animales del arca de Noé, tenemos “dependencia del deseo”. El Sehnsucht  y la nostalgia no están tan lejos. La nostalgia es el deseo de adueñarse del pasado, a menudo ligado a momentos, sensaciones u objetos concretos, mientras que el término Sehnsucht va por lo incierto, la búsqueda futura y constante de un algo que no tenemos muy claro qué es, pero que extrañamos. Un enganche a una nostalgia que no hemos vivido porque éramos unos renacuajos —o cigotos. O directamente nuestros padres no habían nacido— cuando Casa Herminia abrió. Igual tampoco hemos podido experimentar la nostalgia de la hostelería de barra metalizada y servilletas rígidas porque somos hijxs del medio urbano, aunque los fines de semana nos vistamos con algo de Quechua.

«Ese algo innombrable, ese deseo por algo que nos perfora cual lanza al olor de la fogata, el sonido de los patos salvajes que sobrevuelan nuestras cabezas (…) las telarañas matutinas a finales de verano o el sonido de las olas cuando se precipitan en el mar». ¿Quién no echa de menos esos patos salvajes aunque el único pato salvaje que conozca haya sido domesticado para formar parte de la carta de un restorán gastronómico? Eso es el Sehnsucht según C. S. Lewis. Trasladado a la tipología gastronómica de este rincón de la Pobla Tornesa, el Sehnsucht es ese deseo pegajoso de poner en valor y querer volver a unas costumbres básicas, a la cultura primigenia de bar, a unos esenciales que vivimos como si fueran de nuestra infancia, pero que por lugar y fecha de nacimiento no nos corresponden.  

Si el Sehnsucht es la tortilla de patata de Herminia, estoy nostálgica perdida.

Comenta este artículo en
next