VALÈNCIA. En este mundo hay dos tipos de personas, las que saben crear hogar y las que ya vienen equipadas de serie con un tejado y varias ventanas. La joyera y artesana valenciana Andrea Narbón Añón tiene un poco de ambas, y prueba de ello es su proyecto creativo -y vital- Bocavolcan, en el que crea joyas únicas para personas que se atreven a abrir la puerta sin miedo. Ahora, en el corazón de Ruzafa -en la calle Cuba 29- ha abierto el espacio físico de Bocavolcan, en el que la Andrea está siempre en el tabliz y donde puede atender y conocer a quienes quieran vestir sus joyas. Aunque montará una inauguración en septiembre, el negocio ya ha empezado a dar sus primeros pasos, y durante todo agosto ha sucumbido al calor que lleva por nombre, creando joyas sin parar.
Sobre el hogar -el creado, y el que arrastra a sus espaldas- Narbón ha conseguido pasar de crear en el estudio de su casa a hacerlo en el mercado de Tapinería frente a las personas que pasaban a conocer su marca. Ahora, contar con un espacio que lleva el nombre del proyecto, le ayuda a darle una nueva forma y a su vez le da cabida: “Me encanta levantarme por la mañana y venir aquí a crear. A nivel personal, siento mucha satisfacción y orgullo de ver que la marca toma una forma física y palpable”. La creadora, cuyas joyas se han podido lucir desde la serie valenciana La Ruta Ibiza Vol. 2 hasta la película Mala influencia, además de en comeriacles y videoclips, ahora está en un momento de cambio y disfrute con la construcción de una “casa” creativa en la que caben todas sus ideas.

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- Imágenes cedidas por Andrea Narbón
En un espacio que es al mismo tiempo estudio y tienda, siente que cuando atiende a un cliente, este entra en su propia casa. “Aquí tienen espacio para parar y ver el producto, para comprenderlo y para preguntarme lo que quieran. Teniendo un espacio más personal y artesanal, pueden comprender cómo creo desde cero y también contar con esa parte de tacto que tiene la artesanía”. Lo bueno es que lo pueden hacer solo si les apetece, la joyera genera un espacio en el que desde fuera se le ve con las gafas de protección y creando “a todo trapo”. El cliente puede pasear y ver las joyas “sin ninguna presión” y, si quiere, acercarse a preguntarle lo que quiera, además de poder ver de primera mano las piedras que conforman la base del volcán.
Para Narbón, esa autenticidad y ese tacto forman parte del trabajo de diseño de joyas que lleva a cabo. Comunica los productos de su marca a través de redes sociales, aunque siempre prefiere el contacto cara a cara. “Tengo muchísimas más cosas creadas que las que salen por redes sociales, tener la tienda física es el paquete perfecto porque encuentro el espacio físico en el que hacer las piezas y también contarlo”. De cara al curso que viene también plantea crear un espacio de aprendizaje dentro del taller. Lo hará a través de algunos workshops en los que invita a que cualquier persona pueda crear sus propias joyas. Un trabajo que compaginará con la labor de tienda y con servicios personalizados como la creación de piezas de compromiso.

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- Imágenes cedidas por Andrea Narbón
“Lo que me gusta es que la gente se acerque a conocerme y a preguntar, o a contarme lo que están buscando. Siempre estoy abierta a crear piezas personalizadas y ahora tengo el espacio para hablar con los clientes sobre lo que quieren y que puedan verlo de una manera más íntima y personal”. Con todos estos proyectos, Bocavolcan abre sus puertas en Ruzafa, su barrio que comprende casi como un “pueblo” y que está cargado de simbolismo para ella.
“La apertura de este espacio en el barri es algo muy bonito para mí, porque he desarrollado un arraigo brutal por los años que llevo viviendo aquí y por mis círculos. Me gusta muchísimo conocer de otra manera a las personas del barrio, que ahora pasan por la tienda”. “Una joyería forma parte del barrio y de la vida cultural de este. Siento que estar aquí es la forma que tengo de seguir sintiéndome de pueblo, pero estando en la propia ciudad”. Lo hace con vecinos culturales como Gnomo o Cuit, y con visitantes tan fieles como el “negro bicicletero” que siempre pasa por la puerta con la bici y una sonrisa. En el corazón de Russafa, el espacio que ha creado se convierte, de manera paulatina, en un vecino más que viste a los que le rodean y que sonríe siempre con mucho brillo a las visitas.

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- Imágenes cedidas por Andrea Narbón