VALÈNCIA. La idea se había hecho esperar. Solo había que darle un poco más de tiempo. Esto tenía que pasar: creemos un vecinódromo en una zona restringida de la ciudad para que las molestias que causan los vecinos por ejercer su condición no perjudiquen a quien no lo son.
Dicho de otra manera, algo más tosca, ese era el mensaje que recogieron medios como À Punt en los últimos días a partir de algunas quejas sobre la presencia de vecinos en La Malva-rosa: “Sería mejor si hubiera alguna zona acotada”, recogía el canal público de boca del propietario del restaurante La Murciana, Daniel Navarro, observando molestias en “la limpieza y la higiene” a partir del avistamiento de una extraña práctica en los alrededores: ¡vecinos a la fresca! “No da buena imagen de cara a los turistas”, daba testimonio también À Punt a partir de las declaraciones del responsable del restaurante Nova Mar.
Puede creerse que ellos son los verdugos. Unos desconsiderados. Pero son también las víctimas de un marco que les convenció que, en el área donde tienen sus restaurantes, la vitalidad y el dinamismo turístico se ha dado a partir de limitar la vecindad. Dejaron de entender que es precisamente por todo lo contrario: una atracción que ha venido dada como resultado de un vida real, por tanto de vecinos que hacen de vecinos.
Sí, tenía que pasar. Qué lance tan innovador en La Malva-rosa, ya por fin sin medias tintas. De tanto poner el peso en quienes nos miran a la hora de definir nuestra personalidad como lugar, acabamos convenciéndonos de que quienes vivían en él debían encajar en los cánones de quienes pasaban dejando una review sobre la ciudad.
Justo hace un año, por estas mismas fechas, escribía sobre cómo cada vez en más sitios, de Cádiz a València, escalaba la reivindicación de convertir la tradición de salir a la fresca en Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Y decíamos entonces: “es inevitable pensar que esta alabanza generalizada al hecho cultural de estar a la fresca, no es más que un señuelo. La corteza, la superficialidad. El quedarse con la anécdota. Si tan beneficioso es, si tanto nos define, ¿por qué no ponernos a asegurar su pervivencia?, ¿por qué no hacer posible que las generaciones que no son las de nuestros mayores puedan tener la opción?, ¿por qué no garantizar, en aquellos barrios donde es logísticamente sencillo, que siga ocurriendo en lugar de eliminar cualquier posibilidad de pervivencia en el tiempo?

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- Foto: PANCH
Estar a la fresca, salir a la fresca, echarse a la fresca, no es una anécdota ni un tipismo que despacharse con unas cuantas chanzas. Es urbanismo, es sociología y, por tanto, es política: una manera de concebir la ocupación del territorio por parte de la población”.
Y esto es lo que tenemos ahora: una propuesta de ocupación del espacio. A modo de autoparodia, de tanto achicar terreno con la creencia de que el vecino pesa menos que el que transita rápido, la llegada a una fase final donde la actividad vecinal quede restringida a una zona limitada; tan acotada y distanciada como para que pueda ser vista, tal que desde el otro lado de la barrera, sin tener que romper la cuarta pared de esa ficción donde un área ofrece como mercancía el carácter genuino y mediterráneo y a la vez pretende impedir que subsista.
Es un asedio contextual y procede de un pensamiento puramente extractivo. Desposeer para extraer. Al que está se le puede sacar un rendimiento puntual; ese rendimiento se multiplica si el que está es substituido por el que pasa. Una lógica abrasadora que forma parte del pensamiento antiurbano, donde el equilibrio que hace rico a una ciudad desaparece para que solo uno de los agentes en liza gane. Para que lo gane todo.
Por eso no basta con mirar al dedo del sopar a la fresca, sino que conviene atender al contexto social que hace posible una sociedad con capacidad para reunirse en torno a sí misma.
La necesidad -ya poco callada- de un vecinódromo es la pérdida de un equilibrio digno entre la actividad de unos pocos y el desarrollo vecinal de tantos. Ya puestos propongo que, junto al recinto acotado de vecinos que algunos reclaman, se alquilen unas hamacas con estética de iaia valenciana a 20 euros la hora para refrescarse al caer la noche. Quizá incluso que se disponga de un museo coqueto que recuerde la entrañable tradición que tenían los vecinos marineros de salir a la fresca como manera de socializar en verano.