VALÈNCIA. El problema de posponer debates ya resueltos en muchos otros lugares es que, cuando llega el momento de abordarse, el debate ya ha pasado a la siguiente pantalla. Eso le sucede a València, donde los cantos de sirena habituales en torno a la implantación de la tasa turística -normalmente emparejados con momentos de furor visitante-, comienzan a asemejarse al meme de Internet Explorer. Un debate cuyo tiempo comienza a pertenecer al pasado.
La pregunta unánime en algunas de las principales ciudades (turísticas) del mundo está pasando a ser otra: ¿a qué dedicamos la tasa turística? Y en el interior de esa pregunta, cobra peso con fuerza la dedicación de parte de la tasa a inversión cultural.
Hace solo unos días el director del Victoria & Albert Museum londinense, Tristran Hunt, publicaba una columna en The Independent, con una reivindicación relevante: “cada vez resulta más difícil mantener el nivel de excelencia de nuestras galerías y exposiciones ante la caída de la financiación pública. Si se consideran todas las áreas de apoyo, la inversión pública en las artes en Inglaterra y Gales cayó un 21% entre 2009-10 y 2020-21. En cambio, y en parte gracias a una tasa hotelera, Berlín ha podido aumentar su financiación cultural hasta 947 millones de euros para 2024, frente a 934 millones en 2023 (más del doble de todo el fondo cultural de Inglaterra en 2024). Estamos siendo ampliamente superados en gasto por nuestros competidores globales, y la posibilidad de obtener entre 250 y 300 millones de libras adicionales al año mediante esta tasa nos ofrece una oportunidad extraordinaria para equilibrar la balanza”.

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- Foto: JUAN PEIRÓ/CONSORCI DE MUSEUS
Las palabras de Hunt enfocan con claridad dónde se mueven las ciudades en esa confluencia grumosa entre cultura y turismo.
Está surgiendo una especie de competición: las urbes que aprovechan su afluencia turística para mejorar su inversión cultural, avanzan; en cambio las que no lo hacen, permanecen cronificadas, sin posibilidad de mayor ambición.
Fomentar la cultura de una ciudad es independiente de su vocación turística (la cultura comienza por fortalecer la cohesión propia), pero una parte relevante del turismo de una ciudad tiene vínculos directos con su significado cultural y su capacidad para generar atracción con ello. ¿Cómo no aprovechar esa relación?
“Según datos del ayuntamiento, de Londres, el 73% de los turistas internacionales citan la oferta cultural del Reino Unido como una razón principal para visitar el país, siendo el acceso gratuito una parte fundamental de ese atractivo. Si queremos mantener este componente único de la vida londinense, necesitamos que la tasa por pernoctación lo subvencione”, extiende el director del Victoria & Albert. “Pero la tasa ofrece más que una simple oportunidad de conservar lo que ya tenemos. Es una gran oportunidad de crecimiento para el alcalde de la ciudad, Sadiq Khan, para impulsar nuestras industrias creativas en toda la capital: una financiación adecuada para la London Fashion Week, el London Design Festival, los Bafta, los Brits, la industria del videojuego, los festivales de música…”.
Pero recapitulemos. Si nos preguntamos para qué dedicar los ingresos que recibe una ciudad por tasa turística es porque, hasta hace pocos años, la tasa tenía por objeto la promoción y gestión de la propia actividad turística. Un circuito cerrado que se entendía por aquello de que quien cobra, administra. Por tanto lo da el turismo, va para el turismo.

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- Foto: JUAN PEIRÓ/CONSORCI DE MUSEUS
Esto cambió a lo largo y ancho del mapa. En España el ejemplo más representativo es el de Barcelona que, si bien cuando aprobó su ley de tasa la limitó como “fondo para el fomento de turismo”, la modificación de su decreto ley en 2025 establece que el 25% de la recaudación debería destinarse a políticas de vivienda. Del 75% restante, cerca de la mitad se recoge por los municipios recaudadores, proponiéndose que dediquen ese importe a cuestiones necesarias para su localidad. La previsión es que Catalunya pueda llegar a recaudar 185 millones en un año.
En 2025 Edimburgo se convertía en la primera gran ciudad británica en abrirse a la tasa, con previsión de recaudar 50 millones de libras en su primer año de implantación y situando entre los objetivos de la tasa mejorar sus eventos artísticos y culturales.
A pesar de que los esfuerzos de Amsterdam han estado dedicados a compensar los efectos de un turismo de masas que ha superado las costuras de la ciudad en muchos ámbitos, su tasa turística ha permitido en los últimos años impulsar el Museo Nacional de la Esclavitud (29 millones), durante muchos años postergado, y el nuevo complejo de teatros en el área de Nieuw West (97 millones).
En Canadá, Montreal dedica cerca de 9 millones anuales de su tasa turística al impulso de sus festivales artísticos y exposiciones. Desde hace todavía más tiempo, desde 2018, San Francisco asigna un porcentaje de la tasa directamente a fines culturales después de que la ciudad aprobara la Proposición E que incluía a la cultura como parte destinataria del impuesto turístico. Este último año, 10,4 millones de dólares procedentes de esa carga impositiva sirvieron para impulsar a 145 artistas y organizaciones culturales, así como a seis recintos.
“Es momento de avanzar con rapidez en la implantación de la tasa hotelera, que podría transformar nuestras instituciones culturales para otra generación”, concluía el director de la Victoria & Albert Museum en su columna.
València, que vive en el mismo universo que todos estos ejemplos, ya no está en el tiempo de preguntarse si requiere una tasa turística, sino de discernir para el refuerzo de qué infraestructuras ciudadanas lo va a destinar.