Qué calor en la ciudad: por qué el refugio para València debería pensarse en invierno

Más cultura

VALÈNCIA A TOTA VIROLLA

Cómo el aislamiento social, y la capacidad para atenuarlo, son también un reto esencial para combatir las consecuencias de un calor tan persistente

Suscríbe al canal de whatsapp

Suscríbete al canal de Whatsapp

Siempre al día de las últimas noticias

Suscríbe nuestro newsletter

Suscríbete nuestro newsletter

Siempre al día de las últimas noticias

VALÈNCIA. Hay algo innato, ante los grandes desafíos de la humanidad, en mirar en el interior de las ciudades. De algún modo, esperar a que sea la ciudad quien lo resuelva. La aglomeración poblacional entendida también como un cerebro cargado de neuronas. Desde las corrientes higienistas, donde la ciudad debía resolver su propio entuerto y airearse, escapando de la trampa, hasta el propio urbanismo con letra propia, que con el paso de las generaciones hizo que los asentamientos urbanos se ajustaran a los contextos en los que la población fue viviendo. A su imagen y semejanza.

Por eso ante unas ciudades en rojo, con un aumento de temperaturas sostenido que pilla al negacionista de guardia cubriendo de papel de albal su ventana, ante eso, digo, lo natural debiera ser volver a mirar a la ciudad y preguntar qué tiene que ofrecer esta vez.

En el primer libro que publicó el sociólogo Eric Klinenberg, llamado Heat Wave, estudió qué era de verdad lo que había provocado las muertes principales de la ola de calor de inicios de julio de 1995 en Chicago. De forma contraintuitiva, quiso demostrar que las cerca de 800 muertes estaban causadas por algo que iba más allá de cómo de equipadas estaban las casas frente al calor. Escribe: “Quería entender quién, dónde y por qué murió, así que hice un mapa de mortalidad (…)  Los barrios con la mortalidad más alta están abandonados, sin nada que animara a la gente a salir a la calle. Lo horrible de las muertes por calor es que son causadas por aislamiento social: alguien sufre, pero nadie lo ve ni lo ayuda. Y esto no pasa en barrios que, aunque pobres, tienen sitios bonitos para sentarse y reunirse, centros comunitarios, parques o tiendas. Si la gente sale regularmente y coincide con sus vecinos, cuando dejan de ver a algún habitual, se preocupan y llaman a su puerta. Esto es lo que salva vidas. De hecho, la esperanza de vida en zonas abandonadas es cinco años menor”.

  • -

Además de la infraestructura física, la infraestructura social, venía a señalar Klinenberg en una lógica elemental que sitúa en la cohesión social un elemento primordial de desarrollo ciudadano. Su libro señala con el dedo justo ahí: es la ciudad, indica Klinenberg, la ciudad es la respuesta a su propia amenaza. Pero cuidado, no sirve tan solo con poner sombrillas allá donde todo el mundo mira. 

De 1995 a 2026. Klinenberg está estos días en España. El 16 de julio hablará en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, en el salón de baile de la institución que desde hace pocos años se convierte por verano en una especie de jungla abierta bajo el título de ‘Refugio Climático’. El propio Círculo ha convocado durante mayo a instituciones de toda España para impulsar la red de refugios climáticos en espacios culturales. En València espacios como el IVAM o la Ciudad de las Artes y las Ciencias hacen énfasis en su condición de ‘refugio’. La propia ciudad tiene hasta 39 (entre centros cívicos y oficinas municipales) abiertos al público, aunque la oposición denuncia que solo unos pocos estarán abiertos todo el verano. 

Aunque pueda quedar reducido a un debate terminológico, convendría preguntarse si la idea del refugio no toma como amenaza a la propia ciudad (deberemos protegernos de las calles) y si la propia ciudad no puede hacer dejación de funciones limitándose a situar chinchetas sobre el mapa, como bunkers, sin atender a qué ocurre entre cada una de esas chinchetas. De la ciudad como refugio a refugiarse de la ciudad.  

  • -

El Klinenberg de Chicago se refiere a la capacidad de una ciudad para atenderse a sí misma. Al respecto sirve de termómetro preguntarse de qué debate tu ciudad. Los debates que protagonizan nuestra agenda situarán el nivel de esfuerzos que estamos haciendo, en invierno, para prepararnos ante los problemas del verano. 

Y el diagnóstico en buena parte de nuestras ciudades es que debatimos mucho de renders pero muy poco de infraestructura social. El futuro Paseo García Lorca, como encaje troncal de la ciudad que llega, es analizado desde infinidad de frentes. Desde luego desde su cobertura verde pero ya incluso sobre su nombre más conveniente. Apenas debatimos, en cambio, qué ocurrirá allí en el mientras tanto. Sobre si la administración podría disponer de lugares para vincular a la población, sin necesidad de que sean terrazas donde no poder estar más de quince minutos sentado si pides café. Sobre si agentes activos de la ciudad podrían administrar espacios con los que atraer población y, por tanto, sedimentar a la sociedad circundante. Sobre si buscamos tránsito o permanencia. Sobre si tendremos bajos comerciales o solo celdas con candados. Sobre si promoveremos barrios como islas excluidas o guionizaremos las próximas promociones inmobiliarias para que tengan un carácter de ciudad. Sobre si queremos un Jardín del Turia o un Turia 51. 

Ya pasó València unos cuantos meses debatiendo sobre sombreados y vaporización en la renovada Plaza de la Reina, sin dedicarle ni una tarde a imaginar si por allí podía haber algo más que recintos de souvenir y terrazas. Nada especialmente propio: en la última campaña para las municipales Sevilla hizo del sombreado de su milla de oro un asunto capital. Hasta Moreno Bonilla se personó un día de primavera a las dos de la tarde, en la Avenida Constitución, para anunciar que todo esto sería sombra. Ni tan siquiera un 10% de los sevillanos vive en la almendra central, pero el centro pareció la medida de todas las cosas. Demasiadas veces parece que con cubrir aquellas zonas donde todo el mundo mira, la ciudad se resuelve: el aislamiento social se da justo donde casi nadie mira. 

  • -

El Turia - siempre guía y manual para València- demuestra hasta qué punto los grandes espacios verdes bien concebidos tienen capacidad para reunir infinidad de usos, en una alternativa para que la ciudad no necesite refugiarse de sí misma. Apenas hace unos días el estudio de la Universidad Politécnica de Madrid sobre el alcance de la naturaleza urbana situaba en un 80% la proporción de vecinos de València sin espacios verdes en un entorno inmediato. La solución, sí, sera tener más espacios verdes, pero también más espacios que integren y no aíslen. 

Qué contradicción que cuando más debería apetecer zamparse a bocados una palpitante ciudad cerca del mar, la sensación extendida -aunque casi en omertà- es que la ciudad es un lugar del que refugiarse. Por tanto un lugar inhóspito, que no conviene. Conforme nos alejamos más del urbanismo mediterráneo, necesitamos con urgencia esa misma singularidad. Por el calor, pero también por la vinculación. 

  • -

 

Recibe toda la actualidad
Valencia Plaza

Recibe toda la actualidad de Valencia Plaza en tu correo