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el callejero

Las olas llevaron a Tono hasta Agadir

Foto: KIKE TABERNER
4/12/2022 - 

Tono llega a la playa de la Patacona cuando la tarde ya languidece. Este joven de 34 años aparece con un abrigo y la capucha puesta. Va acompañado de su mujer, Andrea, y en cuanto pone un pie en la arena, exclaman: "¡Hay olitas!". Luego miran a izquierda y derecha y se sorprenden de que no haya más que dos o tres personas en toda la playa. El cielo, en el ocaso, se tiñe de un color anaranjado que se burla de todos los filtros de Instagram. Ellos van a su ritmo, sin prisas, y luego Tono contará que eso lo aprendieron durante la pandemia, cuando la vida les obligó a parar y ellos lo recibieron como un regalo, una oportunidad para, al fin, estar en calma, hacer yoga, meditar y leer un libro tan ricamente. "Pero al tercer año resucitamos...".

Tono García Ballester no habla de ellos, claro, sino de su proyecto empresarial, Blue Waves, que colapsó, como casi todo, durante la pandemia y ahora avanza con viento de cola. Blue Waves es un 'surf camp', un campamento de surf que está en Agadir (Marruecos), destino de aficionados de todo el mundo -algo menos de la mitad, desde España- y que ha cogido mucho vuelo gracias a Ryanair, que lo ha conectado con media Europa.

Ellos cogieron el lunes uno de esos vuelos baratos, pasaron tres días en València, vieron al médico y a sus padres, y se volvieron el miércoles a Agadir, donde vive Tono desde hace nueve años. Antes de eso, unos años antes, cuando tenía 18 o 19, su amigo Juanito le enseñó a surfear en el Perelló. "Fue mi maestro y encima me regaló un tabla 'old school' con quillas fijas", recuerda.

Foto: KIKE TABERNER

Él había nacido en Orihuela, en la Vega Baja, donde creció hasta que, con ocho años, nombraron a su padre, que es arquitecto, director general de Vivienda y se mudó con toda la familia a València. Tono, el tercero de cuatro hermanos, estudió para ser ingeniero agrónomo y antes de hacer el proyecto fin de carrera le entró la obsesión por acabar en un país donde, además, pudiera hacer surf. Su tutor, Carlos Mesejo, dijo que le iba a ayudar en todo y habló con algunos contactos que tenía en Sudáfrica y California. Pero en el último momento le comentó que conocía a alguien en Agadir. "Le dije que era un sitio de olas increíble y me cuadraba porque podía ir en coche y era más cómodo. Por eso decidí Agadir y me fui para allá con 25 años".

En el mes de septiembre de 2013, cogió el Toyota Rav4 que le había regalado su tío, lo llenó hasta arriba de trastos, y se fue hasta el suroeste de Marruecos. Viajaba sin GPS y, muy cerca de su destino, se perdió. Tono no hablaba francés, ni mucho menos árabe, y cuando bajó la ventanilla y preguntó en inglés dónde quedaba la universidad, entendió que los inicios no iban a ser fáciles. "En ese preciso instante me pregunté dónde me había metido. El primer día iba acojonado. Salías por la noche y estaba todo oscuro, la gente estaba en la calle, todo parecía sucio... Como me habían dicho que era peligroso, le pregunté a mi compañero de habitación si era seguro salir a cenar, y comenzó a reírse de mí. Él era marroquí y no hablaba inglés, así que nos comunicábamos por señas, como podíamos. La verdad es que la primera semana fue dura, pero luego empecé a surfear y ya me fui adaptando poco a poco".

Su amigo saharaui

Tono empezó a desarrollar su proyecto. Llegó con una idea, pero como no le seducía, acabó pivotando, cambiando a otro concepto, y se puso a comparar la calidad de la clementina que crecía en un clima árido con el fruto de la Comunitat Valenciana y su clima semiárido. Aunque dedicó muchos más esfuerzos a la tabla que a la mandarina. "La verdad es que me despisté un poco...".

Fotos: KIKE TABERNER

En la residencia aguantó dos meses. Hasta el día que, harto del desorden y el caos de su compañero de habitación, discutió con él porque quería imponer su orden, y tomó la decisión de marcharse. Por aquel entonces, Tono iba a un curso de francés. Al final de una clase, salió, cogió su coche, y al ver a un compañero, Bachir, le propuso, por señas, llevarle a casa. Aquel chico era un saharaui tremendamente hospitalario que le abrió su hogar y le invitó a cenar arroz con camello. Allí, tomando el té con su gente, estuvieron de cháchara hasta las tantas. Poco después le invitaron a visitar el Sáhara con ellos para conocer la fiesta del camello, así que se fue ocho días al desierto. En el viaje les comentó que tenía problemas con su compañero de habitación y aquellos, siempre tan generosos, le propusieron que se fuera a vivir con ellos.

Mientras tanto siguió conociendo las playas de Agadir, una región con un clima cálido, parecido al de las islas Canarias, el agua un poco más fría y unas olas muy propicias para practicar este deporte. Allí, dice, se consagró como surfista. Aún no tenía amigos e iba por libre, pero conoció a un inglés que le invitó a ir a surfear con él a Boilers. "Yo acababa de llegar y no estaba en la forma física óptima ni habituado a olas potentes. Llegamos al amanecer y no había más que uno o dos tíos en el agua. Él se fue corriendo para dentro y yo me quedé cambiándome, pero más o menos había visto por dónde había entrado y decidí meterme. Era un día que estaba grande (el mar, el oleaje era potente). Yo intentaba seguir lo que había visto, pero me metí por donde no tocaba, me cogió la corriente y tuve una experiencia muy mala. Llegó un momento en el que pensé que me iba a ahogar. Había mucha turbulencia, mucha ola... No sabía por dónde tirar. La salida por detrás era todo por rocas y me daba miedo. Entré en una situación de fatiga y la ola me revolcaba una y otra vez. Al final entendí que la única salida que tenía era girarme y chocar contra las rocas. Y lo hice. La tabla me rompió, pero yo logré salir medio trepando. Llegué arriba y me tiré en el suelo. Estaba sin energía y con la sensación de haber salvado la vida. Unos españoles me contaron que me vieron pasarlo tan mal que habían decidido irse a otra playa".

Aquel mal trago le dejó pensativo. Durante días se quedó rumiando que si alguien, un profesional, le hubiera acompañado y le hubiera guiado, a lo mejor se hubiera ahorrado el susto. Porque una experiencia así de traumática puede acabar convirtiéndose en una fobia al mar. Pero Tono no sólo había dejado la comodidad de su vida en València para coger buenas olas y estudiar las clementinas, Tono buscaba vencer a sus miedos y enfrentar los desafíos que fueran saliendo.

Un día apareció por allí su amigo Juanito. Estuvo varias semanas de visita. Tono se lo llevaba a surfear, pero también a que pasara por los mercados locales, a comer sardinas, a conocer un poco más la cultura de la región. "Se lo pasó muy bien y eso hizo que yo me sintiera bien también. Fue gratificante y vi que me gustaba ser anfitrión y proporcionarle una experiencia a la gente. Luego me volvió a pasar con mi amigo Cristian y cuando se fue me dijo que gracias a mí había sido el viaje de su vida. Eso me hizo sentir orgulloso y pensar si me podría ganar la vida haciendo eso. Porque eso, además, sería algo idílico".

Chapurrea el dariya

Este treintañero valenciano recuerda sus inicios en Mediterranean Surf, un rincón muy seductor que, en unos años, se ha convertido en la casa del surf en la ciudad de València. Allí, en la Patacona, están enseñando a surfear a mucha gente que se está animando a probar nuevas experiencias. Y allí reciben a Tono y Andrea como si fueran hermanos. Hablan el mismo idioma y comparten la misma obsesión por las tablas y el mar.

Tono ya está asentado en Agadir y hasta se plantea buscar un nuevo destino. En Agadir tiene dos casas y está culminando un pequeño complejo. El idioma ya hace tiempo que dejó de ser un obstáculo: habla francés y chapurrea el dariya -que significa dialecto simplificado-. "Es un dialecto hablado. Lo uso para comprar, para hablar con parte de nuestro equipo, lo básico. Aunque debería estudiarlo y hablarlo mejor".

Porque Blue Waves ya tiene su nómina de empleados. Qué lejano queda ya aquel 2013 en el que Tono empezó preguntando por la zona de Taghazout y acabó enamorándose de Anza, un pueblecito -en realidad un barrio-, a seis kilómetros al norte de Agadir, que descubrió casi por casualidad. Tono había visto que las olas más famosas funcionaban con marea baja y él quería ver si había un sitio donde ocurriera algo parecido con marea alta. Alguien le explicó que eso podía encontrarlo en Anza. El flechazo fue instantáneo. "Fui un atardecer para allá y me encontré un lugar con unas olas increíbles. Encima solo estábamos dos personas en el agua: un francés y yo. Los dos, emocionados, nos pusimos a gritar. Ahora eso ya es mucho más complicado. Empecé a ir más a menudo y fui conociendo poco a poco a los locales. Es una zona pesquera y me gustó mucho. Para la calidad de ola que era, resultaba muy poco peligrosa. La gente se me acercaba y me decía que les invitara a un cuscús, otro día unas sardinas... Hasta que al final entendí que tenía que ser el sitio. Fui tocando a todas las puertas para ver si alguien me alquilaba una casa en primera línea de la playa. Era difícil porque todos vivían ahí. Hasta que un día me llamaron y me dijeron que había una casa disponible. Ahí nació Blue Waves".

La idea no era mala, pero Tono no tenía ni idea de llevar un negocio ni de promocionarlo. Sus padres, además, no veían con buenos ojos que abandonara su carrera de ingeniero agrónomo para dedicarse a algo que hoy es más común pero que hace nueve años era casi una excentricidad. "Ellos tenían miedo y me lo trasladaban, pero yo lo tenía clarísimo. Desde muy pequeño he sido un cabra loca. Nunca he tenido miedo a arriesgar y aprender de los errores".

Con 21 años había sufrido un grave accidente cuando circulaba en moto por la autovía. Iba a 130 km/h cuando un coche le dio un golpe y salió volando. Por suerte se fue recto y no hacia el guardarraíl y no sufrió daños graves. Pero la moto acabó en siniestro total y le pagaron 20.000 euros de indemnización. Con ese dinero se fue dos meses a coger olas a Hawái. El resto, lo guardó y cuando llegó el momento de poner en marcha Blue Waves tenía unos ahorros. Con eso y la ayuda de sus padres constituyó la empresa con un socio, compró un coche, la casa y la reformó.

Sus primeros clientes

Años atrás había estado trabajando en una tienda de ropa en València y uno de sus compañeros le llamó una mañana porque había oído que ahora vivía en Marruecos y tenía pensado ir con los amigos de viaje. Así fue como Adam y Pepe Peris se convirtieron en sus primeros clientes. "Pepe, además, ahora es uno de mis mejores amigos y viene unas ocho veces al año. Él ha visto toda la evolución de nuestro negocio. Todo empezó así, muy orgánico, aprendiendo de los errores. Costó que prosperara la empresa porque ni Anza ni Marruecos eran muy conocidos como destino de surf, era menos comercial, y no había vuelos directos a Agadir. Por eso, al principio, tuve que trabajar como ingeniero porque el negocio no daba para vivir. Por suerte había trabajo porque aquella es una zona de explotación agrícola muy potente. Es casi la segunda huerta de Europa. Lo compaginé hasta que las cosas empezaron a funcionar. Pero tardó y por el camino tuve socios que entraron y salieron. Fue una época dura porque trabajaba y hacía allí lo que podía. Casi no tenía tiempo ni de surfear. En esa época llegué incluso a distribuir cremas solares por todo el país".

Antes, en 2012, había conocido a Andrea. Tono había puesto en venta su tabla en segundamano.com y ella le contactó. Tono le explicó que era una tabla para gente más experimentada, pero le pidió su Facebook por si encontraba algo para ella. En 2014 llegó a Marruecos y en 2019 se casaron. Aquel día, el día de su boda, decidieron que al día siguiente dejarían el alcohol y aprovecharían que Agadir es un sitio propicio para aquellos que aspiran a ser abstemios.

Blue Waves fue creciendo y creciendo. Hasta que llegó la pandemia y Marruecos lo cerró todo. Andrea, que era también la responsable de marketing, estaba en la India en ese momento formándose para ser profesora de yoga. Él aguantó lo que pudo. "Pero los cuatro meses cogí a los perros y salí en un barco de repatriación. Andrea y yo nos fuimos a vivir entonces al Palmar, en Cádiz, porque Chicho, un amigo, había montado allí una escuela de surf. La pandemia fue un periodo bonito porque nosotros veníamos de haber luchado mucho, de pasar muchos problemas, de apretar, de calentarnos la cabeza... Y eso fue una gran desgracia para el planeta, pero yo me lo tomé como un momento de reflexión muy bonito en el cual tuve la oportunidad de poder desconectar de todo, aunque económicamente fue muy duro. Me dediqué a profundizar en el yoga, meditar todos los días, escribir, reflexionar... Nos centramos más en la parte espiritual y profunda que en todo lo que llevábamos haciendo antes. El mundo del 'hospitality' es muy esclavo porque todos los días tienes a alguien que depende de ti".

¿Un nuevo destino?

Tras la pandemia regresaron a Agadir, a esos veranos e inviernos suaves. Con inviernos a 25 grados por el día y no menos de 13 por las noches. Tono al final se encariñó de la gente de Agadir. "Siempre tenemos esos prejuicios que no pertenecen a nuestra experiencia. Todo tiene sus cosas buenas y sus cosas malas, pero yo me quedo con lo bueno, que es la fraternidad que existe. Es muy característico que la gente se saluda por la calle, se dan abrazos, caminan de la mano... He viajado mucho por el país y me encanta".

Ryanair multiplicó su suerte. La aerolínea irlandesa conectó Agadir, con un vuelo directo y económico, con València, Madrid, Barcelona y Tenerife, y en temporada alta también con Málaga, Sevilla y otras ciudades, además de países como Inglaterra, Alemania, Francia, Italia... "Agadir se ha puesto de moda y el rey ha hecho unos planes de inversión muy potentes. Hay complejos hoteleros con muchas camas que tienen que cubrir y a nosotros nos viene bien. Ya tenemos dos casas ahora y estamos terminando un complejo que cerrará el proyecto: una escuela de surf, yoga, restaurante y piscina en Anza, en un terreno de 500 metros cuadrados. Eso cierra el círculo de la idea con la que fui allí".

Este año acabarán con cerca de 1.700 clientes que hubieran sido más de haber tenido más camas. Pero la comodidad no parece ser el objetivo de Tono y Andrea y ya llevan un tiempo rumiando atreverse con un nuevo 'surf camp' en otro destino. Los dos han viajado por todo el mundo con una tabla de surf y han podido conocer lugares con olas magníficas como Hawái, Filipinas, Bali, Nicaragua, Costa Rica... "Aunque las olas de Marruecos no tienen nada que envidiar a ningún sitio. Y Agadir, además, se ha posicionado muy bien y ahora es uno de los mejores destinos de surf del mundo. Quizá no tiene olas tan 'tuberas', pero al final esas olas son para gente muy avanzada, muy por encima de la media. Y Marruecos, para el surfista intermedio o principiante, es un paraíso: en un tramo de 70 kilómetros hay un rango muy grande de olas. Casi todo el mundo encuentra olas de su nivel".

Es difícil saber si este Tono García Ballester tiene mucho o poco que ver con aquel chaval que llegó medio despistado a Agadir hace nueve años en un Rav4. Ahora es un chico seguro de sí mismo, feliz con sus valores, que pueden leerse en una camiseta que pone 'Fuck Plastic', que lleva una palmerita tatuada en la muñeca y que es feliz con Andrea, sus perros y las olas de Anza.

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