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VIDAS LOW COST / OPINIÓN

Paellas sí, lápidas no

3/11/2018 - 

El pasado 1 de noviembre, el jueves, Día de Todos los Santos, Instagram no fue distinto a cualquier otro día. Es decir, que siguió siendo la herramienta conocida más popular y poderosa para la autoficción de un sinfín de individuos. En lo ancho y extenso de su representatividad, los usuarios volvimos a compartir nuestra vida, pero solo en apariencia: disfraces y maquillajes de Halloween de la noche anterior, paellas en familia y su resaca o tardes de mistela, Netflix y tiempo libre en las que todo parecía haber transcurrido sin relación a los muertos. ¡Cementerios en Instagram, já! ¿Qué cosa más loca, verdad?

Como si de una coreografía se tratara, personas muy distintas, de pensamientos muy distintos, se ponen de perfil un año tras otro cuando se conjugan dos hechos como la visita a los cementerios y la exhibición rutinaria en Instagram. Qué difícil es subir una foto de unas flores, ¿verdad? Quién lo iba a decir. Pero claro, son flores contra lápidas a través de las cuales puede alcanzarse algo real. Algo tan propio que no es propio de Instagram. Algo más allá del consumo de cualquier cosa, que es lo que nos hace atractivos allá. Siempre productos, solo productos, si algo de nosotros ha de caber bajo las leyes del timeline es solo bajo el patrón del consumo: comida, viajes, amigos (bebiendo, haciendo), ropa, maquillaje... y hasta cultura, pero desde el concepto del consumo.

Sin embargo, no es algo que tengamos presente. La mente se abstrae en una pseudorealidad hasta que creemos ser y creemos que otros son tal y como allí se exhiben. En el tren, en el metro o en el bus, personas de entre pocos y muchos años, no levantan la mirada mientras contemplan una tras otra las historias de Instagram. Solo asisten al relato infinito de la autoficción. Cuerpos singulares, uno tras otro, homogeneizados en el consumo para no importunar a nadie. Llamativos sin llamar a nada. Esencialmente todos uno, constreñidos bajo las amenazas de la incorrección política y del frágil mercado laboral que –salvo a honrosas profesiones como esta misma, de momento– no se nos ocurra ser excesivamente propios –ya no diré extravagantes– si ansiamos la alquimia del follower.

Gustarle a todo el mundo y no molestar a nadie. Paellas sí, pero lápidas no. El Día de Todos los Santos resulta que hacemos cualquier cosa menos ir al cementerio. Y no es menos cierto que hay una parte de la población que no va nunca, y otra que no va ese día, pero muertos tenemos todos y el escaparate constante de las redes sociales nunca encuentra el momento para mostrarlo. No acuso a nadie, sino a mí mismo, porque fui el primero en encontrar sentido a un boomerang con el crepitar de la madera del naranjo previo a la paella, pero no tuve la menor inquietud de hacer algo parecido con lo vivido una o dos horas antes. Yo me acuso, pero ya noto que no soy el único que al pensar en ello se siente de algún modo culpable.

Me preocupa cada vez más la contaminación de este relato autoconstruido. Tanto que la semana pasada, casi casi, estaba aquí hablando de lo mismo. Porque cuando me subo al metro o al autobús, la mayor parte de las personas que me rodean, ya lo he dicho, no me dirigen la mirada; la tienen clavada en una pantalla. Scrollean una tras otra, de arriba hasta abajao o de izquierda a derecha, y ven relatos de personas a las que creen conocer, pero no. Ni aquellas de un círculo más próximo ni las que han adquirido como próximas a través de la televisión u otras pantallas, ni unas ni otras tienen una relación con lo que sucede en ese scroll infinito. 

Los partos nunca son problemáticos en Instagram. Los días malos solo son silencios interrumpidos por días buenos de otros. No hay accidentes de moto con fractura ni denuncias ante la oficina del consumidor. No hay listas de espera en Instagram ni la comida no es la que se sirve por cientos de miles cada día a nuestro alrededor en los colegios públicos. La comida es siempre de domingo y la ropa está muy limpia en Instagram. Evadirse a todas horas en los otros es una tentación demasiado poderosa. Aun a sabiendas de la mentira, es demasiado tentador huir todo el tiempo de lo que somos y pintamos aquí. 

La novedad, el motivo de todos estos pensamientos el que el acceso a la evasión nunca había sido tan continuo. Tampoco había sido tan poderoso como la posibilidad de que toda la población conocida se haya convertido en creadora de un contenido de ficción. Es una lluvia de ideas falsas constante y muy superior a nuestras posibilidades de decodificación y análisis. Como ya nos ha ido mostrando Black Mirror a lo largo de sus cuatro primeras y maravillosas temporadas, la deshumanización de la especie es una de las evidencias más incontestables de nuestro tiempo. Al menos la nuestra huele a madera de naranjo y sabe a paella.

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