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el muro / OPINIÓN

Pánico y silencio

Un día el mundo cambio y nos demostró lo frágiles que éramos ante lo inesperado

29/03/2020 - 

Desconocía la sensación de pánico. Jamás imaginé cómo sería vivirlo o, simplemente, notarlo. Es como el dolor agudo. Mientras no lo sufres, crees que es una situación pasajera y hasta subjetiva. Hasta que lo descubres de forma inesperada y te sientes impotente para superarlo. Cuando vives ese tipo de experiencia la vida te vuelve o hace más robusto. Pero siempre con la incertidumbre añadida de que algún día, por sorpresa, el dolor podrá volver de forma silenciosa.

Nosotros, o la mayoría de nosotros, pertenecemos a generaciones con suerte. No habíamos vivido una guerra. No habíamos sufrido una pandemia y navegábamos por un mundo feliz en el que creíamos estar a salvo, que todo estaba normalizado y no existía ya nada imprevisible que pudiera interrumpir nuestra cotidianeidad, menos aún en el primer mundo.

Cuando comenzamos a vivir y sufrir la crisis económica en 2008, aunque la viéramos venir, aprendimos a no jugar más con nuestro dinero, ser más racionales, menos egoístas, menos despreocupados, más austeros y solidarios. Pero no ha sido suficiente.

Ahora hemos descubierto qué es el pánico cuando nuestros mayores y amigos caen de forma inesperada y en apenas unas horas, sin esperarlo y menos desearlo, descubrimos que el mundo es pequeño y hemos jugado en exceso con el destino o, simplemente, nos hemos confiado en exceso.

Después de esta crisis, ya nada va a ser igual, repiten. 2018, cuando algunos establecieron un final de decadencia económica poco segura, quedará como un guiño siniestro. Sólo a partir del raising, como denominaron los norteamericanos al 11S, nos daremos cuenta de lo que nos pasó y haremos balance de confianza. Espero. Y dejaremos de lado a todos aquellos que nos han defraudado y respetaremos más a nuestros semejantes. También apartaremos a insolidarios, rencorosos, soberbios y malintencionados que hemos descubierto en nuestras vidas, pero sin olvidar el miedo al pánico que permanecerá; el mismo pánico que sufrieron generaciones anteriores y vivieron los desastres de un conflicto bélico con otras formas pero similar escala inicial.

Por fortuna, y hasta que me perdí en esta batalla de nueva forma de guerra que libran voluntarios, médicos y reservistas desde los hospitales y fuerzas de seguridad poniendo orden y velando por nuestra seguridad y la de los demás, tengo una mascota que no sólo me acompaña cada tarde cuando estoy frente al ordenador, sino que me ha permitido poder pisar algunos ligeros minutos la calle unos pocos días. Y la verdad, sentí una sensación que jamás había vivido: la que produce el pánico psicológico y el miedo a caer en un descuido.

Hasta que caí, pude recorrer calles vacías en mi entorno con transeúntes que cambiaban de acera cuando íbamos a cruzarnos, se giraban curiosos si escuchaban nuestros pasos o ni siquiera nos mirábamos debajo de una mascarilla y una gorra. Unos y otros teníamos miedo o pánico de nosotros mismos.

Una mañana de domingo, decenas de tórtolas y otros pájaros estaban reunidos buscando comida entre alcorques suelos de bares cerrados o rodeando contenedores de basura. Y soltando al mismo tiempo un arrullo que más bien sonaba a graznido hambriento. En un momento, al escucharlas y verlas levantar el vuelo me sentí un simple protagonista de la célebre película de Hitchcock, cuando apenas semanas antes regalábamos en cualquier plaza pública migas de pan o disfrutábamos con nuestros hijos verlas comer en la explanada de cualquier plaza pública.

Dicen que cuando acabe este sufrimiento, nada volverá a ser igual. Durante ese periodo que llaman ya de “reconstrucción” -lo dice todo-  creo que tendremos miedo durante mucho tiempo a juntarnos, a que nuestras relaciones sociales y personales vuelvan a ser las mismas. Pasará mucho tiempo hasta que lo logremos. Es una sensación personal. Pero nos servirá también para recuperar v sacar lo mejor de cada uno de nosotros y valorar mucho más lo que hasta hace apenas unas semanas teníamos y no apreciábamos. Pero también, nos servirá para descubrir la torpeza del ser humano, la confianza que hemos regalado a algunos y lo mal o bien que muchos, antes, durante y después, lo han hecho; o lo mucho que nos ha engañado, lo servibles e inservibles que son unos y otros, los que son y han sido verdaderamente valientes o cobardes y lo mucho que se nos ha quedado en el camino. Sólo cuando efectuemos ese examen de conciencia consideraremos que el mundo está volviendo a cierta normalidad, pero absolutamente conscientes de que nuestra fragilidad continuará siendo extrema, aunque crezcan otros valores en nuestro interior y entorno. Eso se descubre cuando se está simplemente una vez muy cerca de la muerte. Después el universo individual cambia. Pero jamás ya se abandona el miedo.

Lástima por todos aquellos que habremos dejado en la orilla sin poder despedirnos durante esta “guerra” tan cruel que nos ha descubierto que el pánico no avisa, o creíamos no existía, pero es real, como lo es ese otro tipo de Ejército que un día fue a las barricadas casi desnudo. Era 2020. Primavera de Siglo XXI.  

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