FURIA EN EL CATERING

Pérdida de la dignidad, conciencia de clase y saquitos de hojaldre

Date prisa o el responsable de ventas se acaba las croquetas de jamón.

| 10/06/2022 | 5 min, 5 seg

Una ciudad cualquiera para pelearse por un buñuelo. Pero esa ciudad suele ser Madrid o Barcelona. Tacones, corbatas y zapatillas con traje como tarjeta identificativa de los profesionales creativos, que quieren diferenciarse respecto a los directivos a base de una mezcla tensa de informalidad.

Como regla general, los caterings tipo cocktail atentan contra las normas de urbanismo. También como regla general, los directivos son hombres. Todos juntos son un mar gris, cobalto, blanco y negro. Pero poco negro. El negro negro se reserva para los uniformes de los camareros. El blanco* de la piel sí que es un factor común entre los directivos. 

*Blanco que en estas fechas ya ha pasado por la costa y es un bronce singular que no se adquiere yendo a Pinedo.

Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar bandejas de croquetas en llamas nada más salir de la zona de pase. He visto miniraciones de paella brillar en la oscuridad cerca de la puerta del baño —siempre ocupado—. Todos esos momentos se repetirán en el tiempo, como días de sol en València. Es hora de pedir cena real.

He visto un par de veces Blade Runner y muchos afterworks, caterings, refrigerios, homenajes, aniversarios, despedidas, encuentros, jornadas, congresos, piscolabis, workshops, seminarios, simposios, convenciones, trainings, recepciones, galardones, certámenes. Los he visto desde el otro lado de la bandeja —la hostelería es la mili de los millenials—, desde el hambre de ser becaria y sentada en el ángulo agudo de tener paladar pero no estabilidad económica. Es decir, desde la indiferencia y el ¿orgullo? de evadir el consumo de saquitos de hojaldre rellenos de verduras blandurrias que reposan en una bandejita de pizarra con una salsa sin filiación. 


Quiero creer que hay excepciones, pero la intentona de encerrar la gastronomía de nombre largo en un vasito de plástico como los que dan en el dentista tiene un hálito wannabe: “Déjate seducir por el timbal de salmorejo con carpaccio de pulpa y mejillones, el crujiente trío de langostinos con salsa tendencia romesco o la cucharada de hummus con pimentón dulce. Disfruta del carpaccio de ternera con virutas de parmesano, la cucharada de escalibada y bacalao ahumado, o el shot de vichyssoise; seguro que repetirás. Y si quieres algo auténtico, te recomendamos la brocheta de pulpo a la gallega o la de cereza, queso fresco y aceite de albahaca. El gazpacho de sandía, las delicias de codorniz y el fajo de morcilla... mmm... te dejarán sin palabras”.

Un fajo de morcilla me ha enmudecido. 

Pero ya no es el fondo —dar de comer en formatos abarcables con una mano a gente que está de pie y dispersa, sin controlar la temperatura, sin controlar el ansia de la sociabilización que produce el alcohol gratis, no es tarea fácil— sino las formas: adultos que en muchos casos cuentan con salarios que permiten el SUV-la casa en la playa-el piso el centro-el colegio casi de élite para los niños asaltando lo que portean los sherpas (los y las camareras, entre lo que abunda más diversidad étnica y simpatía) con energía con la que un novio entra en una iglesia —gracias Ariana Harwicz por la imagen—  o el ímpetu de los toros de Miura pasando por el control del aeropuerto.  

He visto ejecutivos mancharse la camisa por agarrar un chupito de emulsión de brandada. He visto las muñecas de un camarero imberbe y estilizado temblar por la fuerza gravitatoria que generan los canapés con foie

En esos canapés he visto poco foie

Una fuente con poco caudal dice que los canapés tienen origen griego. Konopeion es la palabra primigenia y significa “mosquitero”. Un poco a los papeles atrapamoscas se parecen estas bandejas que ahora trasportan baos de cochinita pibil, samosas de rabo de toro, piña osmotizada con ron o cucharitas con un picadillo de salmón. 


“Se inicia con el registro de canapés y bocadillos en la época del Rey Alfonso X, ya que fue él quien dispuso que en los mesones castellanos no se sirviese vino si no era acompañado de algo de comida evitando que el vino subiese rápidamente a la cabeza. En aquellos tiempos los bocadillos o canapés consistían en una loncha de jamón o en rodajas de chorizo de otro embutido y, a veces, era sustituido por una cuña de queso”.

“Al principio a estos se les conocía como “tapas” ya que cuenta la historia que un día el Rey Alfonso XIII estaba realizando una visita oficial a la provincia de Cádiz y al pasar por el Ventorrillo del Chato se paró para descansar un rato. El Rey pidió una copa de Jerez, pero en ese momento una corriente de aire entró en la Venta y, para que el vino no se llenara de arena de la playa el camarero tuvo la feliz idea de colocar una lonchita de jamón en el catavinos real”.

El párrafo de aquí arriba nos lleva a la ergonomía del cóctel: cómo sostener una copa, un platillo con una suerte de ceviche y el móvil. No es tarea fácil y quien se ve inmerso en la gesta adquiere uno de esos rictus que destapan la debilidad del ser humano: salir sin chanclas del mar en una playa de guijarros, andar por la nieve o masticar y hacer networking. La única fórmula que conozco sin abandonar a su suerte los alimentos, es posar el plato sobre el borde de la copa, como Jesucristo andando sobre el mar. Y rezarle al mismo para que la Torre de Babel no caiga sobre la mano que ha de firmar tu contrato.

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