Un banco de germoplasma es algo así como un IKEA de semillas. La parte del almacén de autoservicio del IKEA. Recipientes estériles con semillas, ordenados en estantes industriales, permanecen inertes a una temperatura controlada en una atmósfera impoluta. Si el parecido entre una Glambert desmontada y embalada y una confortable cama es inimaginable, la similitud entre una semilla de Persimón (alargada, marrón oscura) y el fruto que da, un caqui de la variedad Rojo Brillante, casi que también. Esa fruta tersa, sin astringencia y colorida del que usted me habla recibe el nombre comercial de Persimón, el caqui de la ingeniería agrícola valenciana.
La genética del caqui está en Moncada
Moncada, València. Año 2002. El Instituto Valenciano de Investigaciones Agrícolas (IVIA), en colaboración con el Instituto Nacional de Investigaciones Agrícolas (INIA) y el proyecto europeo RESGEN de especies consideradas "frutales menores", ponen en marcha el banco de germoplasma de caqui. ¿La misión? reunir la máxima variabilidad posible de la especie y evitar la pérdida de materiales tradicionales.
Entre otras misiones, el banco se ocupa del inicio de programas de mejora genética para la obtención de nuevas variedades de caqui o el establecimiento de convenios de colaboración con instituciones de otros países y la producción de trabajos divulgativos y científicos sobre el caqui o palosanto, un árbol del género Diospyros que etimológicamente proviene del japonés kaki (柿 - カキ). El nombre científico literalmente se traduce por “fruta del fuego divino”. Las primeras muestras de cultivo de este árbol, con la intención de consumir sus frutos, se remontan al siglo VIII en algunas regiones de Asia. Se conjetura que no fue hasta 1870 cuando llegó a España, aunque voces como la de los investigadores Armando Carbo Gómez y Orencio Vidal Marco consideran que la comunidad científica ignora con exactitud el dato.
El caqui fue, progresivamente, ganando terreno en la despensa patria, pero se presentaba como un exotismo y su presencia se centraba en la Comunitat Valenciana, Cataluña y Murcia, regiones en las que en los márgenes de los campos brotaban de manera no controlada árboles de caquis, cuyos frutos se aprovechaban para el autoconsumo. En los años finiseculares del XX la plantación del Diospyros se intensificó y se centró en algunas variedades propias, como la Cristalino, autóctona de la comarca de la Ribera del Xúquer. El interés aumentó también en la esfera científica: en 1993 el IVIA adquirió la Masía de Marfil, una finca con sugerente nombre en el que se estudió el desarrollo y fructificación de los caquis.