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CUANDO HABÍA UHF...

Pippi Langstrumpf, la niña que se reía de los adultos

Aunque en otros países tuvo problemas para ser emitida, España acabó programando las aventuras de Pippi Calzaslargas, una serie sin precedentes en ninguna parte del mundo, que conquistó al público infantil del momento

| 15/08/2022 | 6 min, 18 seg

VALÈNCIA. El 9 de noviembre de 1974, el personaje de Pippi Langstrumpf llegó a los salones de todos los españoles que entonces tenían televisión. Aterrizó en plena programación de sobremesa del sábado, un año antes de que la dictadura muriera por causas naturales. Nadie se esperaba a un personaje como el de aquella niña pelirroja y colorista —que pasó a ser uno de los grandes atractivos de la recién llegada televisión en color— de trenzas tiesas y actitud desafiante hacia todo aquello que pudiera ser visto como una forma de autoridad adulta. No está muy claro en qué pensaban los directores de programación y censores, que solamente alteraron algunos elementos nimios cuando podían haber prohibido de principio a fin la serie. Se limitaron a cambiar el título original del libro de Astrid Lindgren que la editorial Juventud había publicado con el título de Pippa Mediaslargas.

Por lo visto, algún antepasado ideológico de Olona entendió que aquellas medias infantiles podían causar el mismo efecto mesmerizante que las de Silvia Pinal en Viridiana. Por si acaso, la serie fue presentada a la prensa como Pippa Calzaslargas, aunque finalmente se estrenó con el nombre de Pippi, evitando así cualquier interpretación perversa. Todo esto no son más que minucias comparado con lo que traía bajo el brazo aquel personaje irreverente que se hizo terriblemente popular entre la juventud de entonces. El estreno de Pippi Calzaslargas fue casi un acto revolucionario, un pequeño buen prólogo para el fin de una etapa siniestra en España.

Pippilotta Viktualia Rullgardina Krusmynta Langstrumpf es una niña de nueve años que se instala en Villa Kunterbunt. Vive sin la compañía de adultos. Es huérfana de madre y según nos cuenta ella misma, su padre es el rey de la isla de Tuca Tuca, que está como prisionero por unos piratas que quieren saber dónde esconde su tesoro. Dicho tesoro es un arcón lleno de monedas que Pippi lleva consigo y usa para comprar golosinas sin tener que preocuparse por nada. Su única compañía son dos mascotas, un caballo moteado llamado Pequeño Tío y un mono apodado Señor Nilsson.

Los hijos de sus nuevos vecinos, Tommy y Annika, caen rendidos ante aquel huracán infantil nada más conocerla. Pippi no es una amiga cualquiera. Ni siquiera es una niña cualquiera. Pippi desafía a cualquier forma de autoridad. Se ríe de los dos cacos que quieren robarle el cofre, pero también de Klin y Klan, la pareja de policías. La señora Praselius, una metomentodo que quiere meterla en un orfanato, tampoco se libra de sus tretas y bromas. Pippi se ríe de todos con un descaro envidiable. Tiene una fuerza descomunal y fuma en pipa. Es generosa y rebelde, contestataria, valiente. Ama la naturaleza y a los animales y detesta el abuso de poder. 

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El festival de la irreverencia

Grandes y pequeños asistieron boquiabiertos a las aventuras de un personaje que iba en contra de cualquier norma pedagógica. Los adultos se indignaban ante su descaro —y eso que la serie solamente duró una temporada— y los docentes clamaban al cielo —servidor, que tenía once años cuando se estrenó, fue testigo de ello—, rechazando semejante encumbramiento de la anarquía. Porque Pippi, básicamente, hacía lo que le salía de las coletas. En 1949 hubo una versión cinematográfica que no convenció a Lindgren, y en Estados Unidos se rodó en 1961 una adaptación para el programa de televisión de Shirley Temple. Lindgren había publicado su primer libro de Pippi en 1945. Fue madre soltera y tuvo que dar a su primogénito en adopción, por eso, cuando al fin pudo recuperarlo, escribió el cuento para ganarse su atención, aunque mantendría vivo el personaje también para su hija, que contrajo una enfermedad pulmonar. En 2018, Elvira Lindo escribió en El País un artículo acerca del libro que sirve también para hablar de la serie: «Estando aterradoramente sola en el mundo, no se presenta jamás como víctima, sino que decide transformar su desdicha en loca alegría y se comporta ante los vecinos como un ser independiente, salvaje, risueño, que reniega de la autoridad adulta y crea su propio sistema de valores». Esa era Pippi Langstrumpf.

Aquel festival de irreverencia arraigó enseguida entre la chavalada del momento. Había quien no la soportaba porque su actitud era diametralmente opuesta a la rigidez, el encorsetamiento y la represión a la que estábamos sometidos. Pippi era libre y, encima, era chica. Ramón Arcusa y Manuel de la Calva, más conocidos como el Dúo Dinámico, adaptaron al castellano la letra de la canción que abría la serie. María Dolores Gispert (que ponía la voz al personaje) la cantó y el single se convirtió en un éxito, como todo aquello relacionado con la pequeña pelirroja. José María Íñigo, que no daba puntada sin hilo, decidió traer a la actriz Inger Nilsoon a su programa Directísimo. España entera contuvo la respiración. Pero la expectación se transformó en consternación cuando finalmente Inger se sentó junto a Iñigo para que este le hiciera preguntas. Nadie contaba con que la niña que interpretó a Pippi tuviera seis años más, porque la serie se estrenó en Suecia en 1969. En el plató de Directísimo compareció una adolescente pecosa que seguramente puso contento a más de un estricto padre que se indignaba con las travesuras random de su personaje.

Con el tiempo se descubrió que el mundo fantástico de Pippi no se correspondía con la realidad que tuvo que soportar la actriz durante el rodaje, y que en los descansos tenía que andar con ojo porque al mono que interpretaba al Señor Nilsson le encantaba pegar mordiscos. Filmó la serie siendo menor de edad, y eso implicaba que, debido a la legislación sueca, sus honorarios tenían que ceñirse a un salario oficial. Dicho de otro modo, ella y los actores que interpretaban a Tommy (Pär Sundberg) y Annika (María Persson) apenas sacaron tajada del éxito mundial de Pippi Calzaslargas. A pesar de que al principio no le gustaba trabajar como actriz, Inger intentó seguir actuando y tener una carrera como cantante, pero la sombra de Pippi la perseguía y acabó trabajando como secretaria de un médico en Estocolmo. Hace unos años reapareció ante el público sueco para participar en la versión local de La isla de los famosos. Su personaje dejó una huella que el tiempo no ha logrado borrar. Su importancia se redobla con cada año que pasa, sobre todo porque hoy, nadie en sus cabales se atrevería a crear un personaje tan políticamente incorrecto. 

* Este artículo se publicó originalmente en el número 94 (agosto 2022) de la revista Plaza

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