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tribuna libre / OPINIÓN

¿Por qué todo está en juego?

Foto: KIKE TABERNER
3/04/2020 - 

La reflexión que quiero proponer en esta tribuna es muy simple: es un milagro que todavía exista la democracia liberal. Analistas y comentaristas están de acuerdo, y también hay ocasiones en que deberíamos creerlos, a la hora de constatar una continua decadencia del papel desempeñado por los sistemas democráticos, por los gobiernos en la Unión Europea, España o la Comunitat Valenciana. Un fenómeno que está afectando al centro mismo de la existencia intelectual y moral de los países democráticos. Los orígenes de este derrumbe pueden ser muy diversos. Algunos apuntan a la Gran Recesión que destapó un modelo económico y político que dejó en la cuneta a millones de personas; hay quien lo sitúa en la irrupción de los grandes movimientos modernos como el feminismo y el ecologismo que no acaban de conseguir un encaje autentico con las tensiones que ello produce; otros lo atribuyen a las gigantescas diferencias entre los poquísimos que tienen casi todo y la mayoría que no tiene casi nada, provocando que unos y otros se “segreguen” o desentiendan; otros mantienen que hay sistemas mejores para organizar la complejidad de la humanidad como los regímenes que combinan la oligarquía autoritaria con los principios de mercado, por ejemplo, en China. Este agotamiento está provocando un enorme vacío. Y donde existe vacío, surgen nuevas energías y realidades que sustituyen a las antiguas. La pandemia global de coronavirus puede acelerar este proceso de derrumbe y de relleno del vacío por nuevas formas de autoritarismo. Ofreceré un ejemplo por su potencia de riesgo que está relacionado con mi competencia profesional.

Entrar en cuarentena es una experiencia difícil y, a menudo, terrible. La evidencia científica dice algo profundamente inquietante. La cuarentena tiene efectos mentales negativos en casi la mitad de la población incluso años después. Aparecen o se incrementan, entre otros, los síntomas de ansiedad y miedo al contagio, al abastecimiento o a la situación económica y laboral; los cambios en el estado de ánimo con sentimientos de culpa, desesperanza y depresión; los comportamientos agresivos y los suicidios; el consumo de ansiolíticos, antidepresivos, alcohol y de otras drogas pero también de las nuevas adicciones tecnológicas como las redes sociales; algunos déficits cognitivos como los problemas de atención y de memoria que dificultan nuestra capacidad de razonar; y los síntomas de estrés post-traumático. Aunque los más mayores, el personal sanitario y las personas con antecedentes de problemas psiquiátricos son más vulnerables, el impacto psicológico de la cuarentena es universal e independiente de la edad o del género. Además, el malestar psicológico se dispara con el tiempo de confinamiento. Al mismo tiempo, existen pruebas muy sólidas sobre los efectos negativos del aislamiento social prolongado en el sistema inmunológico, cardiovascular y nervioso provocando un aumento del riesgo de muerte.

Si no confundo su significado, el impacto psicológico de cualquier cuarentena es general, profundo y duradero. Supongamos que la evidencia y la conjetura de los científicos es cierta: que las consecuencias de la actual cuarentena sobre el funcionamiento mental y la calidad de vida de la mayoría de las personas en la Comunitat Valenciana, en España y en cualquier parte está siendo y será devastador; que la llamada erróneamente “guerra” va a producir un “ejercito de excombatientes” depresivos, dependientes y llenos de miedos proclive a los totalitarismos que ofrecen ultraseguridad y sobreprotección. Supongamos que esto fuera cierto: ¿Qué debemos hacer con este tipo de conocimiento? Podemos decir: “La pandemia produce débiles y fuertes, muertos y vivos con una inmunidad a prueba de virus”. Es el horror real de la Naturaleza. Un fatalismo contra el que no se puede luchar. Sólo resistir. Asumir la supervivencia de los más fuertes. Este nihilismo y darwinismo social está muy arraigado en Europa como hemos tenido noticias recientes desde Holanda, Alemania y el Reino Unido. O podemos decir, por el contrario: “Muy bien, hay que ayudar a los débiles, a los desafortunados” Hay que romper el poder del destino natural. La Cultura tiene que tomar partido contra la crueldad de la Naturaleza. Todo esto no es un problema imaginario. Está sobre nosotros exactamente ahora.

Pero no estoy completamente seguro de que los argumentos sean tan simples. Lo que me fascina es: ¿Por qué no es posible que cohabiten la idea del propio desarrollo y la solidaridad? ¿A qué magnitud tiene que llegar un problema para que empecemos a preocuparnos en una búsqueda racional de la solución enlazando entre sí el principio del propio crecimiento y el de la solidaridad? ¿Por qué es tan difícil que los gobiernos democráticos en la Comunitat Valenciana, España o Europa logren el bienestar del mayor número posible de hombres y mujeres? La especie humana, creo, tiene futuro; que lo tenga también la democracia está mucho menos claro. Pero no puedo evitar un presentimiento en cuanto a cuál de los dos es más importante para la mayoría en estos tiempos de pandemia, si no recuperamos el pulso.

Ni antes ni después: a las 20 horas, las calles se llenan de aplausos, silbidos y vítores y también de canciones. Va por el personal sanitario: médicos, enfermeras, auxiliares, celadores, conductores, técnicos, gerencia, etcétera. Pienso en el esfuerzo gigantesco, en la generosidad que les mueve a hacer lo que hacen en condiciones muchas veces espantosas, que literalmente significa “pavor”. Y pienso, sobre todo, en su capacidad para soportar la debilidad y la enfermedad. Es entonces cuando, no tengo duda, de que a esas horas de la tarde, se está ensayando el mejor tratamiento para que la democracia y los gobiernos recuperen una buena salud.

(Homenaje a George Steiner, quien falleció el pasado 3 de febrero en Cambridge).

Rafael Tabarés-Seisdedos es psiquiatra y psicoterapeuta, catedrático de psiquiatría en la Universitat de València, investigador principal en el CIBERSAM – ISCIII e INCLIVA

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