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el muro / OPINIÓN

Promesas y realidades

Foto: KIKE TABERNER

Todo aspirante a electo promete. Pero nunca somos nosotros quienes pedimos lo que queremos. El sistema se ha quedado anticuado. Hace falta actualizar competencias y eliminar duplicidades. Ninguno lo sugiere

12/05/2019 - 

Cada vez que se acercan nuevas elecciones, o estamos en plena campaña electoral, escuchamos lo mismo: promesas que nunca anotamos para comprobar después si realmente se han cumplido o, en su defecto, propuestas y/o proposiciones liberadas de responsabilidades objetivas, políticas y, por tanto, realmente tangibles.

Vivimos un modelo político anticuado o sin revisar. Tanto, que no ha cambiado en forma, fondo o discurso desde las primeras democráticas que recuerdo, salvo en imagen y comunicación. Permanecemos anclados en un mismo modelo, aunque cambien caras, tecnología y los espacios se achiquen con la irrupción de supuestos nuevos/reinventados partidos que harán lo mismo: ofrecernos promesas. Después, el sistema tan concéntrico, elíptico y convexo, dirá si son posibles. Pero eso será mucho después. Al comienzo de una nueva campaña y con permiso de los tribunales.

Deberíamos efectuar un ejercicio de exigencia y reflexión. Y más que escuchar lo que nos prometen, reclamaría que nos explicasen cómo lo van a hacer y a costa de qué, tanto desde el punto de vista económico como estructural y real.

Leo en programas y escucho promesas de nuevos museos -como si ya no tuviéramos bastantes pero algunos muy aburridos u olvidados-, nuevos organismos e institutos de todo tipo, nuevos servicios, nuevos instrumentos de gestión, nuevas empresas públicas para lo que haga falta, destrucción de lo hecho, reconversión de lo existente… y más, más, más…Hasta una vez nos prometieron una Ciudad de la Alegría, una especie de Sodoma y Gomorra. Veraz y zaplanera. Es como algunos: se los llevaban, no sabían de nada pero porque, simplemente, y al estilo Aute, “pasaba por aquí”.

A cada uno de nosotros se nos puede imaginar una ocurrencia y por proponer, propongamos. Total, todo es público. No sale de los bolsillos de los que proponen, sino de todos nosotros. Ellos pagan con lo que nos cobran en sueldos, asesores, prebendas e impuestos. Sin embargo, no oigo qué sustituirán o suprimirán, como reorganizarán o el coste de lo que nos prometen y ahorraríamos en los que se suprimieran. Por no oír, aún no he escuchado a ninguno de nuestros eurodiputados o futuros hablar de una batalla política unitaria contra el hundimiento del sector citrícola por culpa de la institución que han representado o de la que aspiran formar parte.  

Parece que poco hemos cambiado. Sólo hay que mirar el paisaje y al paisanaje. Vivimos anclados en una estructura política, orgánica y funcionarial de los años ochenta. Con tres instituciones superiores de gestión política -diputaciones, ayuntamientos y Generalitat- cuyas competencias y atribuciones apenas han cambiado. Existen muchas duplicidades para resultados y funciones idénticas. No ha existido, que recuerde, reestructuración alguna de competencias entre ellos mientras el volumen de funcionarios con nuevos organismos, estructuras de poder, consellerias y otras agencias de colocación se multiplican según el diputado, concejal o conseller que crezca. Hasta nos mandan correo electoral. Para ser directos. Unas elecciones nos cuestan en torno a los 175 millones de euros de los que 48 se van al voto por correo, el buzoneo y la propaganda. Y eso que vivimos en un mundo digital y el papel ya no lo queremos. Acaba en la basura, pero nos hablan de ecosistema, ahorro y medio ambiente.

Foto: EVA MÁÑEZ

Sé que esto no cambiará. ¿Cómo va ser cuando las instituciones si en algo se han convertido o continúan siendo no dejan de ser espacios de colocación partidista? Se crea una tele y allí que ponemos; montamos un chiringuito de salud, y allá que corren; abrimos un teatro y corremos a por la subvención. No importa si nos contradecimos o colisionamos. Eso es lo de menos. Lo importante es parecer que haces algo pero sin desmontar lo inútil o racionalizar la gestión.

En algunas ocasiones me he referido a la abundancia y exceso de museos y salas de exposiciones públicas o institucionales que tenemos en la ciudad sin que nadie se preocupe en poner cordura y orden. Ahora llegan más espacios privados que competirán con los públicos pero con presupuestos más coordinados, menos gastos en personal y mejores criterios de gestión, seguro, ya que nacen desde la mentalidad del siglo XXI y no son fruto de una inercia obsoleta. Pero nos proponen más exposiciones efímeras cuando, por ejemplo, los archivos públicos están desbordados y ya no pueden recibir donaciones para almacenar memoria. No caben. Irán a la papelera. O restaurar más patrimonio. Eso no vende. No es mediático.

Soy de los que creen que el sistema está equivocado y viciado. Los ciudadanos ya no merecemos que nos digan qué nos van a hacer sino que somos los ciudadanos en su conjunto los que deberíamos decirles por escrito, pero todos, qué queremos que hagan, estilo junta insoportable de vecinos de las que dan ganas de huir ya que se descubren personajes troll. Y después, si esas diez prioridades no se cumplen, pues el siguiente. Sólo por empezar.

Me cuesta entender a estas alturas de mi película, y después de haber visto todo lo visto, cómo somos capaces de mantener estructuras caducas que ya no dan más de sí. Igual es carencia de ideas.

Voy a poner un ejemplo y espero que nadie se enfade. Esta semana el Ayuntamiento de Valencia firmaba un acuerdo con los herederos de Blasco Ibáñez para el mantenimiento del legado familiar en Valencia. Han pasado muchos meses de negociación. No es un problema de ahora. Es un asunto que se arrastra desde antes de esta legislatura pero nadie sabía cómo desatascarlo. La Fundación del novelista tiene toda la razón en torno a su malestar, o está en su derecho de reclamarlo. Pide fondos para posicionar su memoria, digitalizar sus documentos, reordenar el legado, potenciar publicaciones, crear becas de investigación. Hasta ahí todo normal. Tampoco se trata de una cantidad desorbitada. Pero la pregunta es por qué todo ese trabajo ha de ser municipal si no le alcanza el dinero ni da más de sí y no autonómico o provincial cuando disponemos de instrumentos y organismos cualificados y preparados en esta autonomía cuya misión debería de ser esa y, además fichan y se aburren. Pues por un problema de competencia política o desgana gerencial.

¿Para qué queremos más instituciones editoras? ¿De qué nos sirven tantas salas de exposiciones, tantos teatros descoordinados o subvencionados si no existe diálogo y unos y otros se solapan? Es una contradicción. Mientras entre las instituciones no se alcancen acuerdos de colaboración y exista un nuevo y ordenado reparto de competencias estaremos en las mismas. En la duplicidad y el gasto innecesario. O en la complacencia social y política. No existen acuerdos globales en asuntos básicos que una vez alcanzados ya no estarán disputa sino acotados por una buena gestión a la que exigir responsabilidades.

Por favor, no me hagan más promesas, ni me manden más correo electoral. Ahorren el mío. Ofrezcan soluciones, apliquen austeridad y sentido común. Corren tiempos distintos. Vivimos en la era digital y estamos aburridos de burocracia, papeleo, leyes embudo, pérdida de tiempo, ocurrencias e impuestos malgastados. Por lo visto, lo que pone cachondos/as. Por si alguien se enfada o reformula de nuevo léxica y gramático.

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