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LA NAVE DE LOS LOCOS / OPINIÓN

 ¿Quién paga todo esto?

Si uno tiene la suerte de cobrar todavía un sueldo digno después de sufrir sucesivos recortes salariales en su empresa, comprobará que trabaja cuatro o cinco meses gratis para el Estado y sus terminales

21/03/2016 - 

En su visita a Nueva York, paseando una noche por la Quinta Avenida, Josep Pla, viajero impenitente y formidable prosista, se preguntaba al observar la prepotencia de los rascacielos: ¿Quién paga todo esto?

La anécdota, de sobra conocida por quienes leemos al maestro del Ampurdán, viene al caso después de encontrarme la pasada semana con un amigo que reside temporalmente en Madrid y que había aprovechado unos días libres para vivir las Fallas. 

Andaba mi amigo un tanto escocido con la nueva presidenta de la Comunidad de Madrid, rubia como la anterior y de nombre Cristina. Me comentó que la tal Cristina ha desempolvado un impuesto que nunca había entrado en vigor y con el que pretende gravar a los inquilinos. Los anteriores gobiernos no se habían atrevido a aprobar semejante desfachatez pero ella sí alegando que las arcas públicas están vacías o casi. 

Mi amigo —cuyo nombre omito para no comprometerle en estos tiempos de futuro incierto— vive en Madrid porque en Valencia no encontraba trabajo. Como carece de parientes y amistades en la capital, tuvo que alquilarse un estudio en un barrio obrero. El sueldo que gana lo emplea en mantener dos casas, la suya y la arrendada, con lo que cualquier gasto imprevisto le supone un mundo. Y el impuesto de Cristina lo es. 

— ¡Y luego dicen que en España la gente no vive de alquiler!, se lamenta. 

Lo cierto es que no conozco en detalle la política de Cristina pero, por lo que me cuenta mi colega, esta mujer aspira a ser presidenta de lo que va quedando de España. Dos de sus primeras medidas fueron recuperar la sanidad gratuita para los inmigrantes irregulares —como se ha hecho aquí— y pagar la reproducción asistida a toda mujer o pareja de mujeres que quiera tener un hijo. 

— Puedo entender lo de los inmigrantes por razones de humanidad, pero que yo tenga que pagar con mis impuestos el capricho de dos mujeres a tener un bebé…

Compromís, QUE ES un partido tan comarcalista y comprensivo con el independentismo catalán, abraza las diputaciones, residuo del jacobinismo centralista, para colocar a su gente EN ELLAS

Como había gente a nuestro alrededor, puse mi dedo índice en los labios para pedirle que se callara. En España hay cosas que no se deben decir, a menos que quieras convertirte en un apestado. En realidad, en este país siempre hay que tener cuidado con las palabras y ocultar lo que se piensa. Lo prudente es siempre callar, disimular.

Mientras nos acercamos a la falla Cuba-Literato Azorín, la premiada este año, pienso que mi amigo tiene razón en su queja, sobre todo después de saber que una tía suya, enferma de alzhéimer, murió en enero después de esperar la ayuda de la dependencia durante cuatro años. 

— Si hay dinero para unos, también para otros —dice. 

En teoría, sí, añado, pero su tía, mermada de facultades, ya no votaba, y los políticos, si saben algo, es contar votos. De ahí que Cristina adopte medidas para parecer progresista y modena —presume de tatuajes y gasta pantalones con rotos en las rodillas— y así olvidemos cómo mandaba reprimir a los manifestantes, siendo delegada del Gobierno, en los años más duros de la crisis. 

Un Estado cleptómano y torpón

Josep Pla y mi amigo anónimo coinciden en haber sido contribuyentes netos: han recibido menos del Estado de lo que han aportado. Hay millones de personas así. Si uno tiene la suerte de cobrar todavía un sueldo digno después de sufrir sucesivos recortes salariales en su empresa, comprobará que trabaja cuatro o cinco meses gratis para el Estado y sus terminales. Somos como esas vacas que, de tanto ordeñarlas, se van quedando secas de leche.

La vaca, es decir, usted contribuyente que se levanta a las seis de la mañana para llevar un sueldo a casa, se deja ordeñar por una causa justa, sean las pensiones, la sanidad pública o las ayudas a los parados, pero ve con desagrado que su dinero financie el lado oscuro de un Estado en gran parte cleptómano y torpón. 

Por ejemplo, ¿qué razón hay de mantener el Senado, escudo de protección de personajes amortizados como la investigada Rita Barberá? ¿O las diputaciones, verdadero coladero de familiares y amiguetes del partido que se hace con el poder? Fijémenos cómo Compromís, un partido tan comarcalista y comprensivo con el independentismo catalán, abraza las diputaciones, residuo del jacobinismo centralista más nítido, para colocar a su gente. Por no hablar de las fundaciones que han funcionado gracias al dinero público sin ningún control. 

El Estado, tal como está concebido, es insostenible. Lo era en los años ochenta y noventa cuando nos creíamos los ricos de Europa gracias al dinero francés y alemán, y lo es ahora cuando vivimos del préstamo internacional a costa de hipotecar a las siguientes generaciones. Todo es un autoengaño. Vivimos de la inercia de nuestras mentiras. Así será hasta que todas las vacas de este país caigan exhaustas. Para entonces ya no habrá que gravar a los inquilinos porque todos, de una manera u otra, habremos acabado de okupas. Con Cristina como presidenta, por supuesto.    

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