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'Raíces': cuando norteamérica afrontó sus vergüenzas

En 1977 EEUU superó un histórico tabú al cautivar a sus espectadores con una serie sobre la esclavitud, un tema socialmente peliagudo. Durante años, la serie se estudió en colegios y universidades como fórmula para analizar el conflicto racial

22/02/2017 - 

VALÈNCIA.-"Hasta entonces no aparecíamos en los libros escolares», «fue una forma de empoderamiento de la comunidad negra», «los casinos y los teatros se vaciaron». Los actores protagonistas recuerdan vívidamente el fenómeno social que supuso la miniserie Raíces en EEUU. Un hito cultural que cambió el imaginario colectivo del país, al revisar la historia del pueblo afroamericano. Era la primera vez que actores de color protagonizaban una ficción para televisión. También era la primera ocasión en la que se captaba la atención de casi todo el país, fuera cual fuera su procedencia étnica o ideológica, con un tema incómodo para algunos. 

Basado en el libro de Alex Haley, Premio Pulitzer, titulado Raíces: La saga de una familia americana, rastreaba el supuesto árbol genealógico del autor desde la captura como esclavo de su antepasado africano. Se emitió en enero de 1977 durante ocho noches seguidas y fue vista por más de 130 millones de norteamericanos. Las calificaciones, récord en la historia de la televisión hasta entonces, superaron incluso a la final de la Super Bowl, el acontecimiento televisivo habitualmente más visto de cada temporada. Para que se hagan una idea, sería como ganar en espectadores a una final de Champions. 


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«Tu nombre es Toby», le gritaba entre latigazos el actor Vic Morrow a un joven LeVar Burton, cuyo personaje se resistía a dejar de ser Kunta Kinte. «Ahora eres norteamericano» le intentaba hacer entender otro esclavo de la plantación. El gran acierto de la serie fue mostrar una dualidad satisfactoria para unos y para otros. Por un lado estaba el hombre que se negaba a olvidar sus raíces, mientras que por el otro presenciábamos el bautismo de un nuevo estadounidense.

Para la comunidad de color era una asignatura pendiente contemplar en un producto de masas el abuso colonial que significó la trata de esclavos, mientras que para la comunidad blanca se trataba de una epopeya sobre virtudes tan universales como el coraje, la compasión o la dignidad. Valores con los que los norteamericanos podían sentirse orgullosos. El sueño de los personajes era el ansia de libertad, un sentimiento universal que tocó la fibra del público sin distinción. El lado oscuro del argumento, compensado por lo anterior, mostró, sin posibilidad de redención, el estigma de la esclavitud como una «desgracia nacional». Como resultado, se remodeló la memoria colectiva de los estadounidenses asumiendo por primera vez uno de los más vergonzantes episodios de su historia. Incluso los colegios y universidades se sumaron al impacto social con cursos especiales en los que se visionaba y analizaba la saga.

Raíces, además, fue pionera en cuanto al modelo de emisión por televisión. Ahora nos parece de lo más normal ver una serie en una sentada o en varios días consecutivos gracias al visionado a la carta. Sin embargo, por entonces, la única forma posible de ver los nuevos episodios de prime time era esperando a la siguiente semana. Raíces, como decía antes, ocupó ocho noches consecutivas en la parrilla de la cadena ABC. La emisión continuada surgió de forma casual, provocada por la poca confianza de los ejecutivos en el proyecto. Querían quitársela de encima rápido. Sin embargo el modelo de emisión generó el efecto contrario: el país se paralizó, los casinos y los teatros se quedaron sin clientes, y los bares utilizaron el reclamo de tener televisión en sus instalaciones para atraer al público. Fue imposible olvidarse de Raíces porque cada noche aparecía en las pantallas de todos los hogares. Resultado: la mitad del país la vio.

Sexo y violencia al estilo de ‘Juego de Tronos’

Otro aspecto distintivo que levantó algunas ampollas (tengamos en cuenta que estamos hablando de los años 70) fue el énfasis que se puso en ingredientes como el sexo y la violencia. Elementos que hoy, si somos espectadores de Juego de Tronos, no nos llaman tanto la atención, pero que por entonces, tratándose además de una televisión en abierto, sorprendieron y cautivaron a los espectadores, aunque molestaron a ciertos sectores. Pudimos ver a hombres blancos mutilar, azotar o golpear a esclavos de color, contemplamos a mujeres negras medio desnudas y fuimos testigos de violaciones de los blancos a estas mujeres. Una aproximación cruel del horror que pudieron vivir aquellos esclavos.

En España Raíces llegó dos años después, en enero de 1979, programada dentro del espacio denominado Grandes Relatos que se emitía los domingos. Ese mismo año Estado Unidos estrenaba una secuela de seis episodios, Raíces: Las siguientes generaciones, en la que salía nada más y nada menos que Marlon Brando haciendo de nazi. Diez años después se llevó la historia al cine, y Antena 3 acaba de emitir un remake producido el año pasado por History Channel. Una historia que cualquier seriéfilo no debería perderse porque se trata de una de las grandes obras de la televisión de todos los tiempos.

Árboles genealógicos

Por último, destacar que con Raíces se puso de moda reproducir el trabajo de documentación realizado por el escritor Alex Haley. Miles de familias afroamericanas se sumaron al interés por investigar sus propios árboles genealógicos. En consecuencia, los archivos de Washington se inundaron de peticiones sobre sus antepasados de ciudadanos curiosos. La genealogía se convirtió en una nueva obsesión nacional.

Menos encantado estuvo el por entonces gobernador de California, Ronald Reagan, cuyas declaraciones en la prensa fueron bastante negativas. Para Reagan el tratamiento de los blancos en la serie era totalmente sesgado. Manifestó su enojo porque los blancos coparan prácticamente casi todos los papeles de villanos, dejando abierta la sospecha, como después hemos podido comprobar, de que el conflicto racial en los Estados Unidos no estaba en absoluto resuelto. 

* Este artículo se publicó originalmente en el número 28 de la revista Plaza

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