En mi último viaje por Italia, descubro la Puglia (también llamada Apulia), una región poco conocida que aún conserva una autenticidad difícil de encontrar. La puerta de entrada a esta tierra de olivos y aguas turquesas es Bari, un laberinto medieval donde la vida transcurre con calma. Por unas horas dejo atrás a las mujeres elaborando orecchiette en la calle y a los pescadores ofreciendo manjares del mar —qué erizo tan bueno probé ayer—, y cojo un autobús para recorrer el tacón blanco de Italia y conocer algunos de los pueblos cercanos. No soy la única que ha tenido esta idea, y el caos para comprar el billete es tal que casi pierdo el autobús: no sabía que debía adquirirlo en un estanco. Menos mal que un local me lo explica y que la carrera ha merecido la pena. Ya estoy sentada, junto a la ventana.
El trayecto dura poco más de una hora. El autobús parece de los años setenta y el aire acondicionado no funciona. La gente se queja; yo me abstraigo mirando por la ventana. El paisaje es un firmamento de hileras de olivos, con troncos gruesos y retorcidos, solo interrumpido de vez en cuando por alguna casa blanca aislada. Supongo que será algún tipo de masía. Y de repente aparece el primer trullo —el plural es trulli—, la casa típica del valle de Itria, presente en localidades como Locorotondo, Cisternino, Martina Franca u Ostuni. Pero la más famosa es la pequeña villa de Alberobello, donde, dicen, hay miles.

- Restaurantes de Alberobello -
- Olga Briasco
Piedra, ingenio y superstición
Según me cuentan, fueron construidos hace siglos por campesinos que supieron esquivar las leyes impositivas del gobierno de entonces: en el siglo XVI, el reino de Nápoles exigía impuestos por cada construcción permanente —la llamada prammatica de baronibus—. La pericia y cierta picardía dieron con la solución: levantar casas sin mortero, piedra sobre piedra, de forma que pudieran desmontarse rápidamente si era necesario. Vamos, casi de manera prehistórica.
Al no considerarse estructuras estables, estas viviendas quedaban fuera del control fiscal. Bastaba con retirar la piedra clave para que la cúpula se derrumbara, dando la impresión de que era solo un montón de escombros.
La manera más sencilla y resistente de hacerlo fue construirlas en forma circular, con techos de cúpula formados por anillos de piedra superpuestos. Cada constructor remataba el tejado con pináculos de formas variables, cuyo significado continúa siendo un misterio. Y aquí siguen, siglos después, desafiando no solo aquellas normas, sino también el paso del tiempo. No hay dos ni tres: hay 1.500 estructuras, por lo que, en 1996, los trulli de Alberobello fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Un motivo más que suficiente para visitar la villa.

- Detalle del tejado de los trulli. -
- Olga Briasco
Me dirijo al barrio de Rione Aia Piccola, donde los trulli se disponen en hileras. Aquí me doy cuenta de otra peculiaridad: muchos tejados están decorados con pinturas hechas a mano —cruces, estrellas, lunas, corazones sagrados, signos zodiacales e incluso formas geométricas—. No son meras decoraciones, sino que parecen proteger las casas, como si aún conservaran algo de la superstición y la fe con las que fueron construidas.
Me alejo de la avenida principal, repleta de turistas, para perderme por callejones empedrados decorados con flores y donde la ropa tendida se mueve ligeramente. En uno de ellos, unas jóvenes hacen cola para fotografiarse. Bella ciao suena de fondo y camino hasta que ya no escucho nada ni a nadie. En las calles empinadas se suceden los trulli, unos más primitivos y sencillos, otros más ornamentados, pero casi todos con la misma estructura. Hay alguna excepción: el trulli siamés, dos conos unidos que comparten estructura, pero tienen entradas separadas. Según cuentan, una disputa familiar terminó por dividir la casa en dos. También destaca el llamado trullo Sovrano, el más grande de todos, construido en dos plantas alrededor de doce conos y una gran cúpula central de catorce metros. Hoy alberga un museo de artes y costumbres.
También hay trulli convertidos en bares, restaurantes, tiendas de recuerdos y talleres de artesanía local, especialmente los ubicados a lo largo de la via Monte San Michele, que asciende hasta la colina donde se encuentra la curiosa iglesia de San Antonio da Padova —la única iglesia-trullo del mundo—, construida entre 1926 y 1927. Algunos cuentan incluso con terrazas en sus azoteas desde donde divisar la panorámica de trulli desde las alturas, como el bar Rione Monti (la consumición es obligatoria). En uno de esos locales me detengo para probar el barattiere, una fruta de verano crujiente y fresca.

- El barrio de Rione Aia Piccola de Alberobello. -
- Olga Briasco
El barrio más auténtico
Sigo caminando hasta que, casi sin darme cuenta, llego a una pequeña plaza frente a la iglesia de Santa Lucía. Allí comienzan unos escalones. Cada peldaño tiene una frase de una canción popular dedicada a la ciudad. En lo alto, en el belvedere, la vista se abre de golpe: cientos de pequeños conos de piedra blanca que parecen sacados de otra época, casi de otro mundo. La imagen de los trulli es hipnótica: los tejados cónicos, cubiertos de pequeñas losas grises colocadas en círculos superpuestos, se repiten una y otra vez hasta el horizonte, como si fueran olas petrificadas. En ese mar sobresalen chimeneas; se intuyen pequeñas ventanas y terrazas, detalles que evidencian que no son un atrezzo, sino viviendas reales. Me apoyo unos segundos en la barandilla, intentando abarcarlo todo, como si necesitara tomar distancia para entender realmente dónde estoy.
Desde aquí me dirijo de nuevo a Rione Aia Piccola, un barrio formado por unos cuatrocientos trulli, todos habitados. A mi alrededor, silencio, lo que hace que me sumerja yo también en esa quietud y disfrute del paseo. A diferencia del otro barrio, aquí se respira la cotidianidad de la gente: una bicicleta apoyada en una pared, señores entrando a sus casas, las sillas en la calle para dormir la siesta en las horas de más calor o para charlar con los vecinos cuando refresca por la tarde, los pequeños huertos y la ropa tendida. Sin lugar a dudas, este es el Alberobello que me atrapa y con el que me quedo.

- Los edificios blancos se asoman a los acantilados que caen sobre el mar en Polignano a Mare. -
- Olga Briasco
Parada exprés en Polignano a Mare
Dejo Alberobello, pero no para regresar a Bari, sino para visitar Polignano a Mare —sí, parece que diga «polígono de mar»—, que se encuentra a media hora en autobús. Enseguida me doy cuenta de que es una localidad completamente diferente: tras cruzar la puerta de la ciudad, que en el pasado era la única entrada de la villa fortificada, las escalinatas de piedra se abren entre calles angostas, las flores colgantes adornan las ventanas, las paredes están decoradas con souvenirs y bombillas cuelgan de extremo a extremo en algunos rincones. De noche se iluminarán, haciendo de reclamo para que la gente se siente en sus sillas.
Polignano conserva la estructura de un pueblo que creció de manera natural mirando al mar: callecitas que se enredan entre sí, balcones que cuelgan sobre las rocas, mujeres que tienden la ropa y niños correteando por sus plazas. En cada esquina hay detalles que hablan de sus gentes: un mural pequeño, una frase pintada, un bar que anuncia un caffè speciale, un sándwich de pulpo y helados artesanales.
La gente camina, casi en procesión, hacia las terrazas que asoman al agua, buscando ese punto donde la postal coincide con la que han visto: la playa de Lama Monachile, ubicada bajo los acantilados. Sigo sus pasos y, efectivamente, ahí está la panorámica más famosa. En el encuadre no cabe todo, así que me limito a contemplar el paisaje. En lo alto, un conjunto de casas blancas y edificios bajos se agrupa sobre un acantilado de roca caliza, iluminado por una luz suave. Se advierten terrazas y balcones que miran al mar.

- Las calles de Polignano a Mare -
- Olga Briasco
Debajo, una pequeña playa de guijarros repleta de gente: bañistas, familias, grupos de amigos. Algunos están tumbados en la orilla; otros se bañan en el agua, creando un ambiente animado y casi bullicioso. Alguien cae de una tabla de paddle surf.
Me dirijo hasta ella. En el paseo me saluda el embajador de la ciudad: Domenico Modugno, autor de la popular canción Volare (Nel blu, dipinto di blu). De hecho, la estatua muestra a Modugno con los brazos abiertos, tal y como terminó su actuación en Eurovisión. No ganó, pero la Unión Europea de Radiodifusión reconoció, en 2005, a Volare como la segunda canción más popular de la historia del festival, solo por detrás de Waterloo, de ABBA.
Tararendo la canción llego hasta la playa, repleta de personas disfrutando de los últimos rayos de sol. Ojalá pudiera correr y zambullirme en ese mar y ese marco natural tan espectacular. En cambio, me siento allí, contemplando ese mar infinito. Desde abajo, mirando los puntos panorámicos de la ciudad, entiendo su «blu dipinto di blu». Cuando el sol se esconde por fin tras los acantilados, me marcho para coger el autobús que me lleve de vuelta a Bari.
Qué más hacer en Alberobello
La iglesia de san antonio Situada en el barrio de Rione Monti, se construyó en 1927 y guarda una peculiaridad: es la única iglesia con forma de trullo en el mundo. Está dedicada a san Antonio de Padua y, aunque por dentro es bastante sencilla, llama la atención por su forma circular y el techo en cono.
Visita una casa típica por dentro: El Trullo Sovrano es una casa-museo (la entrada cuesta dos euros) perfecta para ver cómo se vivía en un trullo. Tiene varias habitaciones con muebles y objetos antiguos, un pequeño jardín y hasta una segunda planta, algo bastante raro en este tipo de casas. Y sí, se puede subir al piso superior.
Guía práctica de Alberobello
Cómo llegar: Ryanair vuela directo desde Manises al aeropuerto de Bari-Palese. Desde Bari, toma el autobús en Largo Sorrentino con destino a Alberobello. El trayecto dura una hora y el precio está entre 3 € y 11 €. Consejo: Madruga mucho o, mejor aún, haz noche en Alberobello para disfrutar del lugar sin tantos turistas. Web de interés: https://www.italia.it

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* Este artículo se publicó originalmente en el número 135 (abril 2026) de la revista Plaza