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Bahía de Kotor, el tesoro de Montenegro junto al Adriático

Encajada entre montañas abruptas y bañada por aguas tranquilas, la bahía de Kotor condensa la esencia de Montenegro: historia, paisaje y ciudades que miran al mar desde hace siglos y en las que perdura la huella veneciana

  • La bahía de Kotor desde lo alto del castillo de San Giovanni.
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Tras varios días recorriendo el norte de Montenegro, recuperando energía entre caminos que cruzan las moles abruptas de los Alpes dináricos —esa frontera natural entre Albania, Montenegro y Kosovo— y respirando el aire puro de la naturaleza, pongo rumbo al sur. Concretamente, me dirijo hacia la bahía de Kotor, uno de los paisajes más emblemáticos del país. Allí se encuentran las poblaciones de Kotor y Perast, que ya intuyo que estarán mucho más concurridas que el norte.

El trayecto en coche es agradable y va transformándose a medida que atravieso el país. Comienza con carreteras estrechas que serpentean por los paisajes alpinos del Durmitor y continúa por vías que se abren paso entre túneles excavados en la roca y caídas vertiginosas, como las del cañón del Tara. Menos mal que apenas hay coches, porque a veces se me hace un nudo en el estómago al asomarme. El último tramo es un descenso hipnótico, que encadena curvas de herradura desde el macizo de Lovćen hasta la bahía de Kotor, también conocida como las Bocas de Kotor. Cada curva regala una nueva panorámica, siempre más espectacular que la anterior. En una de ellas hay un mirador y detengo el coche. El paisaje está moldeado por escarpadas montañas que se abren hacia el mar. En esa costa accidentada se adivinan pequeñas poblaciones aferradas a la orilla y a la vida junto al mar.

  • Panorámica de la bahía de Kotor -

Por cierto, un pequeño apunte: la bahía de Kotor es conocida como el fiordo más meridional de Europa. Sin embargo, en origen no fue una bahía, sino una ría formada por el Bokelj, un río hoy desaparecido que antaño descendía encajonado desde el monte Orjen. Por ello, técnicamente no es un fiordo, ya que su origen es fluvial y no glaciar.

Kotor, esencia veneciana junto al mar

Por fin llego a Kotor, una ciudad que durante siglos fue codiciada por bizantinos, serbios, húngaros u otomanos…, pero que quienes dejaron su impronta fueron los venecianos, que la dominaron durante casi cuatrocientos años. Hoy la ciudad no se defiende de invasores, sino que recibe, imperturbable, el goteo constante de gigantescos cruceros que, honestamente, no sé cómo han podido llegar hasta aquí. Es tarde y me quedo a las afueras de la muralla (de 4,5 km), como si hubiera llegado tras el toque de queda. Prefiero visitar la ciudad con calma mañana y quedarme en este lado, cerca del mar, donde hay numerosos restaurantes y locales con música. Escojo el más tranquilo para cenar.

Es temprano y se respira la calma que precede a la tempestad —esa que llegará cuando los cruceristas despierten—. La muralla, fortificada durante la República de Venecia (s. XIII), se puede atravesar por cuatro puertas. Accedo por la llamada puerta de Gúrdic, nombre que recibe por el manantial que hay aquí mismo. El agua brota por una pared cubierta de líquenes y se vierte en una pileta. En el medievo, quienes deseaban entrar en la ciudad debían asearse en la fuente. Seguro que más gente de la que imagino se refresca aquí.

  • puerta de Gúrdic, en Kotor -

 

Cruzo la pasarela y atravieso un pasadizo sombrío que parece un túnel del tiempo: una ciudad medieval se abre ante mí. Me adentro por calles estrechas, que conducen a pequeñas plazas, y edificios de piedra clara con contraventanas que reflejan siglos de historia veneciana. Hay algo en la disposición de las calles, en la forma en que se abren las plazas y en los detalles de las fachadas que me resulta familiar, como si ya hubiera pasado antes por aquí. En un giro me doy cuenta: la piedra, la luz y la cercanía del mar me recuerdan a las ciudades croatas de Split, Trogir o Dubrovnik.

Orientarse es complicado, pues las calles están bautizadas con números en lugar de con nombres, pero, como suele ocurrir en este tipo de entramados, lo bonito es perderse. Así llego hasta la plaza de la catedral de San Trifón, patrón de la ciudad, que ya comienza a tener vida. Jóvenes camareros se apresuran a colocar las últimas mesas, vecinos conversan con bolsas en la mano y los primeros turistas hacen sus primeras fotos. Otros miran el menú —la pizza y la pasta suelen ser lo más común aquí—. En esta maraña de calles y plazuelas blancas hay tiendas de recuerdos, talleres de artesanía y gatos, muchos gatos —hasta hay un curioso museo dedicado a ellos—.

  • Pasadizos del casco antiguo de Kotor. -

 

Miro a mi alrededor y no puedo creer que muchos de los edificios sean una reconstrucción. El 15 de abril de 1979, la región sufrió un fuerte terremoto que causó grandes daños. Ese mismo año, la Unesco declaró la ciudad Patrimonio de la Humanidad para ayudar a su reconstrucción y preservar su patrimonio. El trabajo fue tan impecable que hoy resulta imposible distinguir lo restaurado de lo original. Por más que lo intento, no soy capaz de ver las diferencias.

Observando cada pequeño detalle llego hasta la plaza de Armas, con el elegante palacio Ducal y la torre del Reloj, rodeada por grupos de personas. Frente a ella hay una columna de piedra, el Pilar de la Vergüenza, donde en tiempos medievales se ataba a los delincuentes para que la gente se burlara de ellos. Y aquí otra conexión con Croacia, pues en Zadar también había una. Muchas personas entran por aquí a la ciudad, a través de la puerta del Mar. No voy a cruzarla; prefiero seguir por esta parte de la muralla.

  • La bahía de Kotor desde lo alto del castillo de San Giovanni. -

El sol comienza a bajar, así que enfilo el camino que lleva a la fortaleza de San Giovanni, situada a doscientos metros sobre el monte Lovćen. Por delante me esperan 1.300 escalones, y algunos de ellos resbalan muchísimo, así que es mejor llevar zapatillas cómodas y con la suela en buen estado. También agua, aunque en cada rellano a la sombra hay vendedores con bebidas frías. A mitad de camino está la pequeña iglesia de Nuestra Señora de la Salud, donde varias personas descansan. Me uno a ellos. Continúo el último tramo y llego a lo alto. Las vistas son espectaculares: la bahía se abre ante mis ojos.

El descenso es casi más peligroso que la subida, y presencio alguna que otra caída. Llego abajo casi de noche y la ciudad está vacía, igual que cuando la encontré por la mañana. Salgo por la puerta del Mar: quiero que el toque de queda me pille junto al agua, en esos restaurantes que vi ayer.

Perast, la otra cara de la bahía 

Muy cerca de Kotor se encuentra Perast, cuya posición estratégica la convirtió en un importante punto defensivo frente al avance del Imperio otomano en la región, que sí llegó a controlar ciudades cercanas como Herceg Novi. Esto permitió que, durante siglos, sus habitantes prosperaran gracias al comercio marítimo, la pesca y la construcción naval.

 

  • El tranquilo puerto de Perast. -

Al llegar, me sorprende que un lugar con tanta importancia histórica sea tan pequeño. Las casas de piedra se asoman al paseo marítimo, donde algunos vecinos lanzan sus cañas con la paciencia que exige la pesca y que yo no tengo. En el pequeño puerto, una barca regresa con la pesca del amanecer. El ambiente es cercano, familiar, muy lejos de lo que cabría imaginar o de lo que será unas horas más tarde. El pueblo se recorre en un abrir y cerrar de ojos, pero lo suyo es pararse, mirar sin prisa las casas, los leones venecianos de las fachadas, los palacios —hoy con huéspedes muy distintos—... En total hay diecinueve palacios, aunque algunos todavía se encuentran en reconstrucción. Si bien son su principal atractivo, las iglesias no se quedan atrás. Hay dieciséis, y la más importante es la de San Nicolás, con sus 55 metros de altura y que, durante siglos, tuvo el honor de albergar las campanas más grandes de Europa.

Frente a la costa hay dos pequeñas islas a las que se llega en barca. Un joven se acerca con un folleto propagandístico y acepto la oferta. Me lleva hasta Nuestra Señora de las Rocas, construida por marineros. Es una visita casi obligatoria, no solo por el templo, sino por las vistas que hay desde aquí. Las casas de piedra con tejados rojizos se alinean junto al agua, donde pequeñas barcas se mecen suavemente, vigiladas por el elegante campanario de San Nicolás y enmarcadas por las montañas que rodean el paisaje. Una escena serena, casi de cuento. Y eso es lo que me gusta de Perast: su paz, su autenticidad. Porque, aunque no tenga grandes atractivos, es precisamente su esencia la que la hace especial y una visita casi obligada.

 

  • Vista de Perast -

En dirección a Podgorica, la capital de Montenegro, hago una parada en el lago Skadar, un paraje que, curiosamente, ya había recorrido en barca desde la parte de Albania. Esta vez, en lugar de subir a una embarcación repleta de gente, decido alquilar una privada. Sin duda, la mejor elección posible. La barca avanza por estrechos canales rodeados de juncos, entre extensiones de nenúfares y zonas abiertas donde las montañas se reflejan en la superficie del agua, creando un paisaje hipnótico. El silencio solo se ve interrumpido por el vuelo ocasional de algún ave. Dejo la mente en blanco. Solo estamos el paisaje, el momento y yo… Todavía me quedan algunos días por Montenegro, pero debo decir que ya me ha cautivado por completo.

  • La isla de Sveti Stefan -

Qué más hacer en la Bahía de Kotor 

Visita a Sveti Stefan. A media hora en coche de Kotor está Sveti Stefan, una pequeña isla unida a la costa por un estrecho istmo de arena que parece dibujado a propósito, rodeada por las aguas del Adriático y flanqueada por playas a ambos lados. Su silueta es una de las imágenes más icónicas de Montenegro. En ese pedazo de tierra hubo un antiguo pueblo de pescadores, con casas de piedra y tejados rojizos, que con el tiempo, se transformó en un exclusivo complejo hotelero en el que llegaron a alojarse Orson Welles o Sofía Loren. Hoy es incluso más exclusivo y fue el lugar elegido por Novak Djokovic para celebrar su boda. Es tan lujoso que no está permitido el acceso libre a la isla. Aun así, la visita merece la pena por las playas y, sobre todo, por las panorámicas del conjunto.

 

Guía práctica de Kotor 

Cómo llegar: En avión al aeropuerto de Podgorica (capital) y allí mismo se puede alquilar un coche para moverse por el país. También es común llegar desde Croacia. Consejo: Desactiva el roaming y usa tarjetas SIM locales o una eSIM. Moneda: La moneda oficial es el euro (€), aunque legalmente Montenegro no pertenece a la eurozona.

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* Este artículo se publicó originalmente en el número 136 (mayo 2026) de la revista Plaza

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Juan Luis Gandía (UV), portada de la revista Plaza de mayo