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Antropología Industrial

Demagogos

La demagogia ya no consiste en convencer, sino en gestionar emociones. En una era saturada de información, la mentira se ha convertido en un producto rentable, y la indignación, en la forma más eficaz de poder

Publicado: 25/03/2026 ·06:00
Actualizado: 25/03/2026 · 06:00
  • Redes sociales

La palabra demagogia significa, en su origen, el arte de conducir al pueblo. No nació como un término peyorativo; fue la historia —y las debilidades humanas— la que la transformó en la práctica de halagar las pasiones de las masas para obtener su favor. Como explicaba el periodista y escritor austríaco Karl Kraus: «La demagogia es la capacidad de vestir una idea menor con palabras mayores, de modo que parezca una causa sagrada».

Observar hoy la situación de la opinión pública y la proliferación de demagogos en todos los espacios es asistir a las formas más burdas de manipulación social, basadas en la promoción de la ignorancia y el odio. De ahí surge la gran pregunta: en una sociedad donde la información nos desborda y la verificación de las mentiras es más accesible que nunca, ¿cómo es posible que predominen la falsedad y la manipulación? En palabras de Kraus, ¿cómo logran imponerse las ideas menores?

En Jefes, cabecillas y abusones, el antropólogo norteamericano Marvin Harris rastreó la evolución del liderazgo desde las sociedades igualitarias hasta los Estados complejos. Su tesis sostiene que el poder nace de la capacidad de organizar la producción y, sobre todo, de redistribuir el excedente.

En las sociedades de cabecillas, el líder que organizaba el grupo era el que generaba más prestigio trabajando más y consumiendo menos, donde el prestigio era el reflejo de la autoridad. A medida que las sociedades crecen y la producción es más compleja, el cabecilla generoso muta en el gran hombre y, finalmente, en el abusón. Este último ya no necesita ser el más productivo: solo necesita controlar el relato de la redistribución mediante circo y propaganda.

El demagogo contemporáneo es la versión actualizada de este proceso, actuando como un salvador que promete devolver una supuesta grandeza perdida a un grupo específico a cambio de poder. En la era de internet, en un mercado de la atención saturado, la mentira funciona como un producto de bajo coste y alta rentabilidad. Es más fácil fomentar la desinformación y apelar al agravio que buscar la verdad o ejecutar políticas reales y sostenibles.

La demagogia activa un mecanismo tan simple como cobarde: culpar de los problemas a colectivos que apenas pueden defenderse —inmigrantes, pobres, pensionistas, minorías desfavorecidas—. Bajo un barniz tecnológico, los abusones siguen explotando los impulsos atávicos de siempre.

El demagogo utiliza la segmentación, las redes sociales y la IA para identificar qué hueso lanzar a la tribu en cada momento, como demuestran los 1.900 millones de dólares gastados en RRSS en las últimas elecciones de 2024 en USA, todos dirigidos a conseguir likes o rabia. Si el cabecilla de Harris ganaba poder organizando un festín de comida, el demagogo moderno lo gana organizando un festín de indignación.

Las cifras cuantifican este banquete: Meta (Facebook) calcula en 500 dólares la rentabilidad comercial de cada uno de sus usuarios hasta un total de 150.000 millones. Las cuatro grandes (Meta, Google, Snap y X) generaron, en 2024, más de 400.000 millones de dólares por monetizar la atención de sus usuarios. Para sus dueños, conocidos como los tecno-bros, el beneficio de la manipulación inducida es incalculablemente superior.

La demagogia es un síntoma de la quiebra del prestigio social y la gestión de los recursos. Ante la frustración y la falta de certezas vitales, los ciudadanos buscan el refugio del relato autocomplaciente. Pero que nadie se engañe: detrás de cada gran palabra se esconde siempre un abusón intentando gestionar nuestra atención y nuestra libertad. Cuando los poderosos quieren seguir siéndolo, no promueven la verdad o la información, sino la ignorancia y la división que garantice sus privilegios.

Y es como decía también Kraus: «El secreto del demagogo es hacerse tan estúpido como su público, para que este crea que es tan inteligente como él».

* Este artículo se publicó originalmente en el número 134 (marzo 2026) de la revista Plaza

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