Mis cinco lectores se han salvado del calvario que los prescriptores propinan a los plácidos mortales sobre los mejores descorches del año anterior. Un ejercicio más de solipsismo que de interés periodístico, porque resulta que los cuatro unicornios que capitanean las listas están al alcance de pocos afortunados. Cuando, por el contrario, salen vinos comerciales a lucir nuevas etiquetas y cambio de estilo en la vinificación, el tufo a contrapartida financiera se hace insoportable.
Renuncio a participar en esta feria de las vanidades, pero me gustaría subrayar un fenómeno incipiente que me llena de alegría y de orgullo: en la capital del Turia está creciendo el embrión tan anhelado de sitios de buen beber (y comer). Es un sosiego para el alma, en estos tiempos distópicos e inciertos, poder sentarse a la mesa con un madrileño o un catalán y no sentirse como un pueblerino inculto avasallado por las magnificencias cosmopolitas de los otros comensales. Aún es pronto, pero me atrevo a soñar con un momento en el que el flujo de gourmets coja el AVE para bajar de la meseta y no viceversa. Lo que es irrefutable es que, de momento, en València, para disfrutar de una buena comida maridada no hace falta renunciar a las vacaciones de verano.
Me permito resaltar la labor de algunos compañeros que han emprendido el camino del buen hacer, pidiendo, como siempre, disculpas a los olvidados. Omito los estrellados porque juegan en otra liga, y voy a empezar por alguien que en los fogones blasonados ha transcurrido su juventud: Alberto Alonso, de 2 Estaciones, quien, junto a Óscar Villanueva, está consiguiendo una oferta de vino escueta pero atrevida, con ambición a profundidad de añadas. Sin moverse mucho de Ruzafa encontramos a Yarza, donde la comida sigue estando por encima de la oferta vinícola algo clásica, pero la incorporación de Miguel Jiménez en el apartado de líquidos fermentados apunta maneras. El sitio de moda de la ciudad, Flama, está mejorando la bodega, atreviéndose a incorporar nuevas regiones y productores emergentes. Askua ha mantenido el legado de Ricardo Gadea y se sitúa en el top 5 de la ciudad, tanto en comida como en bebida, seguido a corta distancia por Pablo Xirivella con su Tavella. Casa Carmela sigue siendo un goce con su amplia y rica en verticales de los productores más icónicos, mientras que Entrevins tiene el reto de paliar la salida de su alma mater Guillaume Glories. Rioja y Bressol son un referente a nivel nacional para los amantes de las burbujas, y Racó del Turia es el mejor sitio, junto con Gran Azul, para acompañar un arroz con un gran vino.
Bocado es el gran encubierto, donde acuden los sedientos a buscar etiquetas diferentes, y Rausell continúa guardando las joyas a disposición de los clientes más inquietos a precios comedidos. Otro clásico olvidado es El Gastrónomo, donde destaca la oferta de vinos valencianos. Sin olvidar que a escasos kilómetros está el templo del vino: Ca Pepico, que ejerce de estímulo para sus vecinos Xoret y Napicol.
A estos hay que añadirles la nueva hornada de locales especializados en vino, que vienen pisando fuerte para soportar la labor de sitios con solera como Teca, Montaña, Rodamón, Alquimista, Mevino, Anyora o Cepa Vieja. Hablo de las new entries Maestro y Serralunga que, junto a LeBar de Vins (pido venia por el conflicto de intereses), se encargan de fomentar el consumo de vinos menos predecibles, acompañados por una gastronomía sencilla, pero sabrosa. Lamentablemente vamos a perder un gran activo para los enópatas: Laura y Txiscu de Forastera, que se mudan a Bilbao, pero la senda virtuosa está trazada y por esos derroteros esperemos que se muevan también las propuestas más frescas o iconoclastas como Barbaric, Bar Bera, etc.
Toca consolidar las ofertas y convencer al resto de España y del extranjero de que en València se come y se bebe muy bien. Salut!
* Este artículo se publicó originalmente en el número 134 (marzo 2026) de la revista Plaza