Opinión

Revista Plaza Principal

La vida a cara o cruz

Chupadedas

Publicado: 23/03/2026 ·06:00
Actualizado: 23/03/2026 · 06:00
  • Ilustración para el artículo Chupadedas

 La boca es una de las primeras herramientas con las que llegamos al mundo. Antes de hablar, de caminar o incluso de ver con claridad, antes de todo, chupamos.Yo lo he hecho desde siempre, desde unos meses después de nacer, como forma de relajación. Mi hermana Mar vino cuando yo aún no había cumplido un año y, de pronto, pasé a un segundo plano. Se acabó la teta y tocó chupar del biberón. Desapareció la seguridad y la calma que me ofrecían los pechos de mi madre. Ese control para engañar el hambre, el cansancio o la ansiedad lo encontré chupándome el pulgar.

Experimenté texturas, sabores y sensaciones por medio del gusto y, lo que empezó como un reflejo, se convirtió en un hábito que realizaba casi sin pensar, sobre todo cuando tenía miedo, sueño o no entendía bien qué estaba pasando a mi alrededor.

A mis padres no les gustaba nada. Me llamaban la atención y, durante años intentaron impedirlo: lo vendaron; lo untaron en denatonio, la sustancia más amarga del mundo según el libro Guinness, también con Mordex, un producto farmacéutico tan amargo que acabé encontrándole el gusto. Incluso lo llegaron a escayolar. El hábito pasó a la clandestinidad. Con el tiempo aprendí a hacerlo donde no se notara. En la cama, en el sofá, esperando a que pasara algo. Nunca delante de todo el mundo. Nunca del todo a la vista. Algunas costumbres no desaparecen, se perfeccionan.

Decir que a alguien le gusta chupar suele provocar risas, incomodidad o interpretaciones apresuradas. A mí siempre me ha parecido algo más simple: una forma directa de calmarme y de volver al cuerpo cuando la cabeza se acelera. Hay quienes regulan el estrés moviendo las piernas, otros haciendo ruiditos con un bolígrafo, otros apretando los puños, y yo utilizando la boca.

Me gusta chupar con entusiasmo, con vocación y con espíritu olímpico. Chupar despacio, chupar por curiosidad, chupar porque sí y porque no, chupar como si el mundo se fuera a acabar. Si algo se puede chupar, yo ya lo he intentado chupar. No es vicio, es constancia y una manera muy mía de estar en el mundo.

Con los años he desarrollado también una pequeña colección. Me interesa la imagen de mujeres chupándose el dedo. Tal vez sea nostalgia, curiosidad, algo simbólico, no sabría explicar bien por qué, y desde luego no le encuentro ninguna connotación sexual. Coleccionar rarezas no me parece especialmente extraño.

Mi amigo Ladislao Kubala tiene un bote de cristal con todos los trozos de uña cortada que ha ido acumulando desde que era un chaval; Marcos colecciona camisetas sudadas de futbolistas de la liga; mi hermana Chus tiene cientos de carteles de No molestar robados en hoteles, y Gallardo y Llüisot coleccionan parafernalia y merchan de Naranjito, la peor mascota jamás diseñada.

Nunca he abandonado mi tendencia a chuparme el dedo ni a ampliar mi colección de retratos de mujeres chupándose el dedo. Algunas cosas no están ahí para corregirse, sino para acompañar. Vivimos en una cultura que erotiza cualquier gesto corporal, mientras se escandaliza de sus interpretaciones. A mí me basta con saber que esto empezó muy pronto, que me ha calmado durante años y que sigue ahí cuando lo necesito.

Me alegra cuando encuentro una o cuando alguna amiga o seguidora de mis redes manda una colaboración. Madurar no es abandonar los gestos que nos calman, sino dejar de avergonzarnos por ellos.

* Este artículo se publicó originalmente en el número 134 (marzo 2026) de la revista Plaza

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