Como Meursault, el protagonista de El extranjero, la primera novela de Albert Camus, aspiro a la indiferencia en mis tratos con el mundo. Muchas veces puede leerse la frase «no sé», salida de los labios de un joven francés que vive en la Argelia de los años treinta. Sólo dos palabras: el adverbio de negación ‘no’ y el verbo ‘saber’ en primera persona del singular. Este laconismo me atrae. También me gustaría responder con un displicente «no sé» a todo aquel que me abordase con sus impertinencias. ¿Has visto la última película de Luis Tosar? No sé. ¿Te apuntas a la manifa por el pueblo gazatí? No sé. Oye, aquí tienes un manifiesto a favor de la enseñanza pública y de calidad, fírmalo. No sé. Vale, cómo eres, y si te propongo irnos a ver al Papa León XIV a Madrid. Eres católico, ¿no? No sé. Por cierto, el último finde vi en Ruzafa a aquella novia tuya, morena y que trabaja como maestra, estaba con otro chico, ¿seguís en contacto? No sé.
Por lo demás, hay que ser valiente para eludir la palabrería oficial. Detrás de cada discurso hay un engaño. Quieren tu voto, tu dinero y tu alma. Si no pueden convencerte, necesitan confundirte. Por eso, lo prudente es que corra el aire. Créete la mitad de la mitad de lo que te dicen y desconfía sobre todo de los brujos de la tribu, aquellos que trafican con hermosas palabras —libertad, justicia, libélula, etc.— en beneficio propio. Lo que más les desespera no es tanto que los combatas como que les muestres indiferencia. Que te defiendas con las armas de la ironía y el sarcasmo. ¿Has oído la última exclusiva de la SER sobre Ayuso? No sé. ¡Jo!, al menos tendrás una opinión formada sobre el avance de la extrema derecha. No sé, no sé.
«Pariente del dandi, el indiferente no se pronuncia sobre política, y se troncha de la risa si le sacan la cantinela de derechas e izquierdas»
A la indiferencia se llega por el sendero tortuoso de la decepción. Primero has de aprender a decepcionarte de las cosas y de los hombres, para después ser indiferente a ellos. Alcanzar este estado de templanza espiritual requiere años de golpes y desengaños, heridas que tardan en cicatrizar y traiciones —también las tuyas, cómo no— que te impiden dormir como quisieras.
Después de muerto me gustaría ser recordado como un ser vacío de certezas y esperanzas, libre de putrefactas ideologías y por tanto una criatura inofensiva para el prójimo. Un indiferente renuncia al mal. A lo sumo, aspira a que le dejen en paz, con el libro de un escritor diletante —pongamos, por caso, a Lorenzo Villalonga— y una copa de buen vino.
Pariente del dandi, el indiferente no se pronuncia sobre la política de su tiempo, ejercida por bandoleros modernos, y se troncha de la risa si le sacan la cantinela de las derechas y las izquierdas. ¡A otro perro con ese hueso! Es comprensible que se mofe cuando le animan a salvar el planeta introduciendo una bolsa de basura en el contenedor adecuado. ¿Te pones la chapa por los niños somalíes? No sé.
Como indiferente busco a otros de mi condición. Podemos ser más de los que imagino. Como grupo de presión deberíamos hacer campaña en favor de que el derecho a la indiferencia fuese recogido en la Constitución. Que este derecho se incumpliese no tendría importancia porque la Carta Magna es papel mojado. Aun así, le rinden homenajes, como al soldado desconocido. En ambos casos se trata de naturalezas muertas. No desbarro, creedme. Tan lícito es pedir que el derecho a la indiferencia sea constitucional como que lo sea el aborto. Un consejo de matusalenes aprobó que la interrupción voluntaria del embarazo adquiera naturaleza constitucional. A nadie se le escapa que esto es una prioridad nacional, salvo para los pocos que eludimos cualquier compromiso ético debido a nuestra inclinación a la indiferencia, actitud ante la vida que te priva de algunas alegrías, pero te ahorra un número no desdeñable de disgustos. Es un ejercicio de realismo vital, vaya que sí.
* Este artículo se publicó originalmente en el número 135 (abril 2026) de la revista Plaza