Yo también me lo creí. Me engañaron. Pero no fui el único. Pensé que esta vez era la definitiva. España, por fin, iba a ser una nación europea normal. Seríamos aburridos como suizos. No daríamos escándalos, ni montaríamos otra guerra carlista. Pero no: me equivoqué. Somos incorregibles, como aquellos peronistas a los que detestaba Borges. Nacimos para matarnos, a base de garrotazos. ¡Qué bien lo vio aquel sordo aragonés!
Como todo joven, creí que me llevaría la vida por delante. Soberbio e ingenuo. Si entonces me lo hubieran pedido, hubiera salido a la calle a defender lo que creía una democracia. ¡Qué orgullosos estábamos del invento de Suárez y Torcuato, dos cínicos franquistas! Juan Carlos I, entonces admirado por todos y hoy en el exilio; la santa Transición, modelo hasta para los comunistas rumanos; las autovías pagadas con el oro francés y alemán a cambio de desmantelar nuestra industria; el divorcio, el aborto y otras moderneces; la movida madrileña y la nueva narrativa española, que ya cojeaba con Muñoz Molina y Millás (menos mal que hubo un listo en la familia, el joven Marías).
Éramos la envidia de Europa. Aquí venían los ingleses y los alemanes a jalar, beber y follar (¿se puede escribir follar en 2026 sin ser multado?) a todo lo que se moviera. ¿Cabía mejor razón para sacar pecho como gallegos o valencianos, ya que no se llevaba lo de ser españoles? ¡Uf, qué vulgaridad! El Estado de las autonomías, que tuvo mi apoyo inicial, iba a ser el origen de males infinitos.
Pero la fiesta se acabó. El 11 de marzo de 2004 volvió a joderse el país. Naciones que comparten la lengua de Molière participaron en un gran atentado para reventar el progreso de España. Amenazábamos a los de siempre, a quienes manejan el cotarro en Bruselas, esa puta babilónica. Se impidió que la derecha gobernase una tercera legislatura. Era cruzar una línea roja. Este privilegio está reservado al partido bendecido por la CIA y financiado, en su día, por Willy Brandt. Al poder llegó un ser mefistofélico, montado en un tren de cercanías. Se acordó de su abuelito. Reabrió heridas cerradas. Interesaba que hubiese tensión.
Bambi nos dejó en la ruina. Le sucedió un guasón que dilapidó una mayoría absoluta. Dejó el camino libre para que una criatura de la oscuridad se hiciese con el poder. Esa criatura llegó. Lleva gobernando ocho años. No importa que pierda casi todas las elecciones. Ahí sigue. Cada crimen se refleja en su rostro, como en el mito de Dorian Gray. Su Gobierno no ha dejado casi nada en pie. Conviene preguntarse qué funciona en el país, si existe alguna instancia de poder que no haya sido corrompida o colonizada. Los trenes descarrillan; las citas para operarse llevan años; los ancianos dependientes mueren de tristeza y abandono; el metro de València parece el de Bogotá; la enseñanza no enseña nada; en la capital se paga el alquiler de una habitación a 500 euros; las violaciones a mujeres se disparan, y en las cancillerías somos el hazmerreír del mundo. Nuestros aliados son Marruecos y China.
El presidente de mi país no me ve porque levantó un muro. Soy su enemigo. Ultra es todo aquel que rechaza la milonga progresista. Estoy orgulloso de ser un ultra. La historia, tal vez, condene a este Gobierno abyecto. Recuerdo cómo me encerró de manera ilegal, y empujó a la muerte a miles de personas un 8 de marzo. No se me olvida cómo nos abandonó a los vecinos de Paiporta, mientras los muertos se pudrían en el fango.
¿Y el rey? ¡Pobre don Felipe! ¡Qué apuesto y qué aplomo! Es políglota y tiene una mujer que viste de Zara. Y una hija aviadora, que quiere ser reina. De ilusión también se vive. Leed a los cortesanos: ¡la Corona, la monarquía parlamentaria, garante de la estabilidad! Palabras, palabras, palabras. La monarquía caerá como una manzana podrida. España es un hermoso imposible. Por esa razón, la amamos. Porque no nos gusta.
* Este artículo se publicó originalmente en el número 133 (febrero 2026) de la revista Plaza