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Anotaciones al margen

Una verdad obscena

Donald Trump ha logrado dejar al mundo boquiabierto, no tanto por lo que hace, sino por su franqueza al contarlo. En su discurso, tras la captura de Nicolás Maduro, sobre todo dejó claro lo que quiere: el petróleo de Venezuela

Publicado: 09/03/2026 ·06:00
Actualizado: 09/03/2026 · 06:00
  • Archivo - El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, antes de emprender un viaje a Florida.

Nada de liberar al oprimido pueblo venezolano, como dijeron en tantas otras «intervenciones». No importan los derechos humanos, solo el control de las riquezas del país para beneficio de Estados Unidos o más bien del presidente y sus amigos. Puro saqueo imperialista.

«Vamos a hacer algo con Groenlandia por las buenas o por las malas», ha sido otra de sus frases sin dobleces. La ley del más fuerte como eje de la acción exterior, sin complejos ni eufemismos, descoloca a los supuestos aliados de la OTAN y aterroriza a sus vecinos, que pueden ser los siguientes. Trump quiere recursos, poder, obediencia y el Nobel de la Paz. Y lo dice. La verdad obscena también desarma a una opinión pública que finge creer que el orden internacional se rige por algo más que intereses económicos.

Esta lógica vale para fuera y para dentro. Como la fuerza es el valor supremo, llenemos las calles de mercenarios con licencia para matar. Y, nada que ver con las tramas de espionaje de James Bond, estos son cazadores de migrantes, cuerpos armados con la cara tapada que actúan a plena luz del día. Entran en los supermercados, suben a los tejados de las casas en construcción, donde haga falta. Detienen, golpean, disparan si se sienten amenazados. Todo en aras del orden y la seguridad.

Las deportaciones dejan de ser un procedimiento administrativo para convertirse en espectáculos de poder. El mensaje es claro: aquí mando yo y hago lo que quiero. El terror, además, no es solo el de quienes pueden ser expulsados. Se respira también entre quienes observan lo que ocurre en sus ciudades, quiero pensar que también entre muchos de los que votaron a Trump. Los que tienen ocho apellidos estadounidenses tienen la certeza de que derechos básicos están siendo pisoteados. Pero ¿qué se hace cuando protestar se convierte en una actividad de alto riesgo?

Veía estos días la última temporada de El cuento de la criada, la serie distópica basada en la novela de Margaret Atwood que tanto da que pensar y en la que, lamentablemente, se ven escenas que pueden confundirse con las imágenes de los informativos. Su personaje principal, June Osborne, decidida a seguir luchando contra Gilead, el estado teocrático en el que se convirtió casi todo Estados Unidos, recuerda a su madre que al principio nadie protestaba. Cuando quisieron darse cuenta ya era tarde, los nuevos líderes controlaban todos los poderes del Estado. Mientras fueron otros los perseguidos, la ciudadanía seguía con su vida. Ahora son los migrantes, pero viendo la lista de colectivos y organizaciones a los que el presidente odia, cualquiera puede ser el siguiente en acabar en esos centros de detención donde están metiendo a miles de personas.

Salir a la calle implica un gran sentido cívico y exige una enorme valentía. Puedes acabar retenido, herido o muerto, pasando a ser, además, protagonista involuntario de un relato prefabricado en el que eres un terrorista de la izquierda radical. La propaganda trumpista reescribe la protesta, la transforma en amenaza vaciándola de legitimidad en ese mundo de hechos alternativos que construyen.

El asalto al Capitolio no funcionó como golpe de Estado y los que mandan en la Casa Blanca han perfeccionado la estrategia con contratos, algoritmos y violencia dirigida. El objetivo del autoproclamado rey y su corte no parece ser otro que acabar con la democracia mientras se hacen más inmensamente ricos todavía.

Pero mientras haya ciudadanos manifestándose en la calle hay esperanza, porque lo más peligroso es la aceptación: asumir que esto es lo que hay. Que protestar es peligroso. Que callar es prudente. Que mirar hacia otro lado es neutralidad. Así es como se llega al autoritarismo. La caza de personas, una vez autorizada, es difícil de parar.

 

* Este artículo se publicó originalmente en el número 133 (febrero 2026) de la revista Plaza

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