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Taikonautas

En pocas décadas, la humanidad ha pasado de no volar a conquistar el espacio. Lo que empezó como un logro científico se convirtió en una carrera por el poder global. Hoy, con nuevos actores y tecnologías, el cosmos vuelve a ser un escenario clave de rivalidad y ambición

Publicado: 06/03/2026 ·06:00
Actualizado: 06/03/2026 · 06:00

Una de las cosas más destacables de la era moderna es sin duda la conquista del aire y el espacio por parte de los seres humanos. En menos de una generación pasamos de no poder volar a romper las barreras del vuelo y las distancias y, finalmente, poder escapar de la atmósfera terrestre. En menos de cincuenta años se pasó de ir en carro a pasear sobre la superficie de la Luna.

El pico de este cambio se produjo cuando las dos superpotencias de la época mantenían una carrera espacial que tenía mucho de prestigio político y hegemonía económica, pero con un claro trasfondo militar: quien dominara el espacio exterior dominaría también el mundo.

Con el fin de la URSS se inició una era de colaboración entre las potencias espaciales que culminó con la Estación Espacial Internacional (ISS), iniciada en 1998. El mundo actual ha vuelto a una guerra fría más o menos declarada, y la ISS pasará pronto a mejor vida, especialmente ahora que EEUU vuelve a enviar cohetes al espacio sin depender de las soyuz rusas.

Pero los actores del escenario espacial y sus papeles han cambiado. Para empezar, el gasto y la innovación espacial en EEUU recae, en gran medida, en empresas privadas como SpaceX o Blue Origin, mientras la NASA cede protagonismo no solo al sector empresarial, sino también a las iniciativas militares de la agencia Space Force, que depende de las fuerzas armadas. Igual rumbo parece tomar el gasto ruso en el espacio, donde las inversiones militares han adelantado también a las civiles y de exploración.

Pero Rusia ha pasado de ser el segundo presupuesto más importante a ser adelantado por China,  el nuevo aspirante a la hegemonía en el cosmos. Aun así, el gasto espacial de los EEUU supera con creces al del resto de países juntos. Solo la NASA dispone de más de veinticuatro mil millones de dólares de presupuesto, mientras que el de su homóloga china (CNSA)  se estima en catorce mil millones. La ESA europea no llega a ocho mil millones, y Rosscosmos, la agencia rusa, solo ronda los tres mil, algo menos que la de Francia. La economía espacial global se estima en unos seiscientos mil millones de dólares, de los que más de cuatrocientos mil son gestionados por empresas privadas. No cabe duda de que, ante estas cifras y expectativas, tiene todo el sentido disponer de un clúster aeroespacial propio.

La NASA tiene previsto para los próximos años una serie de ambiciosas misiones para construir una base permanente en la órbita terrestre y en la Luna (Artemis). Tanto la ESA como Japón tienen previstas misiones a diferentes astros del sistema solar y, junto con EEUU, continuar la exploración de Marte, Venus y los satélites de Júpiter y Saturno. Pero el punto de inflexión de la historia viene de Asia, en concreto de China y la India.

China mantiene actualmente una estación espacial propia (Tiangong) que Estados Unidos ha vetado a sus astronautas e ingenieros. Desde 2021, dispone de un rover activo de exploración en Marte y, en 2024, logró llevar un robot a la cara oculta de la Luna, de donde trajo muestras a la Tierra. Sus planes son muy ambiciosos y pretenden explorar el sistema solar en las próximas décadas. Así como en Occidente denominamos astronautas a los pilotos espaciales y los rusos cosmonautas a los suyos, los pilotos chinos se denominan taikonautas (de taikong, espacio).

Y no estarán solos. India, con un avanzado programa espacial de bajo presupuesto, bajo la estrategia jugaad, de máxima eficiencia al mínimo coste, ha enviado rovers a la Luna y planea, en dos años, vuelos tripulados y una estación espacial propia. La misión Chandrayaan-3 a la Luna costó menos de la mitad que la película Interstellar. Y estos datos muestran el futuro: lanzar un cohete del programa Artemis cuesta más de cuatro mil millones de dólares, toda la misión india a la Luna costó setenta y cinco millones. Sus astronautas, por cierto, se llaman gaganautas: del sánscrito gagana, espacio.

* Este artículo se publicó originalmente en el número 133 (febrero 2026) de la revista Plaza

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