Hemos sido educados con mentiras, aunque se llamen cuentos, tradiciones o teorías, si estamos en la universidad. Estamos tanto tiempo expuestos a la falsedad que casi ya no sabemos distinguirla de la verdad.
Cada vez que vemos una película o leemos una novela, nuestra mente tiene que dejar en suspenso la consideración de la realidad. Sabemos que lo que leemos o vemos no es real, pero debemos considerarlo cierto para poder seguir el relato. Manejar esta contradicción se aprende con el tiempo y la experiencia, por eso los niños y las niñas confunden la fantasía con la verdad. Claro que los adultos también lo hacemos constantemente y buena parte de los problemas y éxitos en la vida se deben a esta coexistencia paradójica.
Mi proveedor de televisión llama ficción a todas las películas que emite. Lo que no es ficción son noticiarios o documentales, que mayoritariamente también parecen —o son— ficción. Ficción que en comunicación y multimedia se denomina entretenimiento.
Se estima que el negocio de la industria global del entretenimiento superó los 2,5 billones (europeos) de dólares en 2025. No solo consumimos ficción: financiamos masivamente nuestra huida de la realidad. Plataformas como Netflix, Disney+ o HBO invierten anualmente más de 25.000 millones en producir contenido original. Una maquinaria de fabricar realidades falsas que crece sin parar.
Los videojuegos son hoy la forma de entretenimiento más lucrativa, superando al cine y la música combinados. Y aquí la suspensión de la realidad es casi total: el usuario no solo mira o escucha, sino que habita y vive la ficción de manera protagonista. En España hay más de 22.000 empleados en el sector, que provee servicios a veintidós millones de jugadores (49,6%) y jugadoras (50,4%); en todo el mundo, más de 3.600 millones de personas juegan de manera regular.
«Pagamos para que nos mientan profesionalmente, porque la explicación que nos ofrece la ficción es más confortable que la árida descripción de una realidad que carece de sentido»
De media, un adulto en economías desarrolladas consume entre tres y cinco horas diarias de contenido de ficción. Si restamos el sueño y el trabajo, pasamos un promedio del 40% de nuestro tiempo consciente en realidades ajenas. Si Karl Marx viviera hoy, diría sin duda que la industria del entretenimiento es el opio del pueblo.
Y por eso no es casualidad que sea un pilar del producto interno bruto (PIB) global. Pagamos para evadirnos, para que nos mientan profesionalmente, porque la explicación que nos ofrece la ficción es más confortable que la árida descripción de una realidad que, a menudo, carece de sentido o de justicia.
* Este artículo se publicó originalmente en el número 135 (abril 2026) de la revista Plaza
La cultura nos hace creer una realidad ficticia desde la infancia, que se apodera de la política, la economía y las creencias, que ya son de por sí ficción. Incluso la ciencia, a la que le suponemos ser la verdad más verdadera que tenemos, apenas se atreve a decir honestamente que algo es opinión o realidad.
Todo esto ya lo contó Platón hace mucho tiempo. Hoy la inteligencia artificial abre una nueva sala en la caverna. Se calcula que en 2026 más del 90% del contenido en internet será generado o retocado por algoritmos. Cada vez más, lo que vemos o escuchamos es una ficción sintética.
Jorge Luis Borges, genial y visionario, relataba historias donde la realidad se construía a base de ficciones. Para Borges, la ficción no es un adorno, sino la materia misma de la que está hecho el pensamiento, y en muchos relatos nos advertía de cómo un mundo imaginario termina por suplantar y contaminar el real hasta volverlo irreconocible. Hoy esa contaminación no es literaria, es algorítmica.
* Este artículo se publicó originalmente en el número 135 (abril 2026) de la revista Plaza