Como decía mi padre, salvo por la mostruosidad del Carnava de Río de Jaineiro, las Fallas gozan de una reputación y fama mundial equiparables a la samba carioca». Nos zafamos con un calendario agitado por la excelencia de la pirotécnica, la música, la indumentaria, la sátira y la crítica. No se entendería de otra manera un almanaque apuntalado por el mes de marzo en la ciudad fundada por el cónsul Décimo Junio Bruto en el 138 a. C.
Una festividad en la que simbólicamente la figura Sant Josep ha quedado relegada a un segundo plano, eclipsada por la escena central de la ofrenda a la Virgen. Por cierto celebramos dos Josés, carpintero y obrero, el 19-M y el 1-M, porque la santa Iglesia católica lo decidió así, e incluso propinando cierto intervencionismo sobre el almanaque, en el momento en el que el arzobispo de la ciudad —«Marcelino, el tombolero, no quiere ser fallero»— intentó mover las fechas en el calendario para evitar que la lujuria y el desenfreno se mezclaran con la Pascua.
El pueblo valenciano asalta calles y plazas de una metrópoli abonada a una fiesta que lo ha eclipsado todo. València no sería València sin la celebración de la semana fallera. El caos mejor organizado, nunca mejor dicho. Los datos económicos son claros; según varios estudios, la sociedad fallera aporta unos 732 millones, generando un impacto económico equiparable al 0,14 por ciento del PIB autonómico.
Doctorados en la fiesta, los autores de este artículo (junto al poeta Eduard Ramírez) fuimos pioneros publicando un ensayo Les Falles i el bar Torino (Spectrum Arts) que vinculaba a las Fallas con el Valencia CF. Para abordar el siguiente guion, he recurrido al ingenio y la gracia de Juanjo Medina, un catedrático en la recreación del ejercicio más purista y estilista que, tras la muerte del patrón de los carpinteros, ha desencadenado ríos de tinta en los libros de historia de la ciudad.

- Bocetos de las fallas de 1949 sacadas del llibret faller de aquel año.
No hemos querido pasar por alto, la efeméride del ochenta aniversario, que se cumple en este ejercicio, de la extraña financiación del monumento plantado en la plaza del Caudillo —actual plaza del Ayuntamiento— en 1946.
Sesión plenaria del Gremio de Horneros
Fue el segundo punto del día en la sesión plenaria celebrada el 19 de noviembre de 1945 por el Gremio de Horneros de València. La obligada financiación de la falla de todos los valencianos, la de la plaza de San Francesc. Un duplicado de las actas cayeron en mi poder cedidas amablemente por el secretario del gremio. Creo recordar que en aquel tiempo estaba escribiendo el libro Les Falles i el bar Torino. El gancho fue mi amigo Rafa Lahuerta. Las actas, firmadas por el antiguo secretario, estaban escritas con redondilla, siendo muy legibles pese a la vejez de las letras. Un tesoro.
El alcalde había exigido a los panaderos que costearan la falla de la plaza del Caudillo de 1946. Un tiempo en el que, por desgracia, había que agachar la cabeza para no tener
serios problemas de moral y conducta con la férrea dictadura. Tiempos aún peores para la circulación de las pesetas por encontrarse el pueblo valenciano en plena posguerra y porque el gremio venía de celebrar las fiestas del Centenario.
Pese a ello, las propuestas por los allí reunidos, Salvador Roig, Puchol, Manuel Ros entre otros asistentes, fueron variopintas. El debate sobre la financiación de aquel monumento fue diverso. Por ejemplo, la organización de un sorteo a través de una rifa de un horno en funcionamiento o el cobro de una cuota extraordinaria a los asociados, entre otras alternativas. Allí se quedaron, y los horneros acabarían por costear el monumento caudillista de 1946.

- Empresas que financiaban las fallas en 1949.
Hoy la financiación de los monumentos y de la fiesta en general continúa siendo un quebradero de cabeza para las comisiones. Habría que tocar a la puerta del Ministerio de Cultura con el fin de poder rascar de los Presupuestos Generales del Estado una partida especial para las Fallas en ámbitos como I+D, la industrias de la pirotecnia o la indumentaria.
¿Quién paga la fiesta?
En 1946, la falla de la entonces plaza del Caudillo fue diseñada por Regino Mas, el artista más laureado del momento —al cual el nuevo régimen le encargó crear un modelo de falla aséptico que no mezclara la sátira con la cruda realidad vivida años atrás—, y le dio forma Carlos Tarazona, un emergente artista que hacía gala de un dominio abrumador de la caricatura y el retrato. Además, un joven Vicente Luna colaboró en esta falla, en uno de sus primeros pasos en la plaza que lo encumbraría como maestro del arte efímero.
Ese año también es significativo, ya que, entre otros motivos, como la escasez de buen papel, acaparado por algunas publicaciones más afines al régimen, y la prohibición de publicar en valencià hacen que la revista Pensat i Fet no vea la luz, siendo el único año que fue así en la serie histórica, entre 1912 y 1972.
La financiación del cadafal, en el año que las Fallas son declaradas Fiestas de Arte de Interés Nacional, tras un decreto ministerial del 14 de marzo, se encuadraría en las funciones de Antonio Aparisi Moncholí, que fue nombrado presidente de Junta Central Fallera ese año, aprovechando su cargo sindical —era la cabeza visible en València de la Central Nacional Sindicalista— para capar todo tipo de ayudas económicas para relanzar la fiesta, desde que en 1940 se retomó la celebración de la misma. Todo ello sirvió para promocionar las Fallas en el incipiente mercado turístico nacional, quedando lejos los años en que los únicos visitantes de la fiesta eran los flechas de falange.
En ese año, la prensa también publica como algunas comisiones, Castellón-Segorbe y Pelayo-Matemático Marzal, agudizan el ingenio para financiar sus actividades, con la rifa de máquinas de coser, un coche e incluso animales vivos, con la venta de papeletas de entre 0,15 y dos pesetas. Cabe apuntar que la rifa del coche no llegó a producirse por algún que otro contratiempo legal.

- Retrato de las falleras mayores de 1948.
Así, en este contexto, el gobernador civil, Ramón Laporta Girón, y el alcalde, Juan Antonio Gómez-Trénor y Fos, hacen llegar al Gremio de Horneros el encargo para adjudicarles la gestión de la comisión So Quelo, que venía administrando la falla que se plantaba en la plaza más importante de la ciudad. La resignación fue la base de ese encargo, pero cómo negarse a ello, cuando la harina escaseaba y una negativa podía suponer perder favores.
Otra de las actividades financiadas por el Gremio de Horneros, tal vez aconsejados por el gobernador, fue la preparación y reparto de dos mil cazuelas de arròs al forn y dos mil panes, a repartir por la fallera mayor, Amparo Ibáñez Valero de Palma, y su corte de honor, como ya habían repartido en los días anteriores un menú preparado en Casa de la Caridad. El arroz y los panecillos fueron dados a todos los pobres —muchos en aquella ciudad subyugada a la autarquía impuesta— que se acercaron a pie de falla.
Nuevas fuentes de financiación
La falla más emblemática de la ciudad fue financiada a cargo de los poderes socioeconómicos hasta 1980, en el que, por primera vez, corre a cargo de las arcas municipales. Así, entre 1942 y 1953, la comisión del So Quelo, en diferentes versiones, fue la encargada de organizar todo aquello que sucedía alrededor de la falla. Desde 1954, con la conocida falla diseñada por Salvador Dalí, y hasta 1969, la comisión la formaron diferentes miembros de la burguesía y de las altas esferas
económicas, llevando por nombre el de Comissió del Foc.
Por último, entre 1970 y 1979, Els Colossos serían los encargados de gestionar la falla de la plaza de la plaza del Caudillo. Esta comisión desaparece en octubre de 1979, y el recientemente fallecido Ricard Pérez Casado asume para la rebautizada plaza del País Valenciano la falla que Vicente Luna ya estaba realizando en la Ciutat Fallera.
Otros modelos de “expansión”
Pero no pensemos que las fallas de barrio escapan a las fuentes externas de financiación. Desde loterías, que impulsaron comisiones como la de Na Jordana en los años cincuenta, lo que le permitió llegar a la Sección Especial en 1954, aquel año el resto de componentes de la sección1 se asentaba en barrios de alto nivel socioeconómico y de una actividad comercial destacada. También los paradores, que para comisiones como Convento Jerusalem, con el So Nelo, suponían una entrada económica que facilitaba su ascenso a las secciones altas. De igual modo que Falla del Comerç - Plaça del Mercat, sufragaba sus impactantes fallas de los años cuarenta y cincuenta con su parador de Les Coves del Mercat2.
Otras se nutrían con salas de baile, como Exposición, que llega a la máxima categoría por los pingües beneficios que le reportaba la Sala 142, hasta que, en 1976, cuando el espacio se llamaba Club Fallero Flamingo, el propietario del local le comunica a la comisión que va a construir en el solar, perdiendo la fuente de ingresos. O el caso de la plaza de la Merced, que obtuvo beneficios por su gestión de un pabellón en la Feria de Julio.

- Falla de la plaza del Ayuntamiento de 2014 titulada El Decàlec del Valencià, realizada por el artista Manolo García. -
- Juanjo Medina
Otras fallas se sufragaron mediante mecenas, algunos oficiales, como Renfe, que patrocinaba actividades, entre las que cedió un local en la Estación del Norte y muchos empleados eran miembros de la comisión Bailén-Xàtiva, conocida por el sobrenombre de Ferroviaria. Llegaron a ganar en Especial en 1973, pero cuando el ente cortó la vinculación, la falla fue cayendo en la sección hasta llegar a tener problemas de continuidad. Otra falla que tuvo su auge y caída fue Antic Regne de Valencia-Maestro Serrano, que concentró alrededor del propietario de los Cines Goya cierto poder económico, fundándose la comisión en Sección Especial y dejando incluso de plantar cuando el grifo se cerró.
Un paréntesis: la falla del Naranjito
Otra histórica plantà con financiación, ya no municipal, sino nacional con proyección internacional fue la de aquel gigante Atlante que aupaba una enorme pelota de fútbol sobre sus hombros, ante el asombro de miles de forasteros que vinieron a disfrutar del Mundial de fútbol celebrado en España. Las Fallas del doblete. Vicente Luna fue el artista elegido para la ardua tarea de levantar un cadafal en muy poco tiempo sobre el asfalto de la plaza central de todos los ciudadanos valencianos, que entonces portaba el nombre del País Valenciano. Estamos en junio de 1982.
Por aquel entonces, Pablo Porta presidía la Federación Española de Fútbol. La Selección española, que jugó la primera fase del Mundial en València, había conseguido de milagro la clasificación para la segunda fase y Porta ordenó a la toda plantilla desplazarse a Madrid para preparar la siguiente ronda, decisión que les haría perderse todos los actos festivos planificados por la ciudad. Finalmente, la presión ejercida por los máximos representantes del Gobierno municipal consiguió que los jugadores acudieran al edificio del ayuntamiento, donde fueron recibidos, pudiendo disfrutar desde el balcón de una noche más al puro estilo josefino, con castillo de fuegos artificiales y posterior cremà del monumento la noche del 25 de junio. Miguel Tendillo y Enrique Saura hicieron de embajadores al resto de jugadores de la Selección en aquella excepcional noche fallera de verano. Pocos días después, España completaba su fracaso al caer eliminada en la segunda fase del Mundial.
La gran expansión
Después, crecieron comisiones como L’Antiga o Regne de Valencia-Duc de Calabria, al amparo de publicidades más o menos directas de centros comerciales o marcas de cervezas. O tapando, casi en su totalidad, las fallas plantadas con la publicidad que las sufragaba, como Cuba-Literato Azorín. Las que tuvieron un mecenas efímero subiendo como la espuma hasta Especial, en un contexto de boom constructivo, como Pizarro-Cirilo Amorós, de la mano del constructor y presidente del Valencia CF, Juan Bautista Soler, que presa de la crisis cayó hasta la sexta sección. O el paradigmático caso de Nou Campanar, que rompió todos los esquemas presupuestarios y fue seguida en su vuelo de Ícaro, su caída y desaparición, por algunas comisiones que pagaron caro el tratar de seguir el ritmo.

- Falla Nou Campanar 2009 titulada Esta falla té molta tela, de Julio Monterrubio. -
- Juanjo Medina
Juan Armiñana ya había probado el modelo en Cuba-Buenos Aires, llegando a plantar, por entonces, la falla más alta y cara de la historia, aunque, cual predicción de un augur, la falla fue vencida por el viento durante la plantà. Luego vendría Nou Campanar con los récords de premios, medidas, precios, etc. —a los que aún nadie ha osado aproximarse— hasta la debacle económica de finales de la primera década de siglo que pudo con la comisión. El mecenas ha seguido influyendo en otras comisiones a nivel menos demoledor, pero con resultados siempre iguales, crecimiento del presupuesto y contratación de los artistas más destacados.
La historia continúa, y los patrocinios de diferentes marcas, las churrerías, las ferias instaladas alrededor de las fallas, los mecenas o el duro trabajo de comisiones sin estas ayudas hacen que estas naveguen por ciclos con cierta regularidad, algunas manteniendo el tipo, otras a merced de los vaivenes económicos y otras convirtiéndose en —no siempre buenos— modelos a seguir, siendo pocas comisiones las que pueden aventurarse a crecer sin problemas.
1. Estas comisiones eran: Ribera- Cvto. de Sta. Clara, Pl. del Dr. Collado, Pl. del Mercat, Pl. de la Reina- Pau y Pl. del Caudillo- Sant Vicent.
2. Alguno de los paradores que surgieron fueron: El Foc, falla Alfons el Magnànim- Nau; El Bunyol, de la falla Lluis de Santàngel- Matías Perelló; Parador del Farol, vinculado a la comisión Russafa-Gran Vía; o el So Quelo, Comissió del Foc.

* Este artículo se publicó originalmente en el número 134 (marzo 2026) de la revista Plaza