Hace demasiado tiempo que tengo ganas de vomitar sobre el Valencia CF. Otrora el mejor estandarte, la más potente marca de esta nuestra autonomía. Mucho se ha escrito sobre cómo ha llegado este club a esta situación. Bastante se habló de aquel torticero proceso de compra manipulado por Amadeo Salvo y Aurelio Martínez. Y miles de palabras han descrito la pésima gestión de Lim. Pero cuando la bilis sale es necesario acudir a la mejor de las prescripciones para curarte, escribir.
Mis primeros recuerdos como valencianista, herencia de progenitores que tienen su nombre inscrito en las viejas butacas de anfiteatro, me vienen la primera vez que fui consciente de quedarme fuera de Mestalla. Con el olor a pólvora fallera (en aquellos tiempos no olía a fritanga ni a meado), mis padres y hermanos acudieron al templo para una eliminatoria ante el Barça de la Recopa. Un 19 de marzo de 1980. Apenas tenía cinco años. El recuerdo ha llegado nítido a 2026. Puede que el tiempo lo haya completado. Qué sé yo. Ganamos. Y poco después, en mayo, se jugaba la final que vimos todos en casa. La vi tumbado en la alfombra. La memoria solo ha mantenido la imagen de quien escribe en el suelo. No recuerdo que Kempes jugara de 9 sin mucho éxito ni a Pereira siendo el héroe. Eso lo completé después con la ayuda de quien narraba el partido, José Félix Pons. Luego ya me subí a la grada. Y lloré, grité, celebré, me enfadé, sonreí, durante décadas. Desde los seis años. De ir cogido de la mano de mis padres, a sentarme en medio de ellos, a sentarme en la escalera para poder ir con mi mujer y con mis hijos, aunque, solo con un abono, el que mantengo, a pesar de mi cabreo con lo que es, ahora, el equipo de mi vida. Y a pesar de todo, voy. Primero porque mi padre, cuando la zozobra era evidente, me dijo que nunca dejara de estar ahí, que mantuviera el tipo en medio de la tempestad o del desierto que atravesamos. No fueron esas sus palabras, pero sí su deseo, que mantengo vivo. Ante la constante devaluación, en aras de ser positivo, mi gran aliciente es acudir al previo con mis amigos.
Descrito el itinerario vital y el sentimiento actual, la vomitona se vuelve más amarga aún, porque, como a muchos, me hierve la sangre al ver en lo que se ha convertido el ambiente en Mestalla. Hemos pasado de machacar a un presidente por no soltar los duros, de aburrirnos por clasificarnos para la Copa de la Uefa, de pitar por ir terceros, de zarandear el coche de un entrenador que nos metió en dos finales de Champions, de exigir ganar títulos, de machacar a un presidente honrado y venerar a excéntricos máximos accionistas, para llegar a la nada. Las miradas se ceban en el tapete sobre unos chavales que ni uno solo de ellos sería, siquiera, suplente en el Valencia.

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Pero de lejos sí viene todo esto. Porque el Valencia es una metáfora. Un espejo de la sociedad aborregada y adormecida. Un reflejo de una clase política aberrante, de un poder económico distante. Que nos metieran en el saco de las sociedades anónimas deportivas fue el primer disparo, que no pudimos o supimos repeler. Que un populista como Paco Roig se alzara con el poder era cuestión de tiempo. Este fue, quizá, el segundo tiro. El tercero llegó de la mano de Francisco Camps y compañía. Para matar al guineano, eligieron a un perfil que en aquellos tiempos era símbolo del éxito. A un constructor que metió al hijo tonto en la ecuación. ¿Qué podía salir mal? Y ojo, la afición celebrando cada una de las fechorías. Pero la peor llegó más tarde. La del proceso de venta a Lim. La historia contaba con el protagonismo del conseguidor, Salvo, típico actor con pinta de lobo de Wall Sreet que, en realidad, era un Paco Roig 4.0. En su viaje le acompañó el terrible Aurelio Martínez, al que ya dediqué un El Dedo en el ojo del que me criticaron que me quedara corto, aunque un secuaz suyo quiso meter mierda en la dirección de la casa. Y para rematar, un especulador que intentó comprar el Liverpool años atrás, con la mala suerte de que allí lo vieron venir. Así que, tras manipular a la marabunta, se llevó, el ahora jefe del Ibiza, su particular gato al agua, y quién sabe, si algo más. Pero el caso es que se celebró a lo loco la llegada del asiático. ¿Qué podía salir mal?
Y así se dinamitó la grandeza del club. Como desapareció también el poder bancario de la Comunitat, gracias a las manos corruptas de una generación de políticos que deberían estar colgados en la plaza mayor. Y aquí, drogado de superioridad moral, grito contra gran parte de la sociedad, que, así como concepto general, es tan permisiva como meninfotera, si se me permite el palabro. Tan manipulable como complaciente. Capaz de celebrar que se sacaba un córner. Capaz de matar a sus mejores jugadores. Capaz de sonreír y jalear mientras te clavan la estaca, personajes inmundos como los descritos como los que fueron colaboradores suyos, políticos, periodistas y tribuneros. No sé si descenderemos. Acabamos de ganar al Girona. Da igual, esto no tiene buena pinta, como el nuevo estadio, fruto de una terrible concatenación de hechos que repiten el mismo patrón de otros tiempos. Amunt.

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* Este artículo se publicó originalmente en el número 136 (mayo 2026) de la revista Plaza