La dimisión de Carlos Mazón como presidente de la Generalitat Valenciana aligeró la presión mediática y social que caía sobre su ser. Pero no por ello debemos retirar los focos. Y no solo porque él mismo lo permite aferrándose al asiento parlamentario, sino porque su miserable (con m de Mazón) y mezquina (con m de Mazón) actuación, pasando de todo, vaya usted a saber por qué bien superior, sigue siendo la misma, aun estando alejado de toda atención. Pero de su maquiavélica (con m de Mazón) reacción posdana que opacó las vergüenzas de la discutible, como mínimo, actuación del Gobierno en las horas posteriores a la tragedia, se ha escrito mucho, nunca demasiado, pero ya volveremos. Vamos a abstraernos de lo sucedido (es complicado y no podría explicarles la razón), pero hay que detenerse en el Mazón de antes. En el Mazón que era feliz en su prime, que rebosaba alegría como barón del Partido Popular, que se fotografiaba con sonrisa amplia y desbocada junto a la líder de los populares, Isabel Díaz Ayuso, y junto al que sustituyó a la víctima de la presidenta madrileña. El señor Feijóo, el Rajoy 2.0.
Ese presidente Mazón prometió liberarnos de las cadenas, del yugo del Botànic, y abrirnos la puerta a la libertad, a la fiscal y a la educativa, así como eliminar la grasa de la Administración. Fueron, creo recordar, sus grandes reclamos. Y lo hizo. Más o menos. En su batalla contra el infierno fiscal, olvidó deflactar el IRPF, cosa no menor, pero no es el objeto de este escrito profundizar en las medidas, como tampoco el vuelco en la Educación, donde un conseller, el señor Rovira, ha sido capaz de poner de acuerdo a todos los sindicatos, a la pública y a la concertada, en su contra, tanto que cuesta encontrar a alguien que manifieste su gratitud por los servicios prestados. Cuando decimos vuelco en Educación, es en la elección de lengua, y poco más. Del fondo, de la búsqueda de la excelencia, de cómo abordar los problemas que tiene el sistema... ni hablar del peluquín. Pero dale. Esos dos grandes ejes estaban en su programa y los aplicó Mazón. Lo de la grasa es otro cantar.
Dio la brasa con quitar la grasa política de Ximo Puig, rebajando el número de asesores con respecto a la etapa anterior. Muy bien, pensamos. Y anunció eliminación de agencias y una auditoría del sector público. Ostras, a ver si el hombre que provocaba recelos entre la clase empresarial de València, antes de las elecciones, iba a ser eficiente y eficaz. «Reduciremos seiscientos millones de grasa inservible del Gobierno de Ximo Puig», declaraba en una entrevista a ABC. Recuerdo que le pregunté en elecciones cómo iban a desarrollar ese plan, de dónde salían seiscientos millones, aunque, creo recordar, que llegó a decir bastantes más millones en anteriores ocasiones. No supo decir qué iba a eliminar, y luego se fundió algunas, pero que no llegaban, ni de lejos, a esas cantidades prometidas. Era el mantra. Uno más. Acusó al otro de generar duplicidades, de tener más asesores que nadie, cosa que no era falsa, pero luego sí, me quito asesores, pero poco más. Un clásico. Pero me he vuelto a desviar. Mucho.
Ese Mazón al que quería diseccionar era dicharachero. Era el tiktoker. Le molaba mandar mensajes buscando un público diferente, más joven. Y le molaba hacerse vídeos informales, como aquel en el que acudía a una heladería para hacerse una horchata con limón e invitaba al populacho a que hiciera lo mismo —o ¿era invitando a turistas a hacerlo?, da igual—. Era tan campechano, tan de la calle, tan, presuntamente, cercano. Aunque para algunos, muchos, también era muy cuñado. Atrás dejábamos a un president que gustaba leer a Steiner, o a Andrés Estellés, al señor que hacía referencias elevadas en sus discursos y pasamos a otro que parafraseaba una letra de una canción de Nino Bravo, pretendiendo parecer culto. Siendo Nino Bravo un grande, cuidado.
El erudito Mazón también quiso poner a la Comunitat en el mapa con la llegada de los premios Ídolo, con Dulceida como cómplice, pero la Dana lo tumbó, claro. Lo había atado para tres años. Supongo que lo vendería por el impacto y la publicidad que harían los influencers, que, me da, que era lo que él quería ser, un influencer. Un prescriptor. Pero acabó siendo, como leí a Jordi Sarrión-Carbonell en El País, como Joseph Fouché, un tenebroso político francés fotografiado por Stefan Zweig, capaz de desdecirse sin atisbo de sonrojo. Magnífico libro. Curiosamente (y no ha sido intencionado), Mazón apareció celebrando un Día del Libro comprando El mundo de ayer: memorias de un europeo de Zweig. Dicen que es uno de sus autores preferidos. A mí me surgió la duda. Porque, más allá de que no es lo mismo comprar que leer, visto lo visto, a quien le pegaba leer a Mazón es a Kafka. Ahora que tiene más tiempo que nunca, podría leerse al colega. De hecho, le veo ahí, en su despacho de expresidente de la Generalitat, en la Explanada de Alicante, con los pies encima de la mesa, tomándose una horchata con limón, abriendo el libro, reflexionando sobre la alienación, flipando con La Metamorfosis (con m de Mazón) mirando al móvil, sufriendo cual adolescente castigado, de no poder marcarse un reel. Lo veo. Con su compinche José Manuel Cuenca, con sus conversaciones, con sus chascarrillos. Viviendo del erario público. Por no hacer nada. Por no aportar. Eso sí es grasa.
* Este artículo se publicó originalmente en el número 133 (febrero 2026) de la revista Plaza