Me entero de que mi amigo Manolo está en el hospital y le escribo un mensaje para preguntarle cómo está.
—El martes me tiran pa casa ya de una vez —contesta.
—Buena señal. Me voy a Avilés a montar la expo de El Víbora. En cuanto vuelva voy a verte.
—Tranquilo, tienes tiempo, me han dado cuatro meses...
No llegué a verlo. Aún quedaban cómics por recomendar. Nunca es el momento, tío. Nunca lo es para ir a vender tebeos al otro barrio, joder. Bromeábamos sobre quién se iría antes, y has ganado, mamón.
Principios de los ochenta. Me lo contó un primo. Al lado de mi casa han abierto una librería donde solo venden cómics, donde las putas.
—No imaginas lo que costó arrancar. A las distribuidoras les pedía solo publicaciones relacionadas con el tebeo, el cómic y cosas así, y no había manera. En cuanto me descuidaba, me dejaban paquetes con Pronto, Superdeporte, Pop o la Interviú.
Durante años pasaba todos los viernes a charlar con Manolo, con su hermana o con el Capi. La librería, con ese fuerte olor a papel, tinta y cola, fue un punto de encuentro donde, además de novedades, se improvisaban tertulias, se discutía con otros aficionados, se hacían presentaciones o conocías a dibujantes con los que hablabas de cualquier cosa menos de dibujar.
1984 primero, y Futurama después, fue mucho más que una librería de tebeos. Allí los cómics no eran solo objetos: eran historias compartidas, discusiones absurdas, descubrimientos. Cuánta gente habrá entrado a mirar y salido con tres tebeos bajo el brazo y la sensación de encontrar algo que no sabía que buscaba.
Convirtió la tienda en una trinchera cultural, refugio para raros, frikis y curiosos. Gracias por demostrar que los cómics importan, y que compartirlos importa todavía más. Recuerdo charlas buscando un cómic, una recomendación o un rato de conversación. Siempre había una sonrisa, una sugerencia, y esa manera de hacernos sentir mejor que en casa. No fue solo un vendedor, también fue confidente y compañero de viajes. Más de una vez compartimos habitación y ¡guerra de ronquidos!
Déjame imaginar que te has reencontrado con Calpurnio. Qué mejor comité de bienvenida. Tú con una pila de cómics bajo el brazo y él dibujando a Cuttlas en cualquier servilleta del más allá. Maneras distintas de entender el mundo, a la vuestra, con ironía y tranquilidad. Si hay justicia poética en algún sitio, ahora mismo Calpur dibuja y tú recomiendas, mientras Cuttlas observa la puesta de sol, revólver en mano, preguntándose qué demonios hacéis allí.
Y no andará lejos Micharmut, montando algún lío conceptual, desmontando géneros, rompiendo viñetas y mirando todo con su mezcla de inteligencia y mala leche. Y Camarasa, dándole vueltas a algún proyecto imposible, discutiendo sobre cómo publicar el cómic que cambiará el mundo, mientras le lanzas algún comentario irónico desde la estantería celestial. Y el Verdú, y Rojas de la Cámara, y Lanzón, Gallardo y Toutain y el Berenguer...
Gracias por todo, Manolo. Por crear Futurama, por las charlas en ese almacén hablando hasta de tebeos, por las risas, por las recomendaciones, por creer en el poder de los cómics, y por compartir sentimientos sobre esa familia maravillosa que encontraste. Seguirás vivo en cada lector que pase por la librería, en cada autor que encontró en ti un amigo y en cada aventura que ahora vive en nosotros.
Un abrazo enorme, y hasta pronto, librero.
* Este artículo se publicó originalmente en el número 133 (febrero 2026) de la revista Plaza