Espero que la orgía consumista y el brindis compulsivo navideño les haya venido bien a los nuevos pobres de Champagne, para rebajar las existencias y ganar lo suficiente para poder calentar sus chozas de cara al invierno, cada vez menos rígido, pero aún no apto para chanclas y bañador.
Hipérboles aparte, lo que me sorprendió, tras una larga ausencia en la cuna de las burbujas, es respirar un ambiente de descontento o, cuando menos, de incertidumbre. Si bien hablar de crisis en una región donde la uva se llega a cotizar a más de diez euros el kilo parece un insulto para el resto de los mortales, pero es cierto que negros nubarrones se ciernen sobre el futuro de una de las zonas otrora más boyantes del panorama vitivinícola mundial.
Las causas son las que mis cinco lectores ya conocen de sobra: disminución del consumo de vino; tensiones arancelarias con los Estados Unidos; aumento, a veces injustificado y especulativo, de los precios de venta; parón general del sector del lujo, etc. Yo me atrevería a añadir otro factor, aunque sea menos importante: la falta de oferta gastronómica acorde, comparada con otras zonas glamurosas. Sin tomar como referente Borgoña, que algún día también morirá de éxito, si confrontamos la oferta gastronómica de una ciudad emblemática como Epernay con, por ejemplo, un pueblecito como La Morra, en Barolo, vemos que Italia gana a Francia por goleada —en fútbol lamentablemente no volverá a pasar—, tanto por calidad como por precio.
De hecho, en la época del año menos atractiva desde el punto de vista paisajista y climático, las colinas de Barolo y Barbaresco están frecuentadas por numerosos gourmets en busca de la preciada trufa blanca, sirviendo evidentemente de volante para el consumo de vino regional. En Champagne, en invierno, cuesta encontrar una boulangerie abierta, y los productos estrella son la pizza mal fermentada y la hamburguesa inflada a estrógenos, siempre que no se quiera renegociar la hipoteca y acudir a un estrellado (y aquí también podríamos hablar largo y tendido sobre el criterio de las estrellas en Francia).
Visto que las penas galas no consiguen afectarme demasiado, sobre todo considerando que mis compatriotas son unos de los financiadores del tinglado de la bulle (curioso cómo para la mayoría de pequeños productores, Italia esté entre los tres mercados principales), creo que como siempre las experiencias y errores ajenos deberían servir de hoja de ruta para lo autóctono. En España, el precio de los espumosos es infinitamente más barato que en Francia (a pesar de que la ventaja comparativa la paguen los viticultores), salvo contadas excepciones que sirven de altavoz en el mercado global.
Lo que falta es una estrategia de marketing adecuada. Si consideramos las regiones del cava, tenemos a Sant Sadurní y Vilafranca, que no son más feos que Cramant o Bouzy y están a un tiro de piedra de Barcelona, con todas las ventajas enogastronómicas de la Ciudad Condal. En lo cercano, sí es cierto que Utiel y Requena no brillan por sus fastos arquitectónicos, pero están a veinticinco minutos en Ave de nuestra querida capital. Por no hablar de La Rioja, una de las zonas más sugestivas de España y del mundo, con un tremendo potencial a explotar. Si nos enfrentamos a un descenso generalizado del consumo de vino tinto, ¿no sería razonable invertir en los espumosos? Me parece absurdo empecinarse en la defensa de la bobal o de la tempranillo, cuando el mercado va por otros derroteros. Lo que hace falta es volver atractiva la burbuja nacional, no limitarse al anuncio navideño de Freixenet. Cuando se logre atraer a un público educado y acaudalado a nuestras tierras, ofreciéndole gastronomía y alojamiento de calidad a precios razonables, también el vino tinto se beneficiará por la presencia de los enópatas eclécticos, que tras sobredosis de espuma, necesitan su chute de taninos. A ver qué bodegas se atreven a empezar la senda virtuosa hacia la salvación... Salut!
* Este artículo se publicó originalmente en el número 133 (febrero 2026) de la revista Plaza