Opinión

Revista Plaza Principal

Divinas palabras

Tapar el vacío

Qué duro es aceptar que los buenos tiempos quedaron atrás. Lo fácil es autoengañarse, resucitar una juventud perdida, como intentan algunos de mi generación. Pero no es así. Ya no somos los mismos. Es patético echarle un pulso al paso del tiempo

Publicado: 04/01/2026 ·06:00
Actualizado: 04/01/2026 · 06:00
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La mujer aparenta cuarenta años. Cuando me dirijo al trabajo en coche, la veo correr por el polígono La Pascualeta. Aún es de noche. Sostiene el móvil con su mano derecha. Jadea. El ritmo es lento. Sus pechos pendulean. La dejo atrás y me pregunto qué le llevará a correr a esas horas de la mañana, por un polígono desierto, entre camiones y cubos de basura. ¿Se sentirá segura?, ¿aspira a estar en forma?, ¿a bajar de peso?, ¿a gustar a su novio o novia?

Hace años se impuso la funesta manía de practicar deporte. Hombres y mujeres quieren estar sanos y esbeltos. Quedan en grupos los fines de semana, y queman calorías y decepciones. En el calendario tienen marcada la fecha de la media maratón de Santa Pola. Me consta que muchos de ellos dejaron de ser jóvenes. Esto del atletismo olímpico es arriesgado a ciertas edades. No tienes el cuerpo de un chaval de veinte años. Me parece que tanto ejercicio físico es insano. Acaban operándote del menisco en La Fe.

Corremos hacia ninguna parte. La gente de mi generación anda perdida. Hace tiempo que se les extravió la brújula de sus vidas. Existe la evidencia de que lo mejor ya pasó. Vamos cuesta abajo, a distintas velocidades, según el mapa genético de nuestros padres. Unos —los menos— aceptan el declive y el resto lo rechaza por coquetería. Yo lo entiendo: es duro admitir que eres invisible para un cuerpo joven. En una sociedad gobernada por la tiranía de la efebocracia, cumplir los cuarenta es delito. Que se lo pregunten a los empleados despedidos de Amazon. Con suerte, el Ayuntamiento de su pueblo los contratará para recoger las hojas caídas de los árboles, con la ayuda de fondos europeos.

Sería fácil responsabilizar al neoliberalismo, a los nietos de Aznar, de lo que nos pasa, como hace el filósofo Byung-Chul Han. La culpa nunca fue de Margaret Thatcher. Pero algo de verdad hay en esta idea: las personas somos objetos con fecha de caducidad. Agotada su vida útil, a los hijos del baby boom sólo les queda apartarse para dejar paso a un pelotón de jóvenes robustos y engañados. También a ellos los harán picadillo.

Buyng-Chul Han asegura que nos hemos quedado vacíos. Somos el cascarón de un barco a la deriva. Ya Gylles Lipovetsky anticipó los frutos podridos de la posmodernidad en La era del vacío. Estamos vacíos y cada vez más solos, perdidos en la traducción, sin que nadie se tome la molestia de escucharnos. Faltan interlocutores y sobran pantallas y Orfidal. Para tapar las pérdidas, mis coetáneos van a pilates, se apuntan a clubes de lectura (ellas), asisten a conciertos de Arde Bogotá, viajan como pollos sin cabeza, beben, se drogan, se citan en Tinder, suben el Montgó, consumen pornografía hasta la madrugada, se hacen budistas, luchan por Palestina, etc. Han sustituido a Dios por el taichí, al cura por el psiquiatra.

Estos intentos por escapar de la soledad son patéticos. Los peores son los nuevos fanáticos, los que abrazan una causa para taponar el agua sucia de su frustración. Por ejemplo, todas esas dentaduras postizas que insultan a la Policía en manifestaciones a favor de la independencia de Cataluña, o los que arrojaron chinchetas en las calzadas, a lo largo de La Vuelta, sin importarles la vida de los corredores. No cometerían estas estupideces si tuviesen una vida sexual plena.

Nuestros abuelos se sintieron igual de huérfanos que un ciudadano de la Atenas de Pericles, pero se comportaron de manera más digna que nosotros, aceptando que su hora había pasado. Replegar velas es de inteligentes. En la escuela no enseñaban estas cosas. Hubiera agradecido que un maestro me hubiese dicho cómo actuar cuando no te quedan buenas cartas que jugar. Ahora lo tengo claro. Lo sensato es descubrirse la cabeza, sonreír al público, inclinarse en gesto de despedida, y decir: «¡Eso es todo, amigos!».

 

* Este artículo se publicó originalmente en el número 132 (diciembre 2025) de la revista Plaza

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