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ABANDERADO EQUIPO PARALÍMPICO

Ricardo Ten puede con todo

DANIEL DUART

El valenciano va a ser el abanderado de los paralímpicos españoles en Tokio. Un accidente a los ocho años hizo que perdiera una pierna y los dos brazos. Ahora es una leyenda deportiva y un tipo capaz de hacerlo casi todo, de manera autónoma, con sus muñones

18/08/2021 - 

VALÈNCIA.- Ricardo Ten apenas pesa 49 kilos. Una pluma. Pero se sube a su bicicleta negra de competición y comienza a dar vueltas al velódromo Luis Puig como si fuera una centella. El valenciano, que será el abanderado español en los Juegos Paralímpicos, mantiene toda la energía y la ambición a los 45 años, y así, observándolo, viendo ese cuerpecillo minúsculo y mermado, uno se pregunta de dónde ha sacado la fuerza para convertirse en una leyenda del deporte español. Hoy tiene uno de los entrenamientos más duros que le quedan antes de viajar a Tokio. Cuatro series de 1.500, saliendo de parado, para acabar totalizando seis mil metros, el doble de su prueba, los tres kilómetros de persecución.

Ricardo solo tiene una pierna. La otra y los dos brazos se los amputaron. Pero nada de eso le impide ser totalmente autónomo. El deportista, que se prepara para sus sextos Juegos Olímpicos —los cinco anteriores como nadador—, maneja los muñones con una habilidad insospechada. Se coloca las gafas y el casco, sube a la bicicleta y se lanza a pedalear con furia por la pista peraltada mientras Eloy Izquierdo, su entrenador, un hombre sabio y paciente, le toma los tiempos, analiza cada vuelta y, al acabar, mientras descansa antes de volver a subirse a la bici, le pincha en el lóbulo de su oreja derecha para hacerle test de lactatos.

En uno de esos descansos, mira a su alrededor y pregunta: «¿Dónde está mi pierna?». Luego cae en la cuenta de que ha venido en bicicleta y que por eso solo lleva la prótesis que utiliza para pedalear. Esta, más que una pierna, parece la pata de un ciervo, pues no acaba en un pie sino en un aplique para engancharlo al calapié de la bicicleta. 

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En un lateral de la pista, apoyada contra una valla, ha dejado su otra ‘burra’, una Canyon azul con la que ha venido desde su casa en Tavernes Blanques y con la que saldrá a rodar durante una hora y media antes de volver para comer. Porque Ricardo Ten no solo competirá en el velódromo, también lo hará en ruta en contrarreloj, donde también espera hacer un buen papel después de conquistar la medalla de oro en el Mundial de Portugal, y en fondo en carretera. Hace calor dentro del Luis Puig. A la entrada, un marcador anuncia que estamos a 28º a la sombra con un 68% de humedad. Ricardo acaba cada serie exhausto y nada más cruzar la meta empieza a desacelerar mientras comienza a boquear y a dar una mezcla de gritos y gemidos por el esfuerzo.

«El recuerdo que tengo es de mi madre diciéndole a los médicos que dejaran de cortarme trozos, que si tenía que enterrarme quería hacerlo entero»

El destino le ha traído de vuelta a Benimàmet, donde creció junto a sus dos hermanos mayores y sus padres: Antonio, que era ebanista, y Amelia. El matrimonio tenía una caseta compartida en Llíria. Allí se reunía la familia los fines de semana para hacer la paella y pasar un rato juntos. Uno de esos días, Ricardo y su primo, aburridos de la conversación de los adultos, se fueron a ver la tele. Cuando se hartaron, aprovechando que estaban en obras en la casa del primo, se pusieron a jugar con los mil trastos que había por allí. «Aquello era casi como un parque de atracciones para unos niños. Subimos a la terraza y cogí un hierro largo para demostrarle a mi primo lo fuerte que era. Por arriba pasaba el tendido eléctrico. Dicen que no llegaría ni a tocarlo porque estaba muy alto, pero pasaría muy cerca, hizo un arco eléctrico y me electrocuté».

Una descarga salvaje entró por los brazos y salió por una pierna. Ricardo no se acuerda porque sufre amnesia temporal. La mente le protege ahorrándole el trauma del accidente. Pero le han contado que la primera que llegó a socorrerle fue su hermana, diez años mayor que él, que vio que nunca perdió la consciencia. «El primer recuerdo que tengo es ir en la ambulancia, intentar levantarme de la camilla y mi padre, que estaba a mi lado, que no me dejaba».

Se pasó los siguientes nueve meses de su vida encerrado en La Fe antigua. Los tres primeros, con el cuerpo achicharrado, los pasó en cuidados intensivos; luego lo subieron a planta, donde estuvo tres meses más, y los tres últimos ya fueron de rehabilitación. «Los tres primeros fueron los más complicados. Los pasé en la Unidad de Cuidados Intensivos de grandes quemados y fue algo progresivo. Los médicos intentaron salvarme lo máximo de los dos brazos y la pierna, pero al final tuvieron que ir cortando cada vez más. El brazo derecho me lo llegaron a cortar hasta tres veces. Por dentro estaba muy quemado y tuvieron que ir subiendo».

Ahora que soy padre

A su lado, en vilo, estuvieron sus padres. Esa madre horrorizada que veía sufrir a su hijo pequeño, al que cada poco tiempo lo metían en el quirófano y salía con un trozo menos de brazo. «Yo, ahora que he crecido y soy padre, sé que, aunque pareciera que el que peor lo estaba pasando era yo, en verdad fueron mis padres. A mi madre le costó mucho hacerse a la idea y, de hecho, creo que aún no lo ha llegado a superar del todo. Es duro y es dramático que un hijo tuyo, con siete u ocho años, tenga un accidente tan grave. El recuerdo que tengo es de mi madre diciéndole a los médicos que dejaran de cortarme trozos, que si tenía que enterrarme quería hacerlo entero. Los padres sufrimos mucho».

Aquel niño reaccionó. Le cortaron las extremidades, pero su mente estaba intacta. Ricardo es un tipo muy inteligente y tener ese coco siempre le ha ayudado. Cuando fue un niño que tenía que reponerse de un shock, de una tragedia, y de adulto, cuando tiene que entrenar y competir como un deportista de élite. Pero eso es un resumen de unas pocas líneas cuando él ya es un triunfador de 45 años. Antes tuvo que dar pasos más cortos y aprender de lo que era capaz. 

«Vayas por donde vayas, la gente te va a mirar. Gente mayor, gente pequeña, gente educada, gente que no es tan educada…»

Aquel niño herido estuvo noventa días condenado a una cama donde las cadenas eran unas rudas sábanas de hospital. Cada día, solo durante una hora, sus padres se podían asomar por una ventana para suministrarle la dosis de cariño que necesita un chaval de ocho años. Luego, anestesia, analgésicos y resistir. «Fueron meses muy duros. El simple hecho de moverme para cambiarme las sábanas ya era un sufrimiento muy grande. Después, cuando subí a planta, ya fue todo más progresivo. Empezaba a tener más contacto con el exterior y me movía un poco más, aunque las quemaduras y los injertos me limitaban mucho porque cada dos por tres tenía que pasar por el quirófano para hacerme injertos de piel que me quitaban de la cabeza o de la espalda. Fue muy engorroso y doloroso».

A los nueve meses, como si hubiera sido un parto, un niño diferente salió del hospital y regresó al colegio. Sus padres se esforzaron por inculcarle que su reto en la vida debía ser convertirse en un chiquillo más. Ahora, con la perspectiva del tiempo, aplaude el empeño de sus profesores por hacerle estudiar y examinarse mientras estaba en el hospital. Eso le permitió no perder el paso y volver al colegio integrado en el grupo de amigos que ya tenía, los alumnos que veían en él a Ricardo y no a un niño tullido. «Poco a poco te vas haciendo a la idea de que te ha tocado vivir una nueva vida. Siempre he tenido la fortuna de que mis padres me han tratado como a uno más en la familia, igual que a mis hermanos, y eso me ha ayudado a adaptarme a mi nueva situación y tratar de resolver mis dificultades por mí mismo. Siempre me transmitieron la idea de que para aceptar que no podía hacer algo, antes tenía que haberlo intentado muchas veces. Yo creo que me acepté desde el principio. Tenía claro que había sido culpa mía y que tenía que aceptar lo que yo había hecho, que estaba en esa situación por mí y no podía echarle la culpa a otro. Me negué a quedarme en un rincón solo y compadeciéndome de mí mismo. Simplemente intenté llevar la vida que me había tocado».

Aunque no todo es así de simple. También hubo días espantosos, días en los que uno maldice su suerte, odia su cuerpo y no entiende por qué a él. «Imagínate lo que es ser un niño pequeño con mi discapacidad… Al final te acabas acostumbrando, pero eres la atracción de todas las miradas. Vayas por donde vayas, la gente te va a mirar. Gente mayor, gente pequeña, gente educada, gente que no es tan educada… Pero esa discapacidad te hace madurar más por lo que te toca vivir».

Lo fundamental es que él siguió su camino. Sin una pierna y dos brazos, pero seguía siendo él. Con la ayuda de una prótesis en la pierna, se integró de vuelta con sus amigos. Ricardo era uno más. Su madre intentó que llevara también prótesis en los brazos. Ver a su hijo ‘recompuesto’ le ayudaba. Esa normalidad ficticia parecía mandarle la señal de que su hijo estaba bien. Pero el niño necesitaba libertad y, sobre todo, poder hacer las cosas. Y las prótesis proyectaban la imagen de un chico con piernas y brazos, pero no eran útiles. «No me acostumbré nunca a ellas. Me sentía muy extraño con eso puesto; no me valían para nada: solo eran de bonito. A mi madre le gustaba por la sensación de verme con brazos, pero para mí no eran funcionales y en cuanto podía me las quitaba».

Casi cualquier cosa

Gracias a eso ha adquirido una habilidad asombrosa. Hoy dispone de un coche automático que se enciende apretando a un botón, pero antes tuvo uno convencional con el que tenía que sacar las llaves del bolsillo, meterlas en la cerradura, abrir, sentarse, ponerse el cinturón de seguridad y arrancar. «A la gente lo que más le sorprendía era que pudiera girar el volante, y eso era lo más sencillo con diferencia. Metes el muñón en una especie de vaso y lo giras». Puede hacer casi cualquier cosa. Desde ponerse la dichosa mascarilla hasta beber de una botella de agua al acabar cada serie en el velódromo. En un grupo de WhatsApp, él y otras personas discapacitadas comparten vídeos suyos atándose los cordones de las zapatillas para ver quién es el más rápido.

Ese virtuosismo con los muñones de los brazos ha llegado ahora. Antes, de niño, tuvo que aprender lo básico: tomar apuntes a la misma velocidad que sus compañeros, con la salvedad de que ellos lo hacían a mano y él, escribiendo con la boca. O jugar al fútbol como uno más. «No pretendía ser el mejor, pero tampoco el peor. Lo que yo quería es que cuando hacían los equipos, no ser el último en salir elegido. Y no lo era».

Un día, convertido ya en un adolescente, leyó un artículo en un periódico sobre una chica discapacitada que hacía natación. A Ricardo, que era muy competitivo, se le abrieron los ojos. «Ahora es muy común, pero entonces yo no sabía que existía el deporte adaptado. De hecho creo que tiré por la natación porque es el que vi en aquella noticia y que si hubiera visto otro, hubiera hecho otro». Empezó con la natación y el tenis de mesa. Ver que podía competir contra otras personas que eran como él, en igualdad de condiciones, supuso un estímulo enorme. Llegó al Campeonato de Europa en natación y en tenis de mesa. En la piscina le fue mejor y eso fue determinante para decantarse por la natación desde 1995 hasta 2016. Durante esos 21 años acudió a cinco Juegos Paralímpicos en los que se colgó siete medallas: tres de oro (dos en Sídney 2000 y una en Pekín 2008), una de plata y tres de bronce.

Después de Pekín 2008, se creó el Plan ADOP y los deportistas paralímpicos empezaron a percibir una beca por su dedicación. A partir de ese momento pudo entregarse exclusivamente a la natación. Hasta entonces, trabajaba ocho horas y entrenaba cinco. Eso significa que te quedan once horas para todo lo demás. Incluido dormir. Pero con la beca pudo dejar su empleo como administrativo de la Federación de Deportes Adaptados de la Comunitat Valenciana, donde había entrado, años atrás, como monitor a media jornada.

Ahora es un privilegiado. Su categoría deportiva le proporciona muchos ingresos: el Plan ADOP, la beca Varona —el despacho de abogados donde se encarga de la responsabilidad corporativa—, embajador de Liberty Seguros, de la Fundación del Levante UD, de Canyon, que le facilita las bicicletas, miembro del Proyecto FER… «Tantos años en el deporte me han permitido hacerme un nombre en la Comunitat Valenciana. No me puedo quejar; me siento orgulloso».

En medio de esos 21 años como nadador llegó la saturación. Por eso cogió 2003 y 2004 y cambió de aires. Dejó la piscina y se marchó a la montaña para practicar el esquí alpino. Porque Ricardo Ten tiene un don para el deporte, para todos los deportes. Después de Río 2016, dejó la natación y probó con el ciclismo, un deporte que ya había tanteado. En 2017 debutó en la Copa del Mundo. «Y, aunque fuera de casualidad, obtuve un buen resultado. Logré evitar una caída y eso me permitió ganar una medalla. A partir de ahí ya me vi inmerso de nuevo en la alta competición».

El ciclista insiste en que ahora ya no es tan obsesivo como en sus tiempos de nadador. Pero lo dice tumbado en el suelo, exhausto y chorreando sudor después de pedalear con una gran cadencia durante cinco vueltas. Lo asegura después de llevar durmiendo desde febrero en una cámara hiperbárica, reproduciendo las condiciones de hipoxia, de falta de oxígeno, como si estuviera metido en la cama a 2.500 metros de altitud. Y lo afirma antes de irse un par de semanas de concentración a Sierra Nevada y otras dos a Mallorca.

Quedan unos días para  Tokio y no hay mucho tiempo para estar con sus hijos. Silvia tiene 12 años y Antonio, 15. Dice que nunca le han hecho preguntas por su aspecto. «Imagino que les pasará como a mí, que serán ellos los que reciben las preguntas de los compañeros de clase sobre qué le pasa a su padre. Ahora me comentan que les hablan de que voy a ser abanderado…».

Con la perspectiva del tiempo, Ten aplaude el empeño de sus profesores por hacerle estudiar y examinarse mientras estaba en el hospital

A Ricardo ya no le sorprende casi nada. Como cuando llega alguien nuevo y se queda paralizado porque de repente se da cuenta de que no hay una mano para estrechar. «La gente no sabe cómo saludarte. Aunque ahora, con esto de la pandemia, es más fácil. Pero hay gente que no sabe cómo hacerlo. Yo intento romper ese momento incómodo quitándole importancia».

El mito paralímpico tiene habilidad para normalizarlo todo. Aunque de vez en cuando tiene que volver al quirófano. Las operaciones siguieron después de esos nueve meses en La Fe. Los huesos crecían y la carne no, así que había que cortar. «Ya he perdido la cuenta, pero debo llevar entre 50 y 70 intervenciones».

Las tres primeras series le han dejado baldado. Eloy Izquierdo le dice a su pupilo que la cuarta, la última, la van a hacer más suave, que saldrá de lanzado y que solo hará tres o cuatro vueltas. Al lado, en el centro de la pista, dos grupos de niñas practican gimnasia rítmica mientras suena una canción de reguetón que se clava en el cerebro y te tendrá toda la mañana tarareándola. «Se pega, ¿eh?», bromea Ricardo. Ninguna de las niñas lo mira raro. Unos chicos más mayores de un equipo de fútbol entran a dar unas vueltas al anillo. Tres de ellos se dan con el codo en las costillas mientras señalan a Ricardo, que vuelve a pedalear sobre su bici negra. Le observan con admiración. El ciclista ni los ve. Está a lo suyo, luchando por mantener la cadencia, por no desfallecer, por llegar a Tokio pletórico. Pero, sobre todo, lucha por ser uno más.  

* Este artículo se publicó originalmente en el número 82 (agosto 2021) de la revista Plaza

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