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el algoritmo es el mensaje / OPINIÓN

¿Se puede vivir de crear contenidos online?

25/10/2021 - 

La probabilidad de que sepa qué es el principio de Pareto resulta infinitamente mayor a la probabilidad de que logre vivir de la creación de contenidos online. Esta última cuestión, por mucho que se esfuerce y le hayan dicho que si quiere, puede, por mucho que tenga un iPhone y publicar un podcast sea ‘gratis’, es de una o ninguna posibilidad entre 100. Eso dicen los datos de la “creator’s economy”, aunque haya que beberlos de filtraciones, ya que la hegemonía del silicio es opaca de obra y espíritu. Y hasta aquí el artículo si lo que buscaba era una respuesta tan rápida como su capacidad para ser indiferente a algo en TikTok (swipe up).

Si tiene algo más de tiempo, deje que me explique, no sea que haya tenido la suerte de escapar a la turra del principio de Pareto en el billón y medio de libros sobre fitness, autonomía financiera, aprender inglés, blockchain o reiki en los que hablan del mismo. El fundamento, la turra del 80-20, es una idea decimonónica ideada por un señor decimonónico que vivió muchos años: 75. A Vilfredo Pareto le dio tiempo a ser ingeniero, sociólogo, economista y filósofo. Y en algún punto de este viaje de superación tan ajeno al hambre y las pandemias de su tiempo, este hijo de patriarca genovés vino a decir que el reparto de la riqueza era de un 80-20 (o sea, que el 20 por ciento de la población tendía a poseer el 80 por ciento de la riqueza y, sobre todo, lo contrario).

Pongamos a Twitch por caso

El 80-20 se convierte en una reducción peor que la de Pedro Ximénez cuando esta idea se aplica ­–por bajeza intelectual– a casi cualquier cosa publicada como prólogo a un libro de autoayuda. En las antípodas de Pareto, ya iniciado el siglo XXI, nadie imaginó que todo se iba a acelerar vertiginosamente tras el fin de las grandes guerras, la suma de incontables mejoras en servicios sanitarios, la extensión de un liberalismo sin opositores civiles y un aceleracionismo tecnológico que culminó con internet. Y ahora, siglo y pico más tarde, habría que ver de qué color se le pondría el bigote al generoso de Vilfredo Pareto cuando le confirmásemos que en una de las industrias interpretadas como esperanza económica, resulta que el 1% de los trabajadores ingresan más de la mitad de lo que se genera.

Este es el caso de Twitch, que nos sirve como paradigma: la plataforma, cuyos datos filtrados han servido para que The Wall Street Journal eche cuentas, evidencia que el 75% de los creadores de contenido han ganado 120 $ o menos en lo que va de año. De hecho, según este medio, el pago más repetido por este distribuidor de contenido ajeno es de 25 centavos de dólar. Esa es la factura anual más habitual. En el lado contrario, el streamer mejor pagado del mundo ganó 5 millones de dólares en un año, pero si de lo que se trata es de generar una mirada equiparable entre Pareto y esta herramienta de Amazon, podemos definir el escenario total con otro porcentaje: el 5% de sus usuarios ganó 1.000 dólares o más en el último año. Esperemos que en su país se pueda pagar el alquiler, la luz, Netflix y lo del súper con 80 pavos al mes, impuestos incluidos.

Pero abramos juego. Si algo sabe cualquier creadora de contenido es que internet no permite el monocultivo. Ibai Llanos no es un twitcher, sino que tiene escaparates abiertos en todas las tiendas digitales (y las físicas que lo patrocinan). La obligación de hacer de uno mismo un espectáculo (marca personal) y la alimentación de una comunidad (someter tus ideas y hasta tu arte a la conversación fiel, a no defraudar, a moldearte para no perder micropagos a tu nombre) nos lleva a mirar más allá de Twitch. Decían en la newsletter de Axios hace unos días: “se suponía que la economía de los creadores democratizaría los medios, pero resulta que es una pequeña parte de los creadores la que obtiene la mayor cantidad de ingresos por su trabajo en múltiples plataformas”.

¿El principio del 1%?

Pues bien, en el mercado más maduro del podcasting en el mundo, Estados Unidos, solo el 1% obtiene el 99% de las escuchas. Hablamos de un mercado que ha visto cómo una sola plataforma, Spotify, invierte más de 1000 millones de dólares en un año absorbiendo productoras, herramientas o creadores. Según Edison Research, el podcasting es el vehículo publicitario en medios que más está creciendo y, a la vez, el más pequeño (equivalencia). ¿Pero cómo puede ser que algo que consumen a diario 90 millones de personas todavía genere rendimientos solo interesantes a un 1%? Pues bien, no importa si hablamos de newsletters, de TikTok, Twitch, podcast u otras vías, lo cierto es que la economía de creadores sigue siendo como una suerte de esperanza para el inmenso grueso de sus agricultoras y agricultores.

Mientras tanto, mientras se sucede la dominación social por parte de las multinacionales tecnológicas (dedicadas a la minería y venta de datos personales), en realidad sí se suceden los pagos de mercancía. A la caza de otro cambio de color en el bigote de Pareto, habría que sugerirle que una sola empresa como Spotify, dedicada a la distribución de audio (y solo audio, que incluye música, podcast y lo que hace tu primo en la ducha y que también sube a Spoti porque quiere ser creador de contenido y que también llama podcast) ingresó en 2020 unos 2.751 millones de dólares. Para que comparen entre iguales, HBO –tan masiva como para tener 142 millones de pagadores mensuales y mover producciones tan inabarcables como Juego de Tronos– ingresó 6.810 millones. Sin pensarlo mucho, respóndanse: ¿creen que guionistas, directoras, actores o figurinistas pueden vivir de sus trabajos en plataformas de video? Parece obvio que sí. ¿Pero creen ustedes que músicos, incluso consagrados, pueden vivir de sus ingresos en plataformas? 

La economía de los creadores de contenido sigue siendo una falacia. La solución, quizá como deuda moral por parte de algunas de las creadoras de esta ilusión, es la limosna: las plataformas promueven micropagos, a ver si así se solventa la economía de quien no ha estudiado una ingeniería a base de cafés. Más allá del independentismo de Patreon o Buy Me a Coffee, Facebook lo quiere hacer con su moneda Stars enfocada a este tipo de hacedores gratuitos de sus visitas, Clubhouse también va a lanzar la opción de recibir micropagos, YouTube ya impulsó sus Super Chats (que permiten una donación de pasta durante una transmisión en vivo) y en Instagram, Spotify o SoundCloud también tienen lo suyo “para artistas”. Una de las últimas en incorporar la idea de que los creadores de contenidos vivan de limosnas es Twitter. ¿La idea? El Super Follow, gracias al invento, la tuitstar puede publicar mensajes en cerrado para su comunidad. O no. Porque lo importante de la pirueta es que abre una línea directa de pagos entre followers y tuiteros. Suena bien, pero lo cierto es que en sus primeros 15 días de vida generó 6.000 dólares. Con millones de tuitstars, supuestamente muy influyentes, seguidos fehacientemente por millones de personas, 3.000 dólares a la semana a repartir entre todos los súper tuiteros. En fin, que la idea de limosna podría quedarse grande para el concepto.

Las plataformas se fundamentan en los creadores y creadoras de contenido. Esa creación es la base de interés, de valor añadido, que promueve la viralización. No lo es el álbum de fotos de un bautizo en Facebook. Sin embargo, estas empresas no están construidas financieramente en base a la creación de contenidos de terceros, pese a que vivan de ello (de medios, de freelances, de artistas, de un mundo al que los medios tradicionales, sorprendentemente para todas las partes, han insistido en que es el futuro). Los gestos de abrir pequeñas aplicaciones para la limosna no resuelven nada. Y sí, no es menos cierto que una abigarrada minoría ha creado negocios digitales boyantes y sostenibles. Más que sostenibles, llamados a ser duraderos. Sin remate, salten hasta este extracto aun paper imprescindible (y suerte con lo de ser el 1%):

En los sistemas en los que muchas personas tienen la libertad de elegir entre muchas opciones, un pequeño subconjunto del conjunto obtendrá una cantidad desproporcionada de tráfico (o atención o ingresos), incluso si ningún miembro del sistema trabaja activamente para lograr ese resultado".

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