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RESTORÁN DE LA SEMANA

Taberna Amparín

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Esa salsa, lujuriosa, adictiva, que envuelve a las patatas bravas de Amparín ya vale por sí misma el paseo hasta Patraix aunque vivas en La Patacona.  Agradeces que Raúl Checa, el hijo de Amparín, siga preparándolas como las hacía su madre y que no racanee con la cantidad y la salsa siga desbordando el plato. Pero aunque sea una razón poderosa, no es la única. En este bar también bordan el morro, los boquerones fritos o sus equivalentes en vinagre, entre otros platos que merece la pena probar.  

Entrar aquí es darte un garbeo por el pasado.  Así eran los bares cuando yo era pequeña. Sin luz tenue, sin jardines verticales en la pared ni baños de diseño. Sin tonterías. Porque al bar se va a lo que se va, no a hacerse fotos para Instagram.  Y este es uno de esos sitios que mantienen la esencia (mesas y sillas de formica, toneles de vino y cajas de cervezas amontanadas) y nos recuerdan de donde venimos. A esto, se suma un servicio rápido y eficaz (cosa a valorar cuando te mueres por una cerveza) y un trato de esos que hacen que quieras volver cada vez. 

Larga, muy larga, vida a la Taberna Amparín. 

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