Teatro y danza

El Evangelio de las amigas según Arantxa Cortés

La dramaturga y directora de escena asume también el protagonismo de su obra 'La fe', donde sube el afecto femenino al altar

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VALÈNCIA. Hace un par de años, Arantxa Cortés se encalló en el laboratorio de escritura del Institut Valencià de Cultura, Insula Dramataria. Su tutor, Paco Zarzoso, no le pidió entonces, exactamente, que tirara la toalla con su exploración escénica de la sanidad pública, sino algo más incómodo y honesto. El cofundador de Hongaresa Teatre le instó a que mirara hacia su interior. Aquello que rumiaba no iba de hospitales.

La dramaturga entendió que lo que estaba escribiendo no era una crítica al sistema sanitario, sino un duelo que casi nunca se nombra: el de una amistad rota. De aquel punto de partida solo han quedado sus protagonistas y el título, La Fe, pero ya no referido al edificio ubicado en el barrio de Malilla, sino a una forma de creer y de querer habitualmente relegado a un tercer plano tras el vínculo con la familia y la pareja. 

Esta ficción autorreferencial se representa del 20 al 22 de febrero en Espacio Inestable reivindicación la amistad femenina como el gran relato afectivo de una vida.

“A mí me han enseñado a escribir desde la herida para desde lo individual elevarla a una experiencia compartida”, explica Cortés sobre su proceso creativo habitual. Si en el pasado ha escrito sobre la despoblación rural en Els diumenges són dies de descans y la dismorfia corporal en Core, ahora pone palabras a un trance por el que muchas otras mujeres pasan y han pasado pero no han encontrado palabras para nombrarlo. 

“Cuando empecé a investigar me di cuenta de que no había películas ni series ni relatos sobre esto”, lamenta. El duelo por una amistad femenina ha quedado fuera del imaginario cultural dominante, eclipsado por el peso del amor romántico. 

La fe presenta a dos hermanas que no comparten apellido ni ADN, pero sí horas de intimidad. Se conocen con seis años en una ermita de barrio, y la obra las acompaña durante 20 años, hasta su separación. A lo largo de la trama, dividida en dos partes, el vínculo se reconfigura y se jerarquiza, hasta que un día, sin un gran conflicto, se rompe. Simplemente, por el paso del tiempo.

Ahí está uno de los elementos más dolorosos de la pieza, cuando todo se acaba sin que haya ocurrido nada concreto. 

La amistad que retrata la propuesta tiene la intensidad de un primer amor y la confianza que solo parece brindarte una familia. Es aquella que te ha visto vomitar, mearte encima, dar tu primer beso y ponerte tu primer tampón. La tesis sobre la que se sostiene la obra de Cortés parte de una pregunta: ¿qué pasa cuando tu hermana es, en realidad, el gran amor de tu vida?

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Sororidad, envidia y contradicción

La autora es consciente de que las relaciones entre mujeres han sido históricamente representadas desde la rivalidad, la envidia y el resquemor. Y aunque reivindica la sororidad como práctica política y afectiva, no esquiva las contradicciones en las que caemos por una educación basada en la competencia, en la comparación con tus iguales para medirte en inteligencia y en belleza.

“Somos personas complejas -concluye-, eso existe en nuestras cabezas y es muy difícil romperlo, pero creo que mostrándolo, aunque sea incómodo, también ayudas a reflexionar sobre las críticas que puedes dedicar a otra mujer porque está con el chico que te gusta o porque sentimos que ha hecho antes algo que nosotras también queríamos hacer”.

Durante el proceso de escritura, Cortés probó distintas configuraciones, dos amigas y dos amigos, pero finalmente, se quedó solo con ellas. “La amistad entre mujeres es muy distinta. Mientras los hombres generaban amistades fuera del círculo de la casa, al salir a trabajar, han generado tradicionalmente vínculos fuera de la casa, las mujeres hemos estado en un círculo íntimo, resguardadas en el hogar”. 

De esa domesticidad compartida ha surgido, en opinión de la directora de escena una tendencia hacia conceptos íntimos a los que ellos no han podido llegar y están descubriendo ahora. “Creo que nosotras tenemos un tipo de comunicación mucho más abierta, de entendimiento, nos contamos nuestras penas, nuestras alegrías. El cuidado entre mujeres siempre ha existido, basta mirar a las abuelas hablando con las vecinas, apoyándose en la que es una relación muy fraternal, muy de familia”.

Por eso, cuando ese vínculo se rompe, el dolor se parece al de una separación amorosa. O incluso lo supera.

Biblia de extrarradio

Aunque el título remite inevitablemente a la religión, como también el vestuario que en el cartel visten sus protagonistas, La fe no es una obra confesional. La dramaturga no es católica, pero ha crecido rodeada del imaginario cristiano, y lo utiliza como estructura y fuente de metáforas. Las partes en que se divide la obra responden a versículos bíblicos. Hay dos grandes bloques: el Antiguo Testamento, donde se narra la creación del vínculo entre los personajes interpretados por Arantxa Cortés y Paula Vélez, y el Apocalipsis, donde llega la fractura.

Dios no aparece como entidad religiosa, sino como concepto mutable: puede ser una voz interior, un pepito grillo, una mosca. La fe no se deposita en lo divino, sino en las amigas. Cortés lo condensa en una frase: “Yo no le rezo a Dios, le rezo a mis amigas”.

Arantxa se excusa y explica que escribió esta pieza en 2023, ajena al resurgir católico que se venía, y ha encontrado sus principales puntales en la película favorita para los Goya, Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, y el nuevo disco de Rosalía, Lux

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El juego con lo religioso en el caso de La fe es irónico. Aparece el beso de Judas, la negación de Pedro cuando traicionan a Jesús, y na de las protagonistas viste un hábito que no es tal, sino moda. La puntilla cristiana se mezcla con el extrarradio, con el chándal en un vestuario firmado por Irea Lemus y Paola Muñoz Puig que hace comulgar lo onírico con lo barriobajero. El espacio, de hecho, no es neutro. La escenografía de La fe remite al extrarradio, y eso atraviesa toda la propuesta. Cortés se reivindica como creadora de clase obrera y sitúa ahí su mirada. “La amistad es diferente cuando no lo tienes todo. Ni mejor ni peor, pero sí está más marcada por la necesidad, por la ayuda mutua, por darse la mano”.

Frente a un teatro históricamente elitista, la autora apuesta por un teatro que hable de otras realidades, de la suya, de hecho.

La dimensión política de su espectáculo se extiende al equipo artístico, compuesto íntegramente por mujeres. Lucía Gea, la primera mujer residente en la discoteca Spook. asume el espacio sonoro en directo desde el altar, mezclando tecno y música celestial en un set que invoca la fiesta y la liturgia. Su presencia resignifica la figura de Dios y pone el foco en la escasez de mujeres diyéis.

Todo dialoga con una escenografía pensada como un tríptico, que se despliega, de izquierda a derecha en génesis, desarrollo y apocalipsis.

Nuevos referentes para vínculos de siempre

Cortés cita a Nan Goldin, la gran renovadora de la fotografía documental en el siglo XX,como uno de sus grandes referentes. En su trabajo de visibilización del género y de la identidad, en su retrato de la contracultura en los años setenta y ochenta, de la sexualidad, de las adicciones, de las comunidades en los márgenes y de la violencia tuvieron mucho peso la familia que eligió. Como aseguró en una frase que ahora recoge Arantxa: “Si escapé, fue por mis amigos”.

Referencias recientes como la película Las chicas están bien de Itxaso Arana o el libro Amiga mía de Raquel Congosto apuntan en esa dirección. También los textos en los que el filósofo Paul B. Preciado cataloga los vínculos emocionales, cuestionando la centralidad de la pareja y la familia. La amistad empieza a reclamar el lugar que siempre ha ocupado en la vida real.

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