VALÈNCIA. Detrás de la imponente fachada neoclásica del Teatro Principal de València, una tragedia estaba pidiendo paso más allá del escenario. El cierre abrupto por parte de la Diputación de Valencia, tras un informe pericial que señalaba un peligro real para el público, ha desvelado años de falta de mantenimiento y rehabilitaciones necesarias pero postergadas infinitamente durante legislaturas.
Tal y como aseguran todas las conversaciones sobre esta crisis durante estas dos últimas semanas, la sorpresa fue el anuncio, pero la degradación de una de las principales dotaciones culturales de València era visible a los ojos de todo el sector y público que fue pasando por allí los últimos años. Lo evidente también estaba sobre papel; no solo en el informe pericial que ha catapultado el cierre, sino, tal y como adelantó este diario, un informe entregado en 2022 que ya señalaba casi los mismos problemas.
Un símbolo de la degradación paulatina del Principal fue que, poco a poco, se iban apagando las luces del edificio: en los últimos años experimentó una pérdida importante de aforo, las butacas se acumulan como trastos viejos, los espacios nobles se pudrían por filtraciones y los técnicos trabajaban en condiciones de precariedad extrema.
Punto por punto. Aunque el teatro cuenta con una capacidad máxima teórica de 1.198 asientos —sin contar los ya clausurados gallineros—, la realidad de la taquilla era muy distinta: en los últimos tiempos, apenas se podían poner a la venta 724 localidades. ¿Dónde han ido a parar los casi 500 asientos restantes?
La respuesta se encuentra al cruzar las puertas de acceso restringido. El Plan Director del teatro, el de 2022, revela que el edificio sufría una "importante carencia de espacio para almacenaje", lo que empujó a los gestores a colonizar cualquier rincón disponible. Las tribunas del tercer piso (cuarto nivel) se convirtieron entonces en un cementerio de mobiliario donde "se acumulan las butacas sin utilizar". Los antiguos guardarropas, que debían dar servicio al público, funcionaban como almacenes improvisados para la sala. Incluso la galería de la fachada principal, una de las zonas arquitectónicamente más valiosas del inmueble, se llegó a utilizar como pasillo y depósito de materiales.
Además, las butacas del tercer piso también estaban completamente clausuradas para servir de soporte a los focos de la sección técnica, mientras que el palco principal —el espacio de mayor representatividad social del diseño original— había sido reconvertido en cabina de control técnico.

- A la izquierda, humedades en las oficinas del Escalante; a la derecha, butacas acumuladas. -
- Fotos del Plan Director (2022)
Inutilizado, ergo desmantenido
La conversión de zonas de público en almacenes no solo mermó la rentabilidad del teatro; sino que fue otro factor detonante del grave proceso de deterioro del edificio debido a la falta de mantenimiento ordinario. Al llenarse de bultos y objetos sin ningún orden, las zonas quedaron prácticamente abandonadas. Al estar clausuradas al público, las administraciones dejaron de atender esas zonas.
Con el paso del tiempo, el agua ha sido el enemigo más implacable de las mismas. El diseño de la cubierta del Sector 1, que vierte las aguas hacia canalones interiores para no romper la estética de la fachada, exigía un control que el Plan Director señala que no se realizaban. El informe técnico detalla cómo las goteras, que durante meses dieron "avisos visuales" evidentes, fueron ignoradas hasta que las filtraciones de agua de lluvia atravesaron los techos de unas oficinas, también abandonadas, y llegaron hasta la tercera planta, donde se ubicaban las del Teatro Escalante.
La humedad también amenazó directamente la estructura portante de madera del edificio y los tradicionales cielorrasos de cañizo, elementos de altísimo valor histórico que hoy se encuentran en una situación de vulnerabilidad extrema.
Evaluación a oscuras
Tanto el Plan Director como el reciente informe pericial confiesan también que sus conclusiones sobre algunas zonas son incompletas fruto de la imposibilidad de los propios técnicos para evaluar el estado real de conservación debido a la precariedad de sus accesos y la falta de medidas de seguridad.
Durante la redacción del informe, los especialistas se toparon con "zonas sin acceso" o elementos que no pudieron ser inspeccionados adecuadamente. Por ejemplo, en 2021, la ausencia de líneas de vida certificadas en las cubiertas impidió comprobar el estado de los canalones, mientras que en el interior, los falsos techos históricos de cañizo carecían de accesos auxiliares que permitan examinar las estructuras ocultas.
El informe también describía accesos a las salas técnicas "precarios, estrechos y no accesibles", con desniveles acusados y escaleras peligrosas. En una pasarela a 13 metros de altura, la falta de barandillas y líneas de vida obligó en su momento a colocar carteles de "prohibido el paso" que los trabajadores se veían obligados a mover para poder operar el teatro.
La pérdida y abandono de espacios fue la medida urgente para ir controlando un edificio que ya clamaba una rehabilitación; un conato del incendio que se ha desatado años después y que tendrá consecuencias económicas para las administraciones que se hagan cargo y para el sector local, que pierde un espacio crucial.