Teatro y danza

'Matres' o el aprendizaje de la despedida

El Teatro Principal estrena una obra de teatro íntimo, con máscaras y títeres, donde el público se sube al escenario para abordar el duelo

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VALÈNCIA. A cada rato hay coincidencias en el espacio-tiempo cultural que unos llaman serendipia y otros copia, cuando la mayoría responden a ese término alemán que hemos abrazado y se puede traducir como el espíritu del tiempo, zeitgeist.

Este próximo fin de semana se va a producir una de estas sincronías que responden a un mismo pálpito intelectual, ético y político. El sábado concurren en los Goya una ficción y un documental de dos creadoras que han encarado la muerte temprana de sus padres en la vida adulta: Romería y Flores para Antonio. Carla Simón desde la ficción autobiográfica y Alba Flores desde el documental intimista han expuesto sus heridas abiertas para sanearlas a ojos de todo aquel que se asome a una pantalla. Otro tanto ha hecho Pol Guasch con su relato memorialista sobre el suicidio hace una década de su padre, Reliquia (Anagrama, 2026), ya a la venta en librerías

En el caso del actor Jordi Pedrós, el trance es distinto. Los días 27 y 28 de febrero, encara el fallecimiento de su madre en la niñez, pero en vivo y sobre un escenario. El Teatre Principal acoge la representación de dos funciones de Matres, de la compañía que codirige junto a Cristina García, Campi qui pugui, donde ahonda tanto en esa pérdida como en el afecto y en el sostén de las que considera también sus madres: su abuela y su tía.

“El arte nace históricamente de una necesidad de entendernos a nosotros mismos, así que ciertas preguntas o inquietudes se generan por generaciones. Según el mundo va cambiando, nos preocupan ciertas cosas y ahora mismo, la sociedad está poniendo el foco en la muerte, el duelo y el silencio”, argumenta García sobre este espectáculo reconocido el año pasado tanto con el Premio del Público de la Mostra d’Igualada al Mejor espectáculo, como con los de Mejor autoría en los Premios FETEN y Mejor espectáculo familiar de los Premis de la Crítica d’Arts Escèniques de Catalunya.

En opinión de García, el trasfondo de esta eclosión de creaciones testimoniales sobre el duelo responde a un clima generacional. “La muerte es un tabú muy grande de nuestra sociedad. Aquí lo vivimos con muchísima pena y muchísimo silencio. En otros países es algo muy normal. Todo el mundo piensa en México, pero no hace falta irse tan lejos; en Reino Unido viven el duelo como una parte de la celebración de la vida”.

La intérprete, que conforma el elenco junto a Pedrós, Cristina García, Aitana Giralt y Erik Varea, subraya la rapidez con la que aquí se gestionan las despedidas. “Enterramos enseguida, en cambio hay países que están una semana con el cuerpo presente en casa. Todo el mundo pasa, comparten cenas y comidas para poder despedirse”. Esa prisa, sostiene, deja especialmente descolocada a la infancia, porque provoca una falta de pausa para poder entender y llevar a cabo la despedida.

Diferente estatura, emociones idénticas

La historia que sube a escena es la de un niño que crece en un pequeño pueblo rodeado de pájaros y flores de manzanilla, acompañado por tres madres. Cuatro intérpretes se ponen al servicio de los recuerdos de Jordi Pedrós en una pieza que aborda la infancia, la maternidad y la muerte desde la naturalidad y el humor.

Uno de los núcleos de Matres es precisamente esa exclusión de los y las más pequeñas del ritual del deceso. “Muchas veces se cree que es mejor alejarlos de la muerte para distanciarlos del dolor, y en realidad les deja mucho vacío y muchas preguntas. El dolor sigue estando igual porque la persona ya no está. Es algo que no vas a poder evitar”.

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Para García, esa sobreprotección nace del miedo adulto. “Estamos muy acostumbrados a que el dolor es algo individual, a vivirlo solos y que no se note. Y hacemos lo mismo con los niños: que no sepan qué es el sufrimiento para que no lo experimenten todavía. Pero los niños tienen las mismas emociones que nosotros, solo son más bajitos”.

La experiencia en los colegios que visitan para preparar su asistencia a funciones escolares ha sido reveladora: “Es increíble oírles. Por ejemplo, hay niños que a veces nos dicen que de eso no se puede hablar. Les parece que si se muere alguien de tu familia es un secreto. Y eso nadie se lo ha dicho explícitamente, pero es lo que ellos leen”.

También ha sido constructivo contar con el acompañamiento de la pedagoga Alba Pelegrí, especialista en duelo infantil, durante el proceso de creación. Su asesoramiento ayudó a desmontar temores internos. “Nos estábamos censurando antes de empezar. Pensábamos que había cosas que no eran para todas las edades y nos decía que las podíamos enseñar, que no íbamos a provocar dolor”.

De aquella colaboración surgió una convicción firme: “Cuando se le quiere ahorrar a un niño el dolor de la muerte se le está negando la posibilidad de pasar esa tristeza contigo. La pena va a estar igual, pero si la puede afrontar contigo, la podrá colocar en un sitio distinto”.

A lo largo del medio centenar de representaciones que ya suma la compañía, han comprobado que los críos y las crías transitan la emoción de manera distinta. Hay escenas que les apenan, pero si en la siguiente hay un pequeño gag, se ríen, porque viven todo el tiempo en el presente, lo viven con mucha tranquilidad y se quedan enganchadísimos a la historia porque alguien les habla con normalidad”.

Matres es una creación colectiva dirigida por Rosa Díaz, con un texto firmado por el propio elenco junto a Marc Espinosa. En la puesta en escena conviven palabra, máscara, títeres y teatro físico.

El protagonista es un títere que crece ante el público, de bebé a niño y después a adolescente, mientras las tres adultas llevan máscaras. “Eso nos da una distancia que no conseguiríamos en un código realista. Si el niño fuera un actor real sería desgarrador. Así, el código está en el mundo del cuento, aunque la dramaturgia sea muy naturalista”.

La escenografía y el vestuario también suavizan el tono de la historia. La idea ha sido trasladar el recuerdo infantil al escenario a partir del uso de papel y de dibujos infantiles, que remiten a cómo dibuja su casa o recuerda los vestidos de su tía y su abuela un niño.

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Una última conversación con mamá

El proceso creativo ha sido un viaje terapéutico para Pedrós. Rosa recuerda que al principio resultó complicado, porque el actor y dramaturgo quería ser muy fiel a la historia y no decepcionar a nadie de su familia. Con el tiempo, la ficción abrió un espacio de libertad. “Le permitió ver su historia desde fuera e incluso vivir momentos que no tuvo, como una última conversación con su madre”.

Tras cerca de medio centenar de funciones, la transformación es visible, y de chocar inicialmente con muros antiguos construidos para retener el dolor, ahora, según comparte la codirectora de la compañía leridana, fluye y se ríe en monólogos que antes hacían saltar las lágrimas.

En esa vivencia compartida con la infancia, su trauma personal se torna universal, intergeneracional y entrena para la vida adulta. “A los niños les encanta oír a un adulto diciendo: ‘Esto me ha pasado a mí, te lo estoy explicando a ti’. Conectan muchísimo. Ver a alguien a quien le ha pasado algo así y que ahora es un adulto funcional con una vida feliz es muy valioso, porque implica que si a ti te pasa o te está pasando, luego serás mayor, no te dolerá y tu vida habrá sido bonita también”.

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