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VIDAS LOW COST / OPINIÓN

Tenemos más de lo que merecemos

15/12/2018 - 

A alguien le debe convenir que al cine español le vaya tan mal. Si no es difícilmente explicable que al conjunto de la creación audiovisual (con la sana excepción de la animación) le vaya tan mal en lo económico. Incluso, en lo general, aunque todavía no en un sentido creativo y ni siquiera artístico. Le va mal porque más allá de la contracción leve del negocio durante los últimos años, más allá de que una pequeña burbuja en torno a la producción seriéfila esté dando de comer a los clanes del audiovisual en Madrid, más allá del duopolio mediático-financiero (obligado por ley) que exige vivir a la sombra de los intereses fungibles que dicten Atresmedia y Mediaset, hay que acudir a las evidencias. Son palmarias.

En estos días de listas con 'lo mejor de 2018' y ante el inevitable análisis de lo sucedido con la llegada del fin de año, la viabilidad de la industria del cine en España es cada vez más enigmática. Es, ante todo, una realidad fijada en la precariedad descrita por Remedios Zafra en El entusiasmo. Un #MeToo laboral soterrado del que algún día pareceremos sorprendernos desde los medios. De otra forma, no se puede entender su existencia. Porque si se acude a los números redondos, El reino, que es, si no la mejor película del año, una de las mejores películas de la década, combina la extensa cosecha de 13 nominaciones a los premios Goya y la sincronizada genuflexión de toda la crítica con un bagaje en taquilla de apenas 1,4 millones de euros. Les pondré un ejemplo: Venom, una de las producciones menos interesantes en la historia fílmica de Marvel, recaudó en su primer fin de semana en España 3,1 millones de euros. ¡3,1!

Los 1,4 recaudados por El reino durante más de un mes de tránsito por las salas es una cifra simétrica a la ayuda que obtuvo del Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales (la ayuda máxima). Sumadas, ni siquiera alcanzan los algo más de cuatro millones que manejó de presupuesto. Y lo relevante es que no hablamos de una buena película, sino, posiblemente, de la mejor. No hablamos de que a duras penas haya cubierto su presupuesto, sino que –sin conocer los detalles que componen su balance, incluidas otras ayudas– con todo, un excepcional trabajo de un equipo artístico y técnico de dulce, ni siquiera sirve para cubrir la aventura. O sea, para moverse con garantías hasta un nuevo proyecto deseablemente igual o superior. O sea, crear empleo –sin entusiasmo–, cubrir expectativas y crecer hacia otros mercados. Ni tan solo para eso.

Es cierto que el negocio se mueve en variables de influencia distintas (bueno...) y hacia nuevos réditos. Las visualizaciones por plataforma son el otro camino, ¿pero... la panacea? ¿Da como para amortizar el invento? Encontrará El reino el suficiente retorno en la multipantalla como para que Rodrigo Sorogoyen (director y coguionista) e Isabel Peña (coguionista) puedan seguir creando como se merecen, con presupuestos suficientes y el arropo e inspiración de su talentosa cuadrilla. ¿Alguien en lo público está preocupado por este caso y por todos los otros que se permiten no hacer la mejor película del año pero siguen generando economía? ¿Sin contaminar, sobreproducir o ensamblar neumáticos, alguien en lo público reflexiona sobre la inversión de dinero también público que países como Estados Unidos, Francia o China hacen en ese escaparate de su existencia que es la cultura?

Este jueves nos desayunábamos con la intrahistoria de otro hecho para la reflexión: José Luis Cuerda se pasó años tratando de levantar financieramente Tiempo después, la costilla de esa obra maestra titulada Amanece que no es poco. ¡José Luis Cuerda, que no es poco! Que acabo publicándola en formato novela porque lo del cine ya no podía ser... ¡La continuación de una película que tiene por España a cientos de personas haciendo encuentros, congregados y activos en grupos de Facebook! Pues nada. Ni siquiera para José Luis Cuerda hay crédito entre los productores porque, seguramente, son conscientes del nulo rédito que va a reportar pasarse dos, tres o cuatro años persiguiendo ese producto inesperado que es una película. Y esa es toda su historia, de ahí –de casos como el descrito aquí– que la industria no pueda contar solo con ellos.

Por suerte, como descubrimos en el artículo de El Español, los cómicos Edu Galán, Andreu Buenafuente, Berto Romero y Arturo Valls decidieron implicarse personalmente en un legado que, como casi todo lo memorable, será posible de espaldas al negocio. Tiempo después (estreno, 28 de diciembre) es, además, una comedia, aunque eso tampoco le sirvió en su caso. Porque el mercado –o el duopolio ya citado– es lo que exige. Es lo que rinde. Del top 10 de películas españolas más taquilleras de 2018, ocho son comedias. Dos de ellas, con una recaudación excepcional: Campeones (Movistar+), que es el enésimo 'milagro' de Javier Fesser, y Perfectos Desconocidos (Mediaset), el primer cine por encargo de Álex de la Iglesia y el de mayor rédito en su importante filmografía (21 millones, la décima película española más taquillera de la historia). 

Entre dos aguas (Isaki lacuesta), ganadora de la Concha de Oro a la Mejor Película en el prestigiosamente internacional Festival de Cine de San Sebastián, lleva 60.000 euros recaudados en taquilla durante su primera semana. Quién te cantará, la tercera película y tercera obra a recordar de Carlos Vermut, no rozó ni los 200.000 euros en su paso por salas (una distancia con su presupuesto mucho más escalofriante que la de El reino). Por no citar siquiera a proyectos que pudieran generar el menor titubeo desde la crítica, en un estadio de cifras ínfimas de recaudación –antes de plataformas multipantalla y más allá del oxígeno por ayudas–, nos ahorramos el conteo de films como Petra (Jaime Rosales), La noche de 12 años (Álvaro Brechner), Les distàncies (Elena Trapé), El ángel (Luis Ortega) o Viaje al cuarto de una madre (Celia Rico). Estas últimas cinco, tan buenas que resulta imposible dudar de la salud artística del cine hecho en España siempre y cuando se vean. Para todo lo demás, tuitstars. Porque tenemos más de lo que merecemos. También de eso.

El caso valenciano es distinto porque escala a otro ritmo y late desde diferentre latitud. Optando por las nominaciones a los Goya como vara de medir, hay territorios como Andalucía –por usar otros aún mejor trabajados– que demuestran estar haciendo las cosas con más eficacia. También con más recursos. Desde hace tiempo, cierto es, porque las políticas de apoyo y capitalización de la repercusión no se miden en mandatos de cuatro años, pero las causas del agravio comparativo son multifactoriales. Sean las que sean, son reales. Eso sí, este año, con una película de gran ambición, guión y dirección: El desentierro, debut de un prometedor Nacho Ruipérez y su equipo más próximo. Que arrasara en los premios del audiovisual valenciano y que no haya rascado nominaciones a los premios estatales da para otra reflexión sobre detalles del centralismo, influencias singulares y estrategias de 'exportación'.

Y todo lo dicho, únicamente con el ojo puesto en las cuentas, que del cine es la única causa aburrida. Números, eso sí, que permiten que el arte genere autoconocimiento personal y colectivo, que mejoran las relaciones sociales y evitan desde la cultura más conflictos que los magacines matinales de Ana Rosa Quintana, Susanna Griso o Antonio García Ferreras. En una década de excepcionales trhillers y películas de género, en el año en el que la reivindicación del oficio por la bajada del IVA se cumplí –para nada; ojo a la suma de descredibilidad...–,  poco margen hay para soñar más allá de la comedia... y, en un puñado de casos, qué comedias. Las contadas ventanillas de la financiación privada apenas sirven y la competencia y la competitividad permanecen estancadas desde ni se sabe. La fotografía es tétrica, se cronifica sine die la precarización de los oficios y, lo que es peor, nadie parece preocuparse públicamente ante los hechos.

Eso sí, como espectadores, como sujetos capaces de darle más de tres millones de euros a Venom en su primer fin de semana, 12 a Cincuenta sombras liberadas o 10 a Megalodón (sí, pueden comparar las cifras), podemos insistir abiertamente en que tenemos más de lo que merecemos. Pero mucho más. Diría que basta con ver esta escena exclusiva de El reino para, quizá, recordarle a muchos todo lo que se pierden al no ser conscientes de la necesidad que todos tenemos de encontrarnos en nuestro cine (sin que eso suponga dejar de lado a Marvel). En lo concreto, después de este 2018, que no se le ocurra a nadie decir que no hay buen cine sobre los asuntos que más nos calientan, como la corrupción. Otra cosa –y otra línea de pensamiento– es si algún día seremos capaces de comprar una entrada para verlo desde una perspectiva mucho más nutritiva. Para entonces ya podremos regresar a El reino o El desentierro


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