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Tenemos que hablar de los Sparks

11/09/2022 - 

VALÈNCIA. Ahora que ya se ha estrenado en Movistar+ The Sparks Brothers, tenemos que hablar de Sparks, no conviene seguir dejando pasar el tema.  La colosal película que les ha dedicado Edgar Wright (bendito sea por hacer del “Bellbottoms” de la Jon Spencer Blues Explosion un recurso narrativo de primer orden en Baby Driver) es una buena excusa para hacerlo, aunque lo cierto sea que de Sparks hay que hablar siempre, cualquier día del año, a la hora que sea. Tenemos que hablar de Sparks porque no existe ningún grupo como ellos en el supermercado de la música pop. Tenemos que hablar de ellos, sí, porque el mundo no puede terminar de acabarse sin que se difunda un poquito más su grandeza, aunque esto no vaya a servirnos de mucho y por eso mismo sigamos mereciendo que el mundo se acabe entre titulares alarmistas y periodismo puagh. Para los recién llegados, decir que Sparks es la mejor banda inglesa que han dado los Estados Unidos (esto no es mío, lo dice alguien en el documental), y explicar que Sparks es más un dúo que una banda y que sus componentes son los hermanos Ron (el de las gafas y el bigotito) y Russell. ¿Qué les hace tan especiales y a qué viene este alboroto con lo tranquilos que estábamos -yo especialmente- después de las vacaciones? Todo esto que viene a continuación.

Con su manera de operar, de componer, de presentarse en público, los Mael contravienen todas las leyes que rigen la música pop. Al contrario que la mayoría de los hermanos que hacen rock, se llevan de maravilla. Se necesitan tanto el uno al otro para conspirar que no tiene sentido preguntarse si, después de más de medio siglo juntos y 26 álbumes registrados, alguno de los dos se ha planteado grabar por su cuenta. Sparks pueden presumir de haber sido exitosos, olvidados, infravalorados, venerados, fracasados, cada una de estas cosas en su debido momento.  Inigualables, eso es lo que son siempre. En España nunca fueron demasiado populares, ni en la era pre festivalera ni en la pos festivalera, pero tienen seguidores devotos como Hidrogenesse, Caballero Reynaldo o Víctor Gomollón, editor de Jekyll & Jill, gente especializada en hacer las cosas a su manera. El documental de Wright da fe del alcance de su obra a través de la cantidad y variedad de voces que se ofrecen a hablar de ellos: músicos (Todd Rundgren, Jane Wiedlin, Thurston Moore, Gillian Gilbert, Flea, Beck, Tony Visconti), actores (Mike Myers, Jason Schwartzman, Fred Armisen), cómicos y guionistas (Amy Sherman-Palladino, Patton Oswalt)... También se escucha la voz de Björk glosándoles en off y se echa de menos la de Siouxsie o la de alguno de los Banshees, que los versionaron por todo lo alto en 1987.

Foto: RICHARD AVEDON

Se puede decir que la verdadera historia de Sparks empieza en 1974 cuando sacan el single “This Town Ain’t Big Enough For Both Of Us”, título largo y dramático donde los haya (los Pet Shop Boys también han aprendido mucho de ellos aunque no suelan decirlo) que, después de dos álbumes, les dio su primer éxito. Entonces llegó la aparición del dúo en el programa televisivo Top Of The Pops. El cantante era guapo y hacía alarde de un falsete estremecedor; el pianista era feo y llevaba un bigote que, según se mirase, podía estar inspirado en el de Hitler o en el de Charlot. La cámara sacaba primeros planos de su gesto inmutable, como si los gorgoritos de su hermano le diesen igual. Dice la leyenda que, al verlos, Lennon telefoneó a Ringo y le dijo que acababa de ver a Hitler en la tele. Unos años después, el propio Paul McCartney se disfrazaría de Ron en el vídeo de “Comin’ Up”. Escuchando “This town...” podría parecer que los Mael son adictos al drama, pero en el fondo funcionan como el antídoto perfecto tras una exposición involuntaria a la música de Queen, que lo que quieren es que te suba la tensión porque sí. Sparks son la prueba irrefutable de que no es recomendable intentar hacer óperas cuando eres un músico pop, porque la ópera no necesita del humor, pero sin el humor, el pop puede resultar insufrible.

Mantiene John Taylor (Duran Duran) en el documental que hay que juzgar un disco por la portada: “Si la portada es horrible, no compres el disco”. Dicha teoría viene a cuento porque las de Sparks, siempre  al servicio del título del álbum y del impagable sentido del humor de los Mael, son gloriosas. Alex Kapranos, líder de Franz Ferdinand, cuenta que, en 2015, ellos y Sparks decidieron poner en marcha una colaboración de la cual habían hablado tiempo atrás. Cuando la primera maqueta llegó a su correo electrónico, Kapranos, descubrió que la canción se llamaba “Collaborations Don’t Work” (las colaboraciones no funcionan).  El cine, al igual que mala leche, también es fundamental para los Mael. Sus padres los llevaban mucho al cine y si alguna vez llegaban con la película ya proyectándose, ellos mismos se inventaban el principio. En los setenta hubo un intento de trabajar con su admirado Jacques Tati que se quedó en nada porque el francés ya estaba mayor. Tim Burton intentó llevar al cine un proyecto de los Mael, pero las complicaciones del proceso le hicieron tirar la toalla. Así y todo, no pueden quejarse. Aparecieron tocando en una de las peores películas de todos los tiempos (Montaña rusa, cine de catástrofes en el que la catástrofe es la película en sí misma) y hace unos años escribieron un musical radiofónico que hacía que Ingmar Bergman triunfara en Hollywood.

Al final ellos también triunfaron, a su manera sparks, en Hollywood; o, mejor dicho, en Cannes. Fue con Annette, una historia de Ron y Russell que Leos Carax convirtió en película en 2021, con esa apoteósica secuencia de apertura que sintetiza mejor que nada el universo Mael. Sparks, que en 1979, antes de que el pop electrónico fuese moda, abandonaron las guitarras para usar sintetizadores guiados por Giorgio Moroder, al cual volverían a llamar unos años después para hacerle trabajar con guitarras. Sparks, que titulan una de sus canciones “Rock & Roll People In A Disco World” (Gente del rock & roll en un mundo discotequero, que es como decir ahora: gente del indie en un festival de reguetón). Sparks, autores de “When Do I Get To Sing My Way?”, una canción que, de ser cantada masivamente, quizá llegara a salvar a la humanidad de su propia estupidez. Sparks, que cuando hacen un disco versionándose a sí mismos lo llaman Plagiarism. Un dúo que nunca ha hecho lo que su público esperaba que hiciera y que, sin embargo, mantiene una audiencia fiel que valora su osadía de provocadores natos. Cuando un ejecutivo les dice condescendientemente que lo que tienen que hacer es música con la que se pueda bailar, ellos graban una canción titulada “Music That You Can Dance To”. Siempre han sido fieles a sí mismos porque saben que no tienen otra opción. Son valientes, desafiantes, es un milagro que existan todavía, y el día que no existan, deberían decretarse tres días de luto a nivel global. Cualquiera que exprese la inasible complejidad de la vida usando el humor, se convierte en una presencia sospechosa. Y si además hace lo contrario a lo que el mundo espera que haga, se convierte en un problema. Es por eso que nunca deberíamos dejar de hablar de Sparks.

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