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LA LIBRERÍA 

'Transcrepuscular', una novela moluscófila y biopunk de Emilio Bueso

El autor de Castellón despliega esta vez un universo construido a la medida de su imaginación en el que humanos y gasterópodos se han unido en una simbiosis cuyo valor trasciende a lo aparente 

22/01/2018 - 

VALÈNCIA. En el mar de las etiquetas es fácil perder las referencias y acabar ahogado. En la música y en la literatura, llegan a ser tantas las categorías derivadas de otras tantas que puede parecer que hay tantas como canciones y libros: afropunk, electrocumbia, dirty south, cajún, klezmer, polka, jungle, horrorcore, honky tonk, shoegaze, infrarrealismo, ultraísmo, neorromanticismo, creacionismo, futurismo, southern gothic, spacewestern, noir, steampunk, cyberpunk, biopunk. En el arte, la cuestión taxonómica es también relevante. Taxones, taxones y más taxones. Pese a lo que pueda parecer a veces, el ser humano precisa ordenar, clasificar, pacificar el caos. Es nuestra forma de entender. Por eso respiramos tranquilos junto a la convención y se nos eriza el vello en la nuca con lo desconocido. En determinados momentos puede que afirmemos que esto no es así y que viva la asimetría, el pandemónium y el tumulto, que abajo el jardín y arriba el bosque. Nos sedujo tanto el Joker de Heath Ledger poniéndose el cañón de la pistola de su víctima en la frente y hablando de ser agente del caos y de introducir una pequeña dosis de anarquía en el plan para ponerlo todo del patas arriba porque sabemos que jamás haríamos algo así: nunca lanzaríamos una moneda para decidir lo verdaderamente importante si podemos evitarlo. O lo haríamos, pero en la mitad de las ocasiones no acataríamos el resultado.

Por supuesto, estamos hablando desde un plano macro, lo cual no quiere decir que en el plano micro esta tendencia no se rompa a menudo. A pie de calle la ruptura con la convención es una aspiración bastante común: nadie quiere hacer siempre lo de siempre. Lo rutinario aburre, decimos. La rutina mata. De ahí nuestra sempiterna búsqueda de lo original, de lo nuevo, de lo nunca visto, que es esa zanahoria de la que nacen las vanguardias. ¿Es posible ser original a estas alturas desde las que observamos el pasado con perspectiva y conocimiento de causa? Por lo menos habrá que intentarlo. Que el Homo sapiens nunca se ha caracterizado por quedarse quieto y conforme: toda nuestra historia es una huida hacia adelante atolondrada y sin un plan. Como si nuestro guía fuese el Joker. La zanahoria, siempre a la vista, siempre medio metro por delante. Pero en ese terreno que le ganamos a las zanahorias de otros van apareciendo derivaciones interesantes que dan que hablar. ¿Qué pueden tener en común los moluscos, los trenes circunvalando planetas a lo Snowpiercer, los monjes guerreros castrados, las sombras furtivas y amenazantes, los vacíos insondables, los desiertos abrasadores refugio de los desterrados y los restos de una civilización perdida? La respuesta es Emilio Bueso (Castellón, 1974) y su novela Transcrepuscular, primera de una saga que ya lleva por título Los ojos bizcos del sol y que ha publicado Gigamesh primero en una edición de lujo y después en una más asequible en formato bolsillo.

Desde la primera página queda claro que Bueso no se va a andar con demasiadas precauciones; quiere contarnos una historia diferente y lo mejor es meterse en harina cuanto antes. De ahí, este inicio tan prometedor: “Los caracoles del jardín dieron la voz de alerta. Elevaron las rádulas hacia las estrellas y bramaron al unísono. Y así empezó todo”. Así, efectivamente, empieza todo. Con caracoles que braman y estrellas, una imagen poderosa bastante alejada de la convención y que ya nos anticipaba en realidad esa sinopsis en la parte trasera del libro que habla también de huertos surcados por escarabajos de tiro, establos de libélulas y laberintos de hielo siete. Caracoles que braman, caracoles que cantan. No es un animal al que se le haya dado demasiado protagonismo nunca en la fantasía -aunque tampoco es un completo desconocido, en La historia interminable por ejemplo encontrábamos uno, uno de carreras-, y sin embargo, en este caso, los caracoles y otros moluscos juegan un papel esencial: gasterópodos y humanos aparecen unidos en una curiosa simbiosis mediante la que los segundos obtienen facultades nuevas, como dominar monturas insecto, resistir mejor en situaciones difíciles o incluso ver a través de los ojos montados en tentáculos retráctiles de sus huéspedes. “Por encima de las cabezas, los moluscos daban latigazos con los ojos y se estiraban bajo la concha; no fueron solo los burgados, los caramujos y el buccino del Galeno, es que lo hicieron hasta los sapencos, los chupalanderos, el abulón del Sacerdote y un enorme boyuno que despuntaba sobre la cabeza de alguien que se sentaba en segunda fila”. El repertorio de moluscos no acaba ahí.

Se le puede apuntar a Bueso, eso sí, que quizás se habría agradecido un mayor desarrollo de la primera parte de la novela: como decíamos, el arranque tiene fuerza, pero tras una primer episodio donde la acción nos sumerge de lleno en el personalísimo universo que el autor presenta, se nos ofrecen ciertas respuestas antes siquiera de que hayamos podido madurar las preguntas. Es evidente que Bueso quiere mantener el ritmo trepidante con el que se abre Transcrepuscular; su intención es llevarnos cuanto antes al road trip salvaje que con toda seguridad bullía en su mente cuando comenzaba a escribir, lo cual no es negativo; de hecho, se agradece que se nos deje caer en mitad del conflicto sin contemplaciones confiando en nuestra capacidad para ir situándonos a medida que avanzan las páginas y nos vamos familiarizando con la peculiar sociedad moluscófila de la historia. No obstante, el misterio inicial podría haber dado mucho más juego, máxime siendo el libro un volumen de una serie. Con todo y con eso, Bueso despliega a un buen número de personajes en el tablero y pronto se nos olvida que Transcrepuscular podría haber sido más largo y nadie habría sufrido por ello: desde el alguacil castrado de talante marcial que nos acompaña desde la primera escena hasta un paria del extrarradio dominado por un extraño apéndice, todos con sus respectivas monturas-insecto que sin pretenderlo el autor -porque el vínculo no es ni mucho menos evidente-, traerán a algunos a la memoria una maravillosa y poco convencional también película de cuando niños llamada FernGully.

 No cabe duda de que Bueso quiere crear un cosmos más allá de lo habitual, y no cabe duda tampoco de que las primeras piedras han sido dispuestas: ahora solo queda esperar y confiar en que las próximas entregas no se demoren, porque más allá de las primeras claves, se intuye un futuro con recorrido, un horizonte con tentáculos, un rastro untuoso de enigmas por resolv


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