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La nave de los locos  / OPINIÓN

Una calma tensa

Con el Gobierno y sus propagandistas de vacaciones, el país se ha tomado un respiro. Serán tres semanas y hay que aprovecharlas. Este tiempo muerto precede a un mes de septiembre cargado de los peores presagios. La calle da señales de agotamiento y hartazgo. Otoño marcará el futuro de una legislatura que deseamos ver muerta    

16/08/2020 - 

Las esquinas de la ciudad se están llenando de pobres. Pobres siempre ha habido y habrá, ya lo avisó Cristo, pero parece que este mes se han multiplicado. Los turistas han sido sustituidos por los mendigos, lo que ensombrece la promesa de recuperación anunciada por la hija de Calviño. 

España es un país con una larga tradición de pedigüeños y pícaros. Algunos han llegado a ministros. La literatura del Siglo de Oro se refiere a ese mundo de menesterosos y avispados que brillan en épocas de escasez. Las crisis vacían los bolsillos y los estómagos, pero son agua de mayo para la creatividad de los artistas. Que se lo pregunten a Quevedo y Velázquez, súbditos de una monarquía arruinada y notarios excepcionales de una decadencia a través de su literatura y su pintura. 

Cuando uno sale a la calle, encuentra pruebas del desgaste anímico de la gente. De mis conversaciones con unos y otros capto un hartazgo que ya no se disimula

No existe hoy un Quevedo para retratar la decadencia de un régimen que ha dado todo lo que podía dar de sí. Lo que vendrá después es terra ignota. Todo lo que parecía sólido se ha desmoronado. Las instituciones están desprestigiadas; los intelectuales    —si los hay— enmudecen por conveniencia o cobardía, y la población está convenientemente amedrentada. 

Sensación de fin de ciclo

Hay una sensación de fin de ciclo, pero no hay alternativa a la vista. Por ningún lado se ve a nadie con autoridad para tomar el timón de un barco que zarpará rumbo a un mar embravecido en septiembre. 

Esta ausencia de liderazgo es visible en el Gobierno calamidad. Desde hace unos días el presidente maniquí y sus ministros descansan en sus lugares de vacaciones. Surgen dos dudas razonables sobre el tiempo de asueto del Ejecutivo: la primera es si es oportuno veranear en un país que amenaza ruina, y la segunda es si se merecen esas vacaciones después de su desastrosa gestión de la pandemia. Hay quien sostiene que deberían  limpiar letrinas como castigo.

Entretanto, el Estado ha quedado en manos de subsecretarios. No consta que el país haya mejorado; sigue en caída libre. Los brotes se han disparado gracias al galimatías autonómico. Continúan cerrando pequeños comercios. El turismo no levanta cabeza. Miles de ERTE no se han cobrado todavía. Y ahora un insecto detectado en Andalucía amenaza también con transmitirnos el virus del Nilo. Y luego está lo de Ponce.

Clientes de La Bodega de Serapio, en Albacete, donde el autor tomó notas para este artículo.

Los propagandistas, de vacaciones

Ante esta catarata de malas noticias urge el regreso de los propagandistas de las televisiones amigas. Pero siguen de vacaciones, y no en Mazarrón, precisamente. Siento curiosidad por lo que diría el gordito Ferreras, que es el Emilio Romero del Régimen actual, para exculpar al Gobierno del caos sanitario. ¿Culparía su pareja, experta en detectar bulos de fascistas, a Santi el Asirio y a la extrema derecha? ¿Volvería el Gran Wyoming a desenterrar la momia de Franco para tapar la mugre contable del partido liderado por los ceausescu madrileños? Siempre les quedará al itinerante Juan Carlos para confundir al personal. 

Hace poco que se marcharon y ya extrañamos, como yonquis sin camello, sus dosis diarias de agitación y mentiras. El Gobierno lo acusa también. Con los voceros  millonarios de relax, y una televisión pública que no ve ni dios, el poder tiene dificultades para colocar sus mensajes en los informativos. En esta larga batalla que se libra desde marzo, la realidad ha recuperado terreno a costa de la propaganda mendaz. No todo está perdido. Perseveremos.

Porque si uno sale a la calle y tiene ojos para observar y oídos para escuchar, encuentra pruebas del desgaste anímico de la gente. De mis conversaciones con unos y con otros capto un hartazgo que no se disimula como meses atrás. Hay un runrún creciente contra el Gobierno que no se sabe cómo acabará. En estos momentos todo es posible, desde que la calle estalle hasta que cada cual interiorice un fracaso colectivo como individual, y se quede amargado en casa, como en la crisis de 2008, y pida cita para el psiquiatra. 

Escaparate de un comercio textil de Benidorm que cerrará a finales de este mes.

Todo pasa por los Presupuestos 

Estas semanas de agosto son de calma tensa. Nos debatimos entre la resignación y el deseo de acorralar a un Gobierno enemigo de nuestro porvenir. Con ellos la ruina está asegurada. Como saben lo mucho que se juegan —el poder y el dinero—, harán todo lo posible por sobrevivir al otoño. Si el presidente maniquí lograr sacar adelante los Presupuestos, habrá que ir pensando en pedir asilo político en Portugal. 

Septiembre se acerca con malos augurios, pero aún quedan quince días de un agosto irreconocible. Como tantos compatriotas, he renunciado a viajar y me he conformado con un veraneo a lo pobretón, que recuerda a las primeras temporadas de Cuéntame. Cuando no estoy en hospitales o centros de salud, me permito unos caprichos modestísimos. Hay días en que salgo a última hora de la tarde, cuando el calor ha aflojado, para ir a la heladería de mi calle, y otros en que me siento un príncipe de Gales tomándome una copa de vino blanco (2,20 euros) en el patio de La Bodega de Serapio, rodeado de gente educada que no levanta la voz cuando habla, y sonríe y ríe como si el fin del mundo no les estuviese esperando en septiembre.   

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