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'LA CIUDAD Y SUS VICIOS'

Una ‘Galia’ en Campanar: el pueblo al que Valencia debería ir de excursión

En el ala oeste de la ciutat, y entre viales y mazacotes urbanísticos, yace un pueblo en miniatura que resulta insólito. La vida en el Campanar auténtico...

7/05/2016 - 

VALENCIA. “La de aquí debe ser la única plaza del mundo que solo tiene un bar”, dice Pep. “Venir aquí es la mejor terapia antiestrés”, apunta María. “Cada vez que vengo y subo una foto a las redes sociales la gente me pregunta en qué pueblo estoy, no saben que donde estoy es en Valencia”, reconoce Andreu.

Todos se refieren a un mismo punto en la cartografía valenciana: uno insólito por el shock que causa para el primerizo, uno aislado entre aguerridos viales. Es Campanar. Pero como ocurre con la falange, hay un Campanar más auténtico que los otros. Es éste. Encasillado entre el Campanar de edificios desarrollistas de los años noventa y el desorbitado boom boom del ladrillo que simboliza Nou Campanar. 

Entre mazacotes la aparición repentina. Suena el reloj del campanario y son las 16.30 en el retén de la serenidad. Hay algo extraño en Campanar: su imprevisibilidad. Nada en el contexto hace indicar que al cruzar esa calle, al colarnos por aquella rendija, aparecerá intacto un pueblecito valenciano. Observado desde arriba por edificios altos. Como el valle que desde abajo ve la montaña circundándole. Las garras del desarrollismo milenario no pudieron deglutir el pequeño pueblo. O al menos no del todo


Un matrimonio octogenario desempolva un asiento de la plaza antes de recostarse sobre él. El tiempo se para. Unos metros más allá la ciudad circula vertiginosa (todo lo vertiginosa que puede circular una ciudad tranquila como Valencia). Pero en la fortaleza del Campanar histórico, el ritmo se reblandece. 

El colegio de arquitectos al hablar de este núcleo sobresaliente lo hace en términos de subsistencia: “Desprovisto de sus espacios de cultivo en los años 90 del s. XX, resta el conjunto de la plaza de la Iglesia y algunas calles adyacentes como ejemplo de asentamiento rural con un estimable conjunto de edificios a caballo entre los siglos XIX y XX, que responden a la tipología propia de los labradores: construcción de dos crujías con entrada central prevista para el acceso de los carros y caballerías hasta las cuadras situadas en la parte posterior de la parcela, y dormitorios en fachada”.

En la calle del Barón de Barxeta (comúnmente el carrer dels porcs) cae la solana. Es una de las vías más entrañables que tiene Valencia, recta como la saeta. Tiene el Campanar auténtico casas tan pintorescas, una trama encrucijada, que parece construido en miniatura, una maqueta para recordar que todo este oeste era antes tal que así.

A las cinco he quedado con Pep, vecino popular que con un manojo de hierba santa llega de la universidad. Pep dirige el máster de fotografía de la UPV y volvió al barrio hace diez años, impelido por sus ganas de vivir allí donde había nacido. “Cuando traigo a profesores desde Estados Unidos y vienen a cenar a casa me exclaman: ¡esto es el túnel del tiempo!”. Verdaderamente, lo es. Valencia debería venir aquí de excursión para reconocerse a ella misma.

- ¿Por qué esta parte de Campanar es tan distinta a todo lo que lo envuelve, Pep?

- Sociológicamente hay un gran sentimiento de pueblo. La gente todavía dice “me voy a Valencia” a pesar de que forma parte de ella. La mayoría de habitantes son familias de Campanar desde casi siempre. Y la trama urbana sigue siendo la del pueblo original. Aquí la gente no se va nunca… 

- ¿Por qué se ha conservado intacto ese espíritu genuino, esa misma arquitectura?

- Porque se protegió por ley pero también por su propio aislamiento entre cuatro grandes vías, como en un cuadrilátero. El aislamiento ha hecho que todo se conserve como era.

Parece prodigioso que en pleno distrito 15, en el que la voracidad inmobiliaria fulminó configuraciones arrastradas desde nuestros árabes y trazó líneas a convenir, esta Galia se mantenga impasible. Hace poco tiempo Pep y los suyos aprovecharon las fiestas tradicionales de febrero para que un puñado de fotógrafos retrataran a sus gentes en plena celebración. En las fiestas de junio esas mismas imágenes se colgaron de las rejas en fachadas preciosas. Campanar celebrándose. 

En Campanar -”el auténtico, puntualízalo”- hay un bar en la plaza, un casino, una banda de música gloriosa y una falla. Podríamos creer que todo se trata de un decorado para una peli sobre pueblos enarbolando #orgullvalencià. De Campanar no se sabe si su toponimia llega por un campanario -no había en su origen, se especula-, por sus campos o por todo lo contrario.

Andreu, hijo pródigo que volvió a la frontera hace pocos meses, define descriptivo la sensación que a uno le estalla en la cara al cruzar el zaguán: “entrar en Campanar es dejar atrás la ciudad, retroceder cincuenta años y saborear las calles, más tranquilas que las de otros pueblos de l’Horta. Es una sensación extraña, de fascinación continua: te incita a perderte”.

Y seguimos. “Huele al Forn de Manuela, a risas de pequeños jugando en la plaza de la iglesia, a charlas de gente mayor a la puerta de la frutería. Representa la posibilidad de desconectar a placer de la ciudad, olvidarte del tráfico, de los runners, de los claxons, del olor a gasoil… Es un reducto precioso de humanidad a la vera de autovías y centros comerciales”. 

En todas las aproximaciones, una misma cuestión: Valencia no nos conoce. “Quizá mejor así”, descerraja Pep sonriendo. Adentrarse en el Campanar fetén es para el principiante hacer turismo. “Cuando llevo a alguien que no lo conoce -cuenta Andreu- se sorprenden por la transición tan rápida entre los bloques de fincas y las casas de dos alturas, se maravillan por cómo no conocían este lugar tan especial de la ciudad. Porque en realidad Campanar no es ‘ciudad’, les contesto yo”. 

Decidido: por su bien no le contéis a nadie que en mitad de Campanar está el Campanar auténtico, una Galia sobresaliente, como de otro tiempo. 

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