VALÈNCIA. Durante las semanas que siguieron a la Dana del 29 de octubre de 2024, miles de jóvenes valencianos se convirtieron en una de las imágenes más reconocibles de la respuesta ciudadana a la catástrofe. Fueron quienes retiraron barro de las calles, repartieron alimentos, ayudaron a limpiar viviendas y sostuvieron una red de solidaridad que llegó allí donde todavía no alcanzaban los recursos públicos. Una movilización espontánea que conmovió a buena parte de la sociedad.
En Japón, sin embargo, escenas como esas no suelen interpretarse como algo extraordinario. En un país acostumbrado a convivir con terremotos, tsunamis e inundaciones, la participación de niños y adolescentes en situaciones de emergencia forma parte de una estrategia que se trabaja durante años desde las escuelas y las propias instituciones. La diferencia es que allí la implicación de su población más joven no surge solo cuando llega la emergencia. Se cultiva mucho antes.
Esa idea sobrevuela el informe 'De lo urgente a lo importante: la juventud en la reconstrucción después de la Dana', elaborado por la ONG Plan International y financiado por el Ministerio de Juventud e Infancia. El estudio concluye que muchos de los adolescentes que desempeñaron un papel activo durante la emergencia sienten que su voz apenas está siendo escuchada en el proceso de reconstrucción de sus municipios.
Una reflexión que contrasta con las enseñanzas que el país nipón ha extraído tras décadas enfrentándose a grandes desastres naturales y que centró la intervención de Carmen Grau (Tavernes de la Valldigna, 1984), investigadora del Institute for Sustainable Community and Risk Management de la Universidad de Waseda, una de las expertas valencianas con mayor trayectoria en gestión de desastres.
Doctora en Historia Contemporánea por la Universidad Complutense de Madrid con una tesis sobre la resiliencia de las mujeres japonesas ante las catástrofes, Grau ha desarrollado trabajo de campo en Fukushima, ha colaborado con Naciones Unidas en América Latina y lleva años estudiando cómo responden las comunidades antes, durante y después de una emergencia.
La formación debe comenzar en la infancia
Su interés por esta materia también tiene una raíz personal. "Yo viví la riada del 96 en Tavernes", recuerda Grau, una experiencia que acabaría marcando una trayectoria profesional desarrollada entre España, Japón y distintos proyectos internacionales centrados en la reducción del riesgo de desastres. Para la investigadora, la principal diferencia entre Japón y otros países no está en los recursos ni en la tecnología. Está en cuándo se actúa.
"Nosotros consideramos que la prevención y la reconstrucción son las más importantes. Sobre todo la prevención es la fase donde más tenemos que invertir y, lo que no hagamos ahora, en la reconstrucción no lo vamos a poder recuperar", afirma Grau. Mientras gran parte de las sociedades concentran sus esfuerzos cuando la emergencia ya se ha producido, Japón lleva décadas apostando por preparar a la población antes de que ocurra.
La formación comienza en la infancia y continúa durante todas las etapas educativas. Los estudiantes aprenden a identificar riesgos, conocer su entorno y reaccionar ante distintos escenarios. Los docentes reciben formación específica y los simulacros forman parte de la vida cotidiana de los centros educativos. "Los niños japoneses se forman en las escuelas, los profesores también reciben formaciones y todo está muy bien insertado en el ayuntamiento, a nivel autonómico y a nivel estatal", señala la investigadora. "Allí el desastre es una cuestión de Estado y una cuestión social prioritaria", añade Grau.
Casos de éxito japoneses
El objetivo es sencillo: que la población conozca perfectamente su territorio antes de que aparezca una amenaza. "Conocer muy bien tu territorio, conocer muy bien qué lugares son tus espacios de evacuación, qué rutas... eso es muy importante", explica la investigadora. El mejor ejemplo de esa filosofía llegó en 2011. Cuando un terremoto y el posterior tsunami golpearon el noreste de Japón, algunos adolescentes reaccionaron con una rapidez que sorprendió incluso a los adultos. Habían recibido formación específica años antes y supieron interpretar el riesgo cuando apenas había tiempo para decidir.

- Imagen de Aldaia tras la Dana. - Foto: KIKE TABERNER
"Supieron medir el riesgo y salvaron al resto de personas mayores. Fueron los adolescentes los que supieron actuar mejor que los adultos", relata Grau. Aquella experiencia acabó convirtiéndose en una de las muestras más conocidas de la educación preventiva japonesa. Pero no fue la única. La investigadora recuerda también el caso de una escuela que permaneció aislada durante semanas tras un tsunami.
Sin agua corriente, sin electricidad y sin posibilidad de recibir ayuda inmediata, el centro acogió a toda una comunidad. El agua de la piscina se utilizó para cubrir necesidades básicas de higiene y saneamiento; las instalaciones se reorganizaron para atender a personas mayores, enfermos y menores; así como los vecinos crearon equipos encargados de coordinar el reparto de alimentos, la limpieza y el funcionamiento diario del refugio.
Más allá de la capacidad de supervivencia que demostraron durante aquellos días, Grau destaca la importancia que Japón concede a la transmisión de estas experiencias. En varias de las zonas afectadas por el tsunami, antiguos centros educativos devastados por la catástrofe se han conservado como espacios de memoria donde los supervivientes explican a las nuevas generaciones qué ocurrió y qué enseñanzas dejó aquella tragedia. "Hay un instituto que quedó arrasado. Los japoneses lo han dejado tal cual y lo han habilitado como una especie de museo de la memoria", explica.
Una experiencia que se traslada a Catarroja, Aldaia y Massanassa
Parte de esas enseñanzas ya han comenzado a trasladarse a algunos de los municipios valencianos afectados por la Dana. Grau participa junto a investigadores de la Universitat Politècnica de València (UPV) y de la Universitat de València (UV) en un proyecto para revisar los planes de gestión del riesgo de inundaciones de Catarroja, Aldaia y Massanassa.
El caso más avanzado es el de Catarroja, que el pasado mes de febrero organizó el primer simulacro integral por riesgo de inundaciones realizado en uno de los municipios de la 'zona cero'. El ejercicio movilizó a cerca de 5.000 vecinos y permitió poner a prueba los sistemas de alerta, evacuación y coordinación municipal ante un escenario de lluvias extremas. "Eso lo diseñamos nosotros a raíz de este trabajo", explica la investigadora.

- Simulación de un Cecopal en Catarroja. - Foto: AYUNTAMIENTO DE CATARROJA
El simulacro forma parte de un proceso más amplio que incluye la revisión de protocolos, la identificación de mejoras y la formación de la población. "Lo que hemos tratado de hacer con el proyecto es revisar el plan de riesgo de inundaciones y ver, a raíz de la Dana, qué mejoras se pueden dar y qué protocolos. Hemos hecho una propuesta de protocolos y hemos metido mucho esa parte de formación", señala.
Catarroja es, por el momento, el municipio donde más se ha avanzado. En Aldaia y Massanassa los trabajos continúan todavía en fases previas de análisis y preparación. El objetivo, explica Grau, es seguir avanzando hasta poder desarrollar iniciativas similares.
Integrar la perspectiva de género en la prevención de emergencias
Sin embargo, la experta insiste en que el principal error sería entender estas actuaciones como medidas excepcionales ligadas únicamente al recuerdo de la Dana. "La administración tiene que ver la importancia de que esto sea un trabajo continuo, que no se haga ahora este año y el siguiente y luego nos olvidemos", advierte.
A su juicio, la formación ciudadana, la actualización permanente de los planes de emergencia y los ejercicios prácticos deberían consolidarse como herramientas habituales de preparación. "Este trabajo de prevención, de participación ciudadana y de formación tiene que ser un trabajo continuo y el simulacro tendría que ser todos los años", insiste Grau.
Además, la reconstrucción no puede limitarse a reparar infraestructuras. También debe incorporar las necesidades específicas de los colectivos más vulnerables. "Tienes que incluir la perspectiva de género", sostiene. Una cuestión que, según explica Grau, afecta incluso a aspectos aparentemente sencillos: "Si preparas una mochila de emergencias y te dejas las compresas, eso es un problema. Lo mismo ocurre con pañales para bebés o con las necesidades de una persona mayor".

- Imagen de archivo. - Foto: ROBER SOLSONA / EP
Aunque considera que se ha trabajado mucho desde octubre de 2024 y en condiciones especialmente complejas, Grau cree que todavía existen prioridades que deberían ocupar un lugar más destacado en la recuperación. Entre ellas sitúa la educación. "Creo que se debería priorizar más", afirma. "Hay que pensar que habrá una generación de niños que hará la Primaria entera en barracones. Eso creo que deberíamos evitarlo", reflexiona la investigadora.
