Hay momentos en los que los eufemismos dejan de servir. Lo ocurrido en Ceuta no puede despacharse como una crisis migratoria más. Una frontera española fue desbordada, la ciudad quedó sometida a una presión extraordinaria y el Gobierno llegó tarde.
No lo dice la oposición. Lo ha reconocido Margarita Robles. La ministra de Defensa pidió disculpas y admitió que el Ejecutivo reaccionó tarde. Ese reconocimiento desmonta semanas de mensajes tranquilizadores y obliga a formular una pregunta sencilla: si la situación era tan grave, ¿por qué se tardó tanto en actuar?
Y, sobre todo, ¿dónde estaba Pedro Sánchez mientras Ceuta esperaba al Gobierno de España?
Mientras policías, guardias civiles, militares, sanitarios y servicios públicos soportaban una enorme presión, el presidente continuaba de vacaciones. Nadie discute su derecho al descanso. Lo discutible es cuándo debe terminar el descanso de un presidente del Gobierno. Y una frontera española desbordada parece un buen motivo.
Los españoles tienen derecho a indignarse. También los ceutíes, que reclamaron durante semanas una respuesta más contundente. El mando único llegó casi un mes después del inicio de la crisis: veinticinco días para adoptar una medida que la gravedad de los acontecimientos parecía exigir desde el principio.
La incompetencia también se mide en días.
Después llegó el desconcierto entre Defensa, Interior y el CNI. Robles sostuvo que los servicios de inteligencia habían detectado convocatorias previas relacionadas con las entradas. Marlaska defendió que no existía un informe capaz de anticipar una entrada de aquella magnitud.
No hablamos de un error burocrático, sino del Centro Nacional de Inteligencia y de una frontera exterior de la Unión Europea. O existió información relevante o no existió. Si la hubo, España merece saber quién la recibió, cuándo la recibió y qué hizo con ella.
Y después está Marruecos.
Mientras el Gobierno español mantiene una extraordinaria prudencia con Rabat, el ministro de Justicia marroquí vuelve a reivindicar Ceuta y Melilla como territorios que Marruecos considera históricamente propios. Un ministro marroquí cuestiona abiertamente la soberanía española mientras España sigue gestionando una entrada masiva procedente precisamente de territorio marroquí.
¿De verdad debemos analizar ambos hechos como si no tuvieran ninguna relación?
No podemos afirmar sin pruebas que Rabat organizara aquella entrada. Pero tampoco podemos ignorar el concepto de guerra híbrida: la utilización de presión migratoria, desinformación, instrumentos económicos o ciberataques para condicionar a otro Estado.
España ya comprobó en 2021 cómo una crisis diplomática con Marruecos podía trasladarse inmediatamente a la frontera de Ceuta.
Y aquí aparece inevitablemente Pegasus.
Los teléfonos de Pedro Sánchez y varios ministros fueron infectados con aquel sistema de espionaje. Judicialmente no está acreditado que Marruecos estuviera detrás y hay que decirlo con claridad. Pero el episodio continúa sin una explicación definitiva.
Después llegó el cambio de posición española sobre el Sáhara. Después, una relación con Rabat caracterizada por una enorme cautela. Y ahora, otra crisis en Ceuta mientras desde Marruecos vuelven a cuestionar nuestra soberanía.
Por eso resulta legítimo preguntarse qué explica tanta prudencia.
¿Qué le debe Sánchez a Marruecos?
No afirmo que Marruecos tenga información comprometedora sobre el presidente ni que Pegasus explique la política exterior española. Afirmo que Sánchez tiene la obligación política de despejar cualquier duda y explicar por qué España transmite una imagen de permanente debilidad frente a Rabat.
Mientras tanto, nuestro país debe recuperar el control efectivo de su frontera. Quienes hayan entrado irregularmente y no tengan derecho a asilo, protección internacional u otro título legal para permanecer deben ser retornados o expulsados con rapidez y con todas las garantías legales.
Una política migratoria seria exige humanidad, pero también fronteras. Sin fronteras no hay política migratoria. Hay descontrol.
Y ese descontrol lo sufren primero los ceutíes.
Su hartazgo es comprensible. Han escuchado hablar de normalidad mientras vivían una situación que no era normal. Han visto llegar tarde el mando único, han asistido a contradicciones sobre el CNI y ahora escuchan a un ministro marroquí hablar del futuro de dos ciudades españolas.
La violencia nunca puede justificarse, pero tampoco puede utilizarse para deslegitimar el cansancio de una sociedad que pide seguridad, presencia del Estado y respuestas.
Margarita Robles al menos reconoció el error. Ahora falta Sánchez.
Cuando comparezca debería explicar por qué llegó tarde el Gobierno, qué sabía el CNI, por qué tardó tanto el mando único y qué responsabilidad atribuye realmente el Ejecutivo a Marruecos.
Y, sobre todo, debería responder a la pregunta que cada vez resulta más difícil evitar:
¿Qué le debe Pedro Sánchez a Marruecos?
Porque Ceuta es España.
Y defender España nunca debería estar de vacaciones.