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China: suspenso clamoroso en Venezuela

Publicado: 11/01/2026 ·06:00
Actualizado: 11/01/2026 · 06:00
  • Xi Jinping y Nicolás Maduro.
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Creo que es unánime que el 2026 ha arrancado como una mascletá por su estruendo e intensidad. La realidad supera la ficción e incluso los niños se están aficionando a ver los telediarios ya que resultan más entretenidos que las más disparatadas series de ficción. En efecto, la realidad es todo un espectáculo. Y de paso, ha hecho saltar por los aires el supuesto orden internacional de los últimos 80 años. Hemos vuelto al pasado, título de una gran saga ochentera, regresando al siglo XIX. Pero se trata de un siglo XIX más siniestro. Un siglo XIX despojado de su inocente fe en el progreso, de sus sueños universalistas, de su utopismo peligroso.

Un siglo XIX machacado por un siglo XX atroz en el que se han cometido algunas de las fechorías más universales de la historia (desde el holocausto hasta el lanzamiento de una bomba atómica sobre población civil). Y ahora solo nos quedan los intereses más espurios, la ley del más fuerte, el darwinismo más implacable. Son tiempos de angustia, aunque fascinantes. Vemos que un nuevo sistema de relaciones internacionales se está empezando a perfilar con nitidez. Y aquí el catalizador de esta transformación está en la arrolladora, desconcertante, para algunos despreciable, pero sobre todo hipnótica personalidad del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. Es paradójico que un hombre mayor, cercano a los ochenta años, anclado en un pasado arcádico de los Estados Unidos en los años 50 de mayoría WASP y hegemonía postbélica americana, tenga esa cercanía con determinados sentimientos populares contemporáneos y haya desarrollado una sensibilidad especialmente certera con una actualidad fugitiva. 

El derrocamiento del dictador Nicolás Maduro el 3 de enero pasado ha estado rodeado de polémica. Se trata de una operación meticulosamente preparada, que ha sido ejecutada de una forma casi perfecta por los Delta Force. Hasta aquí ninguna novedad. Este modus operandi de cambio de régimen lo hemos visto, de forma menos espectacular, con Noriega y con Sadam Husein. Cuando un dictador cae, un político que ha engañado a su pueblo, que ha hecho trampas, que ha abusado de dicho pueblo, los demócratas no podemos estar más que contentos. Además, hay cierto componente de justicia del antiguo testamento o de la que se desprende de películas como “Dogville” o “Relatos Salvajes” que nos produce un secreto, por inconfesable, regocijo. Lo que es novedoso, es que esta salida de dictador no se ha basado en la defensa de los valores democráticos y de los derechos humanos, como se ha invocado desde el final de la Segunda Guerra Mundial por los Estados Unidos, si no en los intereses y la seguridad de los Estados Unidos.

Por lo tanto, según la concepción trumpiana de la vida, el fuerte tiene el derecho y el deber de someter al débil y de apoderarse por las buenas o por las malas de aquellos activos que le resulten atractivos. Es cierto que este planteamiento es consistente con la condición imperial del país, pero hasta ahora se tenía la cortesía elemental, quizás la hipocresía, de disfrazar esos intereses nacionales con una legitimidad basada en valores superiores. Y esta urbanidad mínima hacia digeribles situaciones claramente de fuerza. Cuando esto desaparece ya todo es posible, es la jungla descarnada. Estados Unidos ha aprendido de la situación resultante de la invasión de Irak que se caracterizó por un caos de gestión catastrófica. Por esto no ha llamado, como ingenuamente esperábamos, a Corina Machado o Edmundo González, verdaderos triunfadores de las elecciones de 2024, para que asumieran el poder. Saben que, tras más de 25 años de Chavismo, que los opositores no controlan el país. Es decir que ni controlan las masacradas instituciones ni, y, sobre todo, el ejército. Por ello se va a perpetuar el chavismo sin Maduro y en la persona de Delcy Rodríguez amiga del Sr. Abalos y de Víctor Aldama. Una belleza. 

Esta es la situación. ¿Y cuál ha sido la reacción del gran challenger de los Estados Unidos, de China? La ausencia. Cierto es que Pekín ha condenado alto y claro la operación aludiendo que implica (y en esto ha sido más valiente que la Unión Europea congelada, de momento, por un terror infantil a Trump) una clara vulneración del derecho internacional al haberse sustraído a un jefe de Estado, si bien es cierto de más que dudosa de legitimidad por haber amañado las elecciones, y haberse violado la integridad territorial de un estado soberano. También China ha requerido que la situación se resuelva a través de los mecanismos diplomáticos y en ningún caso por el recurso a la fuerza. Es cierto que, en otros temas polémicos como Taiwán y el mar de China Meridional, Pekín ha sido algo menos legalista. Además, haciendo gala de su pragmatismo habitual, China ha manifestado su voluntad de mantener la cooperación económica y comercial con Venezuela y salvaguardar sus inversiones en el país. 

  • Archivo - El presidente de Estados Unidos, Donald Trump

En este sentido, es relevante recordar que las relaciones económicas entre China y Venezuela aumentaron exponencialmente con los gobiernos de Hugo Chávez y de Nicolás Maduro. De hecho, en 2001, Venezuela fue el primer país de América Latina que estableció una relación de singular cercanía con China a través de la suscripción de “una alianza estratégica de desarrollo”. De esta forma, Venezuela conseguía otras opciones de financiación ante las sanciones de Washington y China conseguía ampliar en el subcontinente su influencia comercial. Así hasta alcanzar la posición de primer socio comercial con Venezuela.

Se firmaron numerosos tratados de cooperación financiera y comercial que muchas veces se reducían a crédito a cambio de petróleo. ¿De qué cantidad estamos hablando? Según The Guardian entre el año 2000 y el 2023 China prestó cerca de 100.000 millones de dólares USA a Venezuela. Mucha de esa deuda ha resultado cubierta con petróleo o se ha reestructurado. En la actualidad la suma se ha reducido sensiblemente y Caracas debe a Pekín unos 10.000 millones de dólares USA. Pero la relación no se reducía al petróleo, China ha resultado decisiva en sectores estratégicos como las infraestructuras y el transporte o las telecomunicaciones. Cabe concluir que Venezuela se había transformado en el modelo de presencia China en América Latina, de ahí su relevancia. Un esquema que ha aplicado en otros países con mayor o menor éxito como en Perú o en la Argentina de los Kirchner. 

Y sin embargo la reacción de China, por el momento, ha resultado de gran tibieza. O realismo. Este posicionamiento evidencia que China no está lista para ser un jugador geoestratégicamente global. Y esto se manifiesta en varias esferas. En primer lugar, en la militar. China no cuenta con una presencia militar seria más alla de Asia o África. Por lo tanto, su capacidad para ser considerada o intervenir en un conflicto como el de Venezuela es prácticamente inexistente. Es cierto que China se siente más cómoda recurriendo a la vía diplomática y a la comercial, pero eso reduce su impacto de forma notoria. En segundo lugar, en el ámbito económico. China es consciente que su presencia y su influencia económica en la zona se va a ver muy disminuida. Finalmente, China ha visto erosionado su condición de líder de los países del Gran Sur ya que ha mostrado que no puede hacer nada por Venezuela ante la asertiva acción norteamericana. Ha perdido algo muy importante para los chinos que es el mianzi, la cara. Es decir, la credibilidad. 

Se ha afirmado, sin demasiado fundamento, que este reparto de zonas de influencia propugnado por Estados Unidos con este revamping descarnado de la Doctrina Monroe (el corolario Trump o la doctrina Donroe como la llama el presidente de Estados Unidos) podía tener como efecto inminente una intervención china en Taiwán. Yo pienso que la situación va a ser la contraria.  China ha visto las orejas al lobo, acaba de ver cómo se las gastan los Estados Unidos de Trump. En consecuencia, Xi Jinping por mucho que le duela, va a evitar la confrontación directa con Estados Unidos a la que una invasión de Taiwán podría encaminarla. Además, para China, Taiwán es un asunto de política interna que no debería resultar afectado por lo que sucede en un lejano y tropical país caribeño como Venezuela. China no quiere que los eventos internacionales puedan afectar a su compleja dinámica respecto de Taiwán. 

En definitiva, China se ha dado cuenta que es demasiado pronto y que no está preparada. Y cuando no se está preparado, se debe esperar. En primer lugar, para comprobar si Estados Unidos va a quedarse satisfecho con este nuevo mundo de zonas de influencia más marcadas. Y que esto implique que le deje más margen a Pekín en Asia. Aunque es improbable. En segundo lugar, tiene que seguir armándose ya que, a pesar de sus enormes esfuerzos, China no ha conseguido rivalizar con la fuerza de ataque del ejercito americano. En tercer lugar, tiene que encontrar formas para recuperar la credibilidad perdida con los países del Gran Sur que, de forma muy heterogénea y pintoresca, se habían puesto bajo su manto y ahora se dan cuenta que dicho manto esta lejos de ser antibalas americanas. Lo que es claro es que nunca hay que dar a Estados Unidos por muerto. De una forma u otra, siempre vuelve. Y esta vez con la determinación de que el siglo americano no tenga fin.

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