Opinión

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LA ENCRUCIJADA

Crueldades

Publicado: 10/03/2026 ·06:00
Actualizado: 10/03/2026 · 06:00
  • Teherán.
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La crueldad ha sido una de las materias primas aplicadas por los humanos a lo largo de la Historia para dominar, deshonrar o desprestigiar a otros humanos. La crueldad ha pasado por diversos tamices, ya fuesen militares, políticos, laborales, de género o religiosos. Su uso, en varias de las anteriores facetas, fue dolorosamente productivo durante el siglo XX. Las guerras mundiales constituyeron su ejemplo más monstruoso, pero de la Segunda surgió un primer plan destinado a superar algunas de sus causas. Se inició una larga etapa en la que florecieron las instituciones multilaterales como muestra de concordia entre los países. Un tiempo que también alumbró el mejor seguro de paz que se ha inventado en el Viejo Continente: lo que ahora llamamos Unión Europea.

Cierto es que han surgido desfallecimientos a lo largo del camino. El realismo político se ha interpretado como un mal menor, aunque de su aplicación se desprendiera una hipocresía manifiesta: no todos los países han podido esperar un trato justo del ordenamiento internacional porque ha sido moneda frecuente, no sólo pero también en lo que se conoce como Occidente, mirar hacia otro lado cuando el perjudicado no formaba parte de los intereses directos y levantar la voz, con grandes palabras, cuando el país perjudicado se consideraba “de la familia”. Dobleces que han instalado, en importantes partes del mundo, la conciencia de que ese “Occidente” no era de fiar, ni siquiera en su espacio europeo.

Una confianza limitada o una desconfianza expresa que se extendían al tiempo que, en el resto del mundo, el cambio se aceleraba. El surgimiento de la actual China como nuevo actor de referencia ha roto la percepción de la omnipotencia estadounidense. El desplazamiento hacia el este y el sur geográficos del poder económico e influencia política tiene en China, y a distancia en India, Brasil, Sudáfrica y Rusia, la mejor escenificación de la emergente multipolaridad internacional.

Desprenderse de riendas de sujeción nunca ha sido sencillo para quienes las poseen y siempre cabe esperar fuertes resistencias a su desaparición. Rusia y algunos países de Europa han pasado por ese trance y todavía lo están digiriendo. Cuestión distinta es la de EEUU, alzado al podio mundial desde que fuera decisivo para llevar a los Aliados a la victoria en las Guerras de 1914 y 1939 y cuyo título pareció revalidarse tras la caída de la URSS y la precipitada proclamación del final de la Historia: sus ácidos gástricos reflujan ante la eventualidad de perder la supremacía.

En paralelo a los cambios geopolíticos han resurgido fundamentos distintos de los que marcaron la polarización durante la Guerra Fría. Se ha regresado al pasado, erigiéndose la cuestión religiosa, la conquista de fronteras, y el apetito depredador de materias primas en causas recuperadas para la frustración de la convivencia pacífica; a éstas se ha añadido la conquista de la tecnología y, en particular, de la “nación” virtual; y, con el apoyo de ésta, la implantación de culturas políticas autoritarias y de guerras soterradas.

Los anteriores fundamentos de los nuevos conflictos se han envuelto, a menudo, con una red de nacionalismo extremo y agresivo. De la discusión sobre la superioridad del capitalismo versus el comunismo se ha pasado a otra en la que resulta difícil hallar argumentos ideológicos fundados. Lo que domina el discurso es la exaltación de símbolos y emociones ahistóricas que conforman un imaginario triunfador; el rescate del primitivismo humano en los modos y las formas; el anarcocapitalismo como religión; y la manipulación de la ciudadanía mediante la eficiente divulgación de ideas simplistas alejadas de lo que nos dice la Ciencia y la confrontación dialogante de argumentos inteligentes.

El deslizamiento hacia la superioridad de los instintos primitivos se facilita con el desplazamiento de la cultura y la educación como moldeadores de la razón crítica, paciente y sosegada. Una dirección que se alienta sometiendo ambas a un funcionalismo reduccionista y productivista ajustado a objetivos aparentemente pragmáticos. Un señalamiento bien aprovechado por quienes propagan posiciones políticas, económicas y sociales en términos binarios excluyentes: fuerte y débil, perdedores y ganadores, nosotros y ellos.

Donald Trump se ha situado al frente de esa tosca, pero creciente fauna, olvidando lo que le sucedió a EEUU en las guerras de Vietnam, Irak y Afganistán y apoyando a Israel en la masacre de Gaza tras el ataque inicial de Hamás. Trump es un personaje difícil de clasificar, pero que desprende vivos rasgos de egolatría, codicia, castrada empatía y agresividad. Un sujeto sin los frenos de un pensamiento conducido por la prudencia y la atenta escucha de pareceres diferentes. Un presidente que, disponiendo del mayor botón nuclear del mundo, frivoliza con el uso de la crueldad dentro y fuera de sus fronteras. 

El primer representante del movimiento MAGA ha llevado al caos las relaciones internacionales en poco más de un año. El trabajoso edificio multilateral, construido desde 1944 e impulsado por el liberalismo estadounidense, ha quedado en vía muerta o navega hacia ésta. Es cierto, como se ha señalado, que no era perfecto; pero representaba, como mínimo, el intento de crear una capa civilizatoria superadora de la eliminación del otro como objetivo y de la violencia como medio para lograrlo. Una forma de controlar los instintos y de limar las peores aristas del nacionalismo excluyente que merecía revisiones periódicas para ampliar los poderes de intermediación y pacificación de Naciones Unidas y ajustar sus reglas internas a la nueva geografía internacional, económica y demográfica: un lamentable error cometido por parte de la comunidad internacional al rehuir tales reformas.

  • Archivo - El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, y el presidente de EEUU, Donald Trump.

Ante la esclerosis de la arquitectura institucional, el pisoteo de los derechos y deberes presentes en el derecho internacional se ha puesto otra vez de manifiesto con los ataques simultáneos de Israel y EEUU a Irán y la respuesta de éste: se ha disparado la inseguridad de la región, paralizado uno de los principales pasos comerciales del mundo, despertado la inflación para consumidores y empresas y despegado una nueva apropiación, por quienes se benefician del conflicto, de rentas extraordinarias manchadas de sangre. 

Una guerra cuya futura escalada supondría una nueva masacre y el reverdecimiento del terrorismo, además de sus desastrosos efectos sobre las economías más dependientes del petróleo, el gas y las redes de suministros internacionales. Una confrontación en la que Trump parece seguir una trayectoria coincidente: seleccionar países “enemigos” caracterizados por estar gobernados por un dictador de popularidad menguante, sufrir fuertes dificultades sociales y económicas internas y contener algún interés estratégico para EEUU o grupos económicos americanos. Rasgos coincidentes en Venezuela e Irán (que también podrían identificarse en Cuba) ante los cuales se actúa con la neutralización del dictador, el debilitamiento militar del país mediante una enorme demostración de fuerza militar y el posterior “ablandamiento” de su descabezada élite política, de modo que acepte como mal menor las condiciones que se le imponen.

Que este método haya dado un aparente buen resultado en Venezuela, -de hecho, no parece existir demasiado entusiasmo en invertir en la explotación del crudo venezolano por parte de las petroleras-, no significa que consiga triunfar en Irán. A su extensión y peso demográfico, -en torno a 100 millones de habitantes-, se añaden su mayor fuerza armada, sus relaciones preferentes con Rusia y China, el orgullo de su cultura milenaria e identificación religiosa, y su animadversión a unos EEUU que fueron el gran apoyo de la dinastía Pahlaví , otra cruel tiranía que rigió Irán hasta su derrocamiento en 1979. Unos EEUU publicitados en Irán, junto a Israel, como los grandes enemigos del país desde hace décadas.   

Si se admite esta hipótesis, ¿cuál es la finalidad de la guerra? Desde luego, pese a los deseos de muchos, no parece encaminada a mejorar las condiciones de las mujeres y de otros colectivos que sufren la tiranía de la dictadura teocrática instalada en Irán. Y, más allá de excusas efectistas, como la evitación del desarrollo de armas nucleares, el objetivo parece estar más claro para Israel que para EEUU, hasta el punto de que quien está ganando la partida es Netanyahu. A Israel le interesa debilitar a un adversario que no reconoce su existencia, discute su liderazgo en la zona y presta apoyo a grupos armados que amenazan su seguridad. Un Irán que también es despreciado por los países ricos de la familia islámica sunita que se reparte gran parte del Golfo y vería con buenos ojos que Irán no amenazara sus negocios ni propagara la rama chiita del islam. En conjunto, a medio y largo plazo, una Pax hebreo-sunita que facilitara un mercado integrado y diversificado del área: menos dependiente del petróleo y con mayor presencia en nuevos sectores tecnológicos, incluida la IA de uso militar, y en actividades financieras e inmobiliarias. 

A Trump, más allá de incidir sobre el control del gas y el petróleo, le atrae entorpecer a China: sustrayendo a Irán de su área de influencia, dificultando su actual empleo del petróleo y gas iraníes y el desarrollo de otros intercambios en ambas direcciones. Unos objetivos que no parecen ser de momento relevantes, a la vista de la tranquilidad con que China observa los acontecimientos; en cambio, sí pueden ser rechazados por la opinión pública estadounidense si le afecta el crecimiento de los precios, el peso psicológico y económico de la guerra y la ampliación de la deuda americana. Todo ello con elecciones parciales en noviembre y la ruptura de las promesas electorales de Trump sobre el alejamiento de EEUU de nuevos conflictos.

Pero, más allá de conjeturas geopolíticas, lo que estamos contemplando ahora con total claridad, en el conjunto del área afectada, es la reaparición de la crueldad y de su uso ilimitado sobre objetivos muchas veces inciertos. Una crueldad expansiva cuya presencia, tras Gaza, amenaza con normalizarse. Una normalización de la crueldad que recuerda la banalidad del mal denunciada por Hanna Arendt: cuando la crueldad se torna una rutina en el telediario, los corazones se endurecen ante la barbarie y se desplazan hacia la resignación o la indiferencia. 

¿Y la Unión Europea? Como europeos no podemos permanecer callados ante la voladura del orden jurídico internacional. No es un pacifismo ingenuo: son reglas de juego a defender como patrimonio de la Humanidad y de su permanencia. Y no, no somos débiles si recuperamos la unidad de acción y se evita el dilema del prisionero. Sabemos crear opinión pública internacional (y así se está haciendo desde España), imponer aranceles inteligentes, influir sobre el coste de la deuda pública estadounidense y el uso del dólar, aplicar una adecuada regulación de la IA procedente del otro lado del Atlántico y reorientar hacia Europa la compra de armas norteamericanas, confirmando con hechos que la autonomía estratégica no es un mero eslogan. 

Sí, nada de lo anterior saldría gratis; sin embargo, la percepción de la Unión Europa como un aliado dividido y temeroso que sólo sabe hacer cuentas y practicar genuflexiones debe quedar fuera de juego. Frente a los cafres de uno u otro lado, -y también ante los de dentro de casa-, hace falta caminar hacia la Federación Europea de los valores de la Paz, la Justicia y la Humanidad. 

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